Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Domingo, 20 enero 2019


En el 2019 debe brillar el alma colectiva del pueblo

Se fue el año 2018 y como en otras oportunidades no queda otra cosa que esperar que el 2019 sea distinto en toda la extensión de la palabra. Denominado con exceso de optimismo como “Año del Diálogo y la Reconciliación”, no fue ni lo uno ni lo otro. La crisis política, con el acompañamiento también preocupante de la crisis económica y de la crisis social, explican que los pasados 365 días se convirtieron en otra pesada desventura para la ciudadanía. Igual que periodos pasados.

Habría que reconocer, sin embargo, que el último semestre llegó con su balón de oxígeno y volvió a inyectar nuevas dosis de esperanza a este pueblo doliente, que supo apreciar mejoras en la gobernabilidad, no suficiente por supuesto, pero promisorias, al igual que la lucha abierta y sin miramientos iniciada por una nueva generación de fiscales superiores, que han sabido enfrentarse a ese mal de males que significa la corrupción, tanto en el sector público como en el sector privado. Los nombres se conocen y los casos emblemáticos también. No voy a ser reiterativo al respecto, por una razón en especial: hay que esperar que concluya el justo proceso acusador y quienes administran justicia sancionen a quienes haya que sancionar. El anhelo ciudadano es que por fin termine el reinado de los intocables, de los blindados, ya sea porque gozan de poder político o disfrutan de poder económico.

Como es costumbre, pasado el periodo anual, se busca premiar con la distinción del mejor o de los mejores, a los personajes que se hubieran distinguido por alguna razón buena. En mi caso, no creo conveniente sostener tal escrutinio, bajo las premisas tradicionales. Yo estoy entre quienes considera que a quien habría que premiar simbólicamente, es a ese colectivo de peruanos que participaron del referéndum nacional en el que se votó por el ¡sí! , respaldando la consulta que permitirá la reforma constitucional sobre la conformación y funciones de la Junta Nacional de Justicia, antes Consejo Nacional de la Magistratura, la reforma constitucional que regula el financiamiento de organizaciones políticas, y  la reforma constitucional que prohíbe la reelección inmediata de parlamentarios de la República, al mismo tiempo que le dijo ¡no! a la engañosa  reforma constitucional que pretendía establecer la bicameralidad en el Congreso de la República. Esto último trajo abajo el ardid de la actual mayoría parlamentaria, por la cual se pretendía  quebrar el equilibrio que debe existir en las relaciones entre Poder Ejecutivo y Poder Legislativo.

¿Hay que esperar mucho con la llegada del Año Nuevo?. La reflexión personal de cada ciudadano es importante, en la medida en que esté dispuesto a dar de sí una actitud firme ante quienes se oponen al verdadero cambio que nos lleve de una democracia formal a una democracia participativa. Esa meditación quizás permita germinar la fuerza que inspira y crea un modo de vida y un sistema ético particular en una sociedad tan compleja como la nuestra. Estamos viviendo una hora aciaga, cuando nuestra patria podría precipitarse en un vacío de soledad y de confrontaciones inútiles si concluye por perder la fundamental comunidad de intereses, de ideales y propósitos. Los mensajes en contra de ese cambio tan anhelado, se vienen incrementando desde el Poder Legislativo, algunos articulistas y, como se esperaba, desde los despachos de quienes se consideran poderosos.

Es el año que nos convoca a ser más fuertes, sin más escudos que las propias armas que nos da la Constitución Política del Estado. La fortaleza moral que nos anima y el derecho a la palabra libre y responsable impedirá que sea roída la configuración del alma colectiva de la mayoría ciudadana con el divorcio del espíritu y de la materia y con las estériles discordias grupales y las ambiciones individualistas de caudillos y grupos partidarios que traicionan los valores y principios que justificaron su nacimiento. Tenemos que estar atentos ante un hecho real, que presentan al Perú transitando por una de las coyunturas más difíciles de su historia. “El poder anónimo del dinero, decía Emmanuel Mounier, ha ocupado todos los puestos de la vida económica, después se ha deslizado, sin quitarse el velo hacía los puestos de la vida pública, ha alcanzado finalmente la vida privada, la cultura y la misma religión”.  Allí están los enemigos del pueblo, allí están los que no quieren que el pueblo alcance un tipo de vida mejor, allí están los que adoran el culto turiferario, que castra e intimida todo arresto ciudadano a un destino más digno, más armonioso, más justo.

Roberto Mejía Alarcón

 
Trump: el fin del principio

Donald Trump está acechado por las caídas de la Bolsa y el miedo a una pronta recesión, el inminente informe del fiscal especial sobre la trama rusa, y la entrante mayoría demócrata en la Cámara de Representantes. Puede ser el fin del principio. Para que se convierta en el principio del fin, Trump debería ser desafiado dentro del Partido Republicano con vistas a la elección presidencial dentro de dos años.

A pesar del nerviosismo en momentos como el actual, en la política americana hay normas de comportamiento electoral que se cumplen con gran regularidad y permiten anticipar y evaluar posibles acontecimientos, especialmente con respecto a las condiciones de continuidad del presidente en ejercicio. Algunas de las leyes empíricas que son ahora relevantes se pueden expresar de la siguiente manera:

Primero, cuando el partido de un presidente en el cargo se presenta a la reelección, gana (ha sucedido ocho de diez veces desde la Segunda Guerra Mundial).

Segundo, tras dos mandatos del mismo partido en la presidencia, el otro partido gana (ha sucedido siete de ocho veces).

Tercero, en las elecciones intermedias al Congreso, el partido del presidente pierde escaños en al menos una Cámara (ha ocurrido 17 de 19 veces).

Estas tres leyes han sido confirmadas durante el ciclo electoral más reciente: el presidente Barack Obama fue reelegido; tras dos términos del presidente demócrata, ganó el republicano Trump; y en las elecciones intermedias de hace unas semanas, los republicanos perdieron escaños.

Esto significa que el terremoto político que muchos han sentido en los últimos dos años ha afectado principalmente a los partidos más que a las regularidades del sistema. De hecho, el Partido Republicano es casi irreconocible en comparación con décadas anteriores. La continuidad política de los demócratas, a su vez, también ha comenzado a ser cuestionada por nuevos candidatos y congresistas no convencionales, especialmente mujeres, y cabe esperar más novedades en los próximos meses.

Pero hay otra ley más que pronto se someterá a prueba. De hecho, es un complemento de la primera: cuando un presidente en el cargo se presenta a la reelección, gana, sí, pero siempre que no sea desafiado por algún miembro de su partido que obligue a celebrar primarias.

Siempre que un presidente ha sido desafiado como candidato a la reelección, aunque haya ganado las primarias, él o su partido han perdido la elección posterior.

Esto sucedió tres veces en los agitados años sesenta y setenta: el presidente demócrata Lyndon Johnson fue desafiado por varios precandidatos en su partido, incluidos Robert Kennedy y Eugene McCarthy, se retiró de las primarias y no se presentó a la reelección; el presidente republicano no electo Gerald Ford fue desafiado por Ronald Reagan hasta llegar a una convención sin mayoría inicial y luego perdió la elección; el presidente demócrata Jimmy Carter fue desafiado por Edward Kennedy y, aunque ganó las primarias, también perdió la elección. Sucedió de nuevo a principios del decenio de los años noventa, cuando el recientemente fallecido George H. W. Bush fue desafiado por Pat Buchanan y, a pesar de ganar la candidatura, perdió la elección.

Es decir, en las escasas ocasiones en que hay primarias en el partido del presidente, este goza de una ventaja asimétrica para ganar apoyos desde su plataforma de poder en la Casa Blanca.

Pero la participación en las primarias, que es siempre menor que en la elección presidencial, se concentra en votantes activistas y altamente politizados que tienen preferencias más intensas y extremas que el votante mediano; las críticas y denuncias del presidente tienden a ser agrias e indican al resto de los ciudadanos que el partido está internamente dividido, lo cual revela las debilidades del ocupante del cargo para su reelección.

Si el presidente Donald Trump será desafiado por algún precandidato dentro del Partido Republicano y la erosión que esto le pueda provocar entre los votantes republicanos pronto se verá. Solo si los próximos meses preludiaran primarias presidenciales republicanas, la actual agitación política sería comparable a la de los años sesenta y setenta, cuando se produjo una realineación general de los dos grandes partidos.

Las regularidades del sistema político se mantendrían, pero para Trump podría ser el principio del fin.

Josep M. Colomer. El País (España).

 
Este nuevo o viejo mundo de 2018

La superficie siempre ilumina lo que durante un largo tiempo se vive en penumbra. Y aunque a menudo las causas se buscan en lo más profundo, estas suelen ser sencillas. Lo dijo John Steinbeck al narrarnos otra edad de la ira: “Las causas son el hambre en un estómago, multiplicado por un millón; el hambre de una sola alma, hambre de felicidad y un poco de seguridad, multiplicada por un millón; músculos y mente pugnando por crecer, trabajar, crear, multiplicado por un millón”.

No es poco que hayamos repolitizado por fin la desigualdad al haber constatado una disyuntiva clara: o toda la riqueza se concentra en manos de unos pocos, o bien tenemos una sociedad democrática, pero no ambas cosas a la vez. La riqueza de “los menos” frente a la desposesión de “los muchos” nos condujo a una retórica inevitablemente populista. Se trataba del nuevo ritmo de los tiempos: un movimiento sísmico desencadenado en 2016 por el Brexit y la elección de Trump y cuya irradiación ha dejado una estela global a lo largo de este año. Su propagación en 2018, como si de ondas sísmicas se tratase, encarna todo lo que ha cambiado. Aún hoy seguimos sin entender su extraña complejidad; tan solo podemos percibir que sus elementos desencadenantes estaban ahí desde hace mucho tiempo, aunque vivamos con la sensación de que el mundo acaba de pisar el acelerador.

Habermas lo llamó “descomposición de estilo trumpiano”, un proceso de degradación institucional y política que ha llegado al Brasil de Bolsonaro, pero también al corazón de Europa. El indisimulado desdén por las reglas del juego democráticas empieza a convertir a algunos países en dictaduras electorales. Es el caso de Hungría y Polonia, nos dice Yascha Mounk, pero también de Turquía, Nicaragua o Venezuela. Este fenómeno además forma parte del corazón de la nueva Rusia. Y lo cierto es que el desprecio por la cultura liberal representa el nuevo fantasma que recorre el mundo.

Sucede en el Reino Unido pos-Brexit, donde el discurso del UKIP ha inocu­lado todo el sistema provocando no solo la realineación del centro-derecha, sino un verdadero corrimiento de tierras de todas las fuerzas políticas, incluido el laborismo oportunista y pusilánime de Corbyn. Ocurre también en la Italia de Salvini, un populista sin complejos que ha dejado en fuera de juego a la tercera economía de la zona euro. Y finalmente ha llegado a España con Vox, la versión ibérica de la verborrea “tóxica” —palabra del año según The Oxford Dictionaries—, cuya retórica ultra comienza a ser el modélico espejo en el que se miran todas las derechas españolas.

Son, sin duda, momentos peligrosos, cuando “el pueblo” toma como fetiche la soberanía y se subleva contra la democracia, pero lo cierto es que algo está fallando en el liberalismo. Su discurso, ciertamente paranoico, ha dejado de ser una vía eficaz para canalizar el conflicto, convirtiéndose en un simple muro de contención frente al populismo de los bárbaros ad portas.

Cuando el objetivo se centra en restablecer un orden que se pensaba inquebrantable, en lugar de hacer examen de conciencia, es inevitable contemplarlo, con el excéntrico John Gray, como a “esos cortesanos desaliñados que huyen de Versalles tras la Revolución Francesa, incapaces de procesar el vuelco que se ha producido”. Especialmente si el meollo del asunto se centra, al parecer, en el presunto analfabetismo, xenofobia y racismo de los votantes. Si es verdad que el pueblo es cada vez menos liberal, también lo es que existe un liberalismo ensimismado, representado por políticos aislados de las sociedades que gobiernan.

Pero democracia y liberalismo son dos caras de la misma moneda: el pueblo y los poderes intermedios forman un todo cohesionado que no pueden entenderse el uno sin el otro. Sin embargo, 2018 nos dejará una polarización más: la que enfrenta a iliberales contra quienes se empeñan en convertir al liberalismo en una ideología defensiva, en mera proclama de trinchera, sin más propuestas que la de mantener el statu quo.

“Posverdad” y “populismo” son las palabras que han orientado los análisis de los últimos años. Y en este 2018 avanzamos también en esta senda cuando aprendimos que Cambridge Analytica, la hidra de las campañas de Trump y del Brexit, se había nutrido con más de 87 millones de cuentas de la red social del angelical Zuckerberg. Es ahí donde de nuevo perdimos la inocencia: ¿Quién diablos controla a los controladores? Así que volvimos a las fake news, a la transformación de la conversación pública, la fragmentación del mundo común, la balcanización de la opinión…, a la colonización, en fin, de la lógica institucional por la cultura troll. Todo ello nos ha ayudado a entender la fragilidad de la democracia y cómo, en palabras de Margaret Atwood, “el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana”.

Nos percatamos entonces de que era necesario volver al Contrato Social, a una propuesta que articulase de nuevo algo parecido al interés general ante las fracturas por venir: baby boomers contra millennials, ciudades contra un hinterland cada vez más lejano, lo analógico contra lo digital, con las ruidosas redes sociales desautorizando a unos mediadores crepusculares que pierden su voluntad de dar cuenta del mundo. Y luego está (¡ay!) el triste ego herido de Occidente, que diluye su hegemonía frente a Asia y cuyo temor ante la deslocalización y la merma de competitividad sigue tronando en la famosa y exacta soflama de Trump: “Fui elegido para representar a los habitantes de Pittsburgh, no de París”.

La cuestión no concierne solo al declive de los valores occidentales y nuestra pérdida de influencia sobre el mundo, o que el planeta haya dejado de ser claramente eurocéntrico. Es inevitable preguntarse cómo será el orden global cuando la primera potencia mundial no se gobierne por un sistema democrático, cuando el reto esté en defender nuestros valores frente al desarrollismo autoritario de China, a sabiendas de que las democracias ya no son garantía de crecimiento, estabilidad y bienestar social. ¿Qué hacer, en definitiva, cuando se rompa del todo la virtuosa alianza entre democracia, bienestar y mercado?

La secuencia teórica la inició Thomas Piketty en 2016 con su libro El capital en el siglo XXI: las herramientas conceptuales presentes en el análisis de Marx siguen ahí, perdurando en el año de su 200º cumpleaños. Las lógicas de la dominación económica explican el conflicto político, pero el monstruo de hoy no es ya (o no solo) la fábrica textil explotadora de niños; el monstruo ahora es Goldman Sachs. La utopía marxista que nos dijo que el trabajo se emanciparía del capital ha devenido en su contrario: es el capital el que se ha emancipado del trabajo. Dejamos atrás un año en el que hemos dibujado los contornos de una era postrabajo, con su robotización y digitalización, y un gran dilema: ¿existe un modelo de bienestar para sociedades sin trabajo?

Porque si algo nos ha enseñado 2018 es que esa alternativa no pasa exclusivamente por situar la desigualdad en el centro del análisis político. La voz de los de abajo ha llegado al corazón acústico del sistema para señalar que su juego espacial ya no discrimina entre el centro y los márgenes, sino entre los que permanecen dentro y los expulsados: los que se quedan atrás.

La palabra “desigualdad” no capta la radicalidad de ese movimiento tectónico. No se trata de un sistema atrofiado que orilla a los perdedores en la marginalidad; hablamos más bien de unas lógicas de exclusión que sacan del tablero a los pequeños asalariados: nuestros nuevos excluidos.

Quizá por eso la desigualdad no explica por sí sola la nueva sensibilidad populista. Demasiados temores y fantasías nos hablan de indignidad, de la sensación de no contar nada, de estar fuera. Es el lenguaje que nos acaban de mostrar los chalecos amarillos en Francia, el de unas vidas demediadas donde todas las formas de invisibilidad saltan de pronto con una estruendosa cólera: la nueva manifestación antipolítica expresada con violencia.

Es un camino arriesgado del que también nos advirtió Simone Weil, pues hemos olvidado que “estar arraigado es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana”. Porque se trata de un desarraigo “multiplicado por un millón”: es una casa, una frontera, un muro donde (de nuevo, siempre con Steinbeck) “grabar la esencia misma del hombre y tomar para esta esencia algo del muro”. Una identidad contestada desde todas sus posibles aristas nos conduce a buscar chivos expiatorios: migrantes, refugiados, esa otredad que sentimos como amenaza. Y lo más preocupante es ver que esos conflictos se gestan bajo propuestas populistas que tratan de reforzar nuestra identidad desde una idea reaccionaria y esencialista de lo que somos.

El año 2018 nos ha situado en esa encrucijada, y hemos de dilucidar cómo contestar el avance continental de unas fuerzas ultras que amenazan con ocupar el bastión de la Unión Europea cuando nuestros líderes efímeros nos abandonan: una Merkel en retirada, o un Macron asustadizo y silenciado tras los quebradizos muros de la otrora inexpugnable Quinta República.

Pero Europa, lo olvidamos, no es una mera realidad geográfica, sino el estado de ser de una sociedad cuyo carácter fue siempre descubridor, abierto al mundo, preparado para la batalla y la aventura. ¿Será posible perforar una grieta en esta incipiente descomposición trumpiana de Europa? Quizá debamos mirar a las recientes elecciones de medio mandato de nuestro socio americano, las primeras desde la elección de Trump. Frente a la retórica tóxica que quiebra las líneas rojas del debate civilizado, frente al avance del supremacismo y la rabia incontenida de una América que se dice olvidada, crece en el corazón del Partido Demócrata un lento movimiento de base que articula por fin una resistencia no violenta.

El impulso llegó con el #MeToo y sus claroscuros se han consolidado en un 2018 que nos dejó un hito como el 8 de marzo, una renovada conversación global feminista y una palabra: interdependencia. No la olviden: su carga epistémica será esencial para entender este nuevo o viejo mundo que viene.

Máriam Martínez-Bascuñán/El País (España)

 

 
En 2019 las redacciones se centrarán en medir su impacto

Los medios se han vuelto muy buenos en medir clics, alcance y compromiso. Somos excelentes para determinar quién está leyendo nuestro contenido, durante cuánto tiempo y cómo lo comparte.

Lo que no hacemos tan bien es medir por qué nuestro contenido importa. ¿Una historia ayudó a alguien a tomar una mejor decisión sobre la atención médica, a contactar a un miembro del municipio o a gastar el dinero de manera más inteligente? ¿Un artículo instó a los funcionarios a arreglar una intersección peligrosa, a mejorar los servicios para personas sin hogar o a erradicar políticas que facilitaran la corrupción? En otras palabras, ¿condujo a una acción concreta que ayudara a nuestras audiencias?

En 2019, los medios informativos intensificarán sus esfuerzos para medir su impacto en la sociedad, y no solo porque esa medición nos hará sentir mejor. Estamos enfrentando una crisis sin precedentes en la credibilidad de los medios, y una forma de recuperar la confianza de nuestras audiencias actuales y potenciales es mostrarles que el periodismo desempeña un papel vital para mejorar sus vidas.

Las redacciones de McClatchy, por ejemplo, abogan por la credibilidad y la confianza a través de su campaña #ReadLocal (#LeeLocal). Allí destacan investigaciones y artículos importantes que han llevado a cambios concretos en las vidas de sus lectores. Esta iniciativa da un paso más allá de las prácticas de otros medios de comunicación que se conectan activamente con sus audiencias a través de las redes sociales, eventos en vivo y otras actividades que tradicionalmente no formaban parte del trabajo de la redacción.

El Center for Investigative Reporting, ProPublica y Gannett se encuentran entre los medios que han dado prioridad al seguimiento del impacto de sus historias. Anjanette Delgado, directora digital senior de Detroit Free Press, dirige los esfuerzos de Gannett. Primero ayudó a desarrollar Impact Tracker para el Journal News Media Group, también parte de Gannett. El equipo de investigación consideró que las métricas de audiencia tradicionales no capturaban los grandes cambios impulsados por sus artículos. Ahora, toda la red de Gannett USA Today puede usar la nueva herramienta para determinar qué historias tienen el mayor impacto.

Y la tendencia va más allá de las fronteras de Estados Unidos. El becario ICFJ Knight Pedro Burgos creó una impresionante herramienta en Brasil que utiliza la automatización para encontrar ejemplos de cómo el periodismo crea un cambio positivo. Su herramienta se llama Impacto, y seis medios de comunicación de su país la están utilizando para buscar en documentos públicos, redes sociales e investigaciones académicas cuándo una pieza periodística marcó una diferencia. Impacto puede detectar si una historia fue citada por personas influyentes, como legisladores que la incluyen en un proyecto de ley, o funcionarios municipales que la citan como una razón para limpiar un vertedero.

La premisa es que al buscar y compartir ejemplos de un impacto positivo con las audiencias, la confianza en los medios crecerá. Uno de los periódicos que usa Impacto, por ejemplo, mapea todas las respuestas positivas a un artículo, por lo que cuando un lector llama para cancelar su suscripción, se le puede mostrar cómo el periódico ha mejorado la calidad de vida en el vecindario de esa persona.

Una gran parte del proyecto de Pedro, que también recibe apoyo de Google News Lab, no es solo desarrollar y probar Impacto. Implica que los medios se den cuenta de la importancia de medir el impacto, independientemente de la herramienta que elijan utilizar. Ha hablado de esto en conferencias en todo el continente americano y se reunió con redacciones de cinco países. La reacción suele ser entusiasta: “¡Sí! ¿Cómo podemos hacerlo?"

A partir de 2019 habrá cada vez más herramientas que las redacciones podrán utilizar para hacer precisamente eso. Mostrar el impacto se convertirá en una forma esencial de retener y ampliar la audiencia ofreciendo información confiable y precisa. Creo que nuestro futuro depende de ello.

Patrick Butler/ijnet.org/es

 
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