Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Domingo, 18 noviembre 2018
Informe Especial
El mejor de los Kennedy

A las 00:10 del 5 de junio de 1968, dos balazos del calibre 22 abatían al senador por Nueva York Robert Kennedy. En la madrugada del día siguiente moría en la planta 5 del Hotel Buen Samaritano de Los Ángeles. Eran las 01:44 del 6 de junio. Hoy se cumplen 50 años. Fue enterrado junto a su hermano el presidente Kennedy en el cementerio militar de Arlington. Hubo una diferencia: Bob entró en Arlington sin pasar por el Despacho Oval, aunque horas antes se perfilaba como el gran favorito a ocuparlo. Hace unos días su asesino, un palestino jordano -no islámico- ha pedido por décimo tercera vez la libertad provisional. Como ha pasado desde el 69 hasta hoy (lleva en la cárcel 49 años, de ellos, 42 condenado a cadena perpetua), Sirhan B. Shirhan verá rechazada su petición. Incluso, como sucede esta vez, aunque sea el propio hijo del extinto Fiscal General (Robert F. Kennedy jr) quien ha llegado a la conclusión de que hubo conspiración, y hubo un segundo tirador que huyó. Si acudimos a las biografías más serias (Dan E. Moldea, Larry Tye, Jack Bohrer etc), esta afirmación es muy aventurada. Yo mismo escuché el audio grabado, hablé con un periodista amigo presente en el lugar del tiroteo, y analicé las declaraciones. Conclusión: en mi opinión, hubo un solo tirador, Shirhan B. Shirhan.

Por entonces, seguía de cerca su carrera hacia la Casa Blanca. Al enterarme de la noticia de su asesinato le escribí unas letras de pésame a su mujer Ethel, embarazada de su hijo número 11. Pasado un tiempo, tuvo la amabilidad de contestarme. Me agradecía mis letras y adjuntaba un recordatorio de la muerte. En él se lee una breve oración, compuesta por el propio Bobby adaptando un conocido pasaje del libro de Jeremías: "Me abandono, Dios mío, en tus brazos. Haz girar una y otra vez esta arcilla como barro en manos del alfarero".Con Robert Kennedy ha pasado lo contrario que su hermano John: así como el tiempo ha ido empequeñeciendo la figura del joven presidente, los iniciales perfiles ariscos de su hermano Bob han ido perdiendo aristas.

Efectivamente, pienso que en su caso nos encontramos con un supuesto claro de "identidad equivocada". Conocía palmo a palmo el mapa de la pobreza, de la incultura y de la infelicidad. De ahí su vigorosa defensa de la minoría negra, de los inmigrantes, de los miserables. Por eso se enfrentó también a Hoover, obligándole a colaborar a través del FBI en la efectiva aplicación de la legislación sobre derechos civiles. Preocupado por la brutalidad y las injusticias de toda guerra, se opuso a Johnson en la escalada vietnamita. Forzó en la crisis cubana el bloqueo naval, jugando fuerte ante el presidente y ganando por la mano a los halcones que pedían el bombardeo devastador sobre los misiles de Castro.Su propio hermano, el presidente Kennedy, admiraba en él: "En primer lugar su elevado nivel moral, su estricta ética personal. Es un puritano, absolutamente incorruptible. Luego tiene esa tremenda energía ejecutiva. Tenemos más gentes por aquí con ideas. El problema es cómo lograr que se hagan las cosas. Bobby es el mejor organizador que he visto nunca".

El asesinato de John en Dallas, no solo le deshizo emocionalmente. También le dejó en una situación imposible en el Gabinete de Johnson. Cuando éste era vicepresidente las relaciones entre ambos eran tirantes, entre otras cosas porque Bobby fue quien más se opuso a que su hermano lo nombrara para ese cargo. Solo una circunstancia podría retenerlo en el gobierno: que Johnson lo nominara como vicepresidente en el ticket electoral de la elección presidencial de noviembre de 1964. Pero el presidente, personalmente y con cierto sadismo, le comunicó su determinación de no seleccionarle para ese puesto. Dos días después, Bobby anunciaba su decisión de presentar su candidatura al Senado por Nueva York. Su contrincante republicano fue Kenneth Keating .

En la votación, Robert lo derrotó por más de 700.000 votos Durante los cuatro años que distaban de 1968 -fecha de las próximas elecciones presidenciales- su actividad senatorial estuvo flanqueada por tres preocupaciones: Vietnam (primero cauteloso ante la guerra, luego decididamente en contra), el liderazgo de los Kennedy (tomó sobre sus espaldas demostrar a la troupe Kenenedy -veintisiete en 1967, entre hijos y sobrinos- las virtudes que debía tener alguien con su apellido), y el lento madurar de la decisión de presentarse candidato a la presidencia en noviembre de 1968.

A diferencia de su hermano, que organizó con mucha antelación la campaña presidencial de 1960, la decisión final de Bobby de presentarse a la presidencia fue la suma de una serie de reflexiones que duraron años. Pero la aceleró el súbito empeoramiento de la guerra de Vietnam (en especial la ofensiva Tet de Vietnam del Norte) y la comprobación de la debilidad del presidente Johnson, derrotado en las primarias de New Hampshire por el demócrata Eugene McCarthy. De modo que el 16 de marzo de 1968 presentó su candidatura, que fue seguida de una especie de ofensiva relámpago sustentada por un equipo de gente especialmente competente y un candidato (el mismo Robert) con gran experiencia en el montaje de campañas a nivel nacional.

La batalla de las primarias -en la que contendía contra Hubert Humphrey, vicepresidente de Johnson, y Eugene McCarthy, senador por Minnesota, intelectual y católico- vio sucesivos triunfos de Kennedy en Indiana, Nebraska, Dakota del Sur y distrito de Columbia. La excepción fue Oregón, donde ganó McCarthy. La prueba definitiva era California. Voló de un lado para otro en el gran estado del Oeste, se hizo visible en todas partes y ganó el debate televisado contra McCarthy. Acabaría triunfando en California por un ajustado resultado de 46,3% frente al 41,8% de su adversario.

Hacia medianoche del dia 5 de junio bajó al salón de prensa del hotel Ambassador para hacer su primera declaración como ganador. En las cocinas del hotel -que atravesó para acortar- le esperaba un empleado con una pistola. Se llamaba Sirhan B. Sirhan. Allí acabó la carrera política del mejor de los Kennedy.

 

Rafael Navarro- Valls es catedrático, académico y analista de la Presidencia USA.

 
Periodismo en un país de incienso

Los griegos antiguos pensaban que la existencia humana constituía una tragedia insoportable. Para volver la vida más llevadera, inventaron el arte, en sus distintas manifestaciones sublimes, como la música, el teatro, la pintura o la escultura, que llegó a puntos mágicos, como la Venus de Milo. Observaron los astros e inventaron las ciencias. Aspiraron a ser felices o libres, que era lo mismo. Hicieron gimnasia. Narraron. Tomaron la posta a otras antiguas civilizaciones y narraron los hechos que envolvían la vida de los seres humanos.

Pienso que el primer periodista fue Homero. La Odisea y la Ilíada, en el fondo, son crónicas de viajes. Y son mucho más que eso: esos primeros reportajes o borradores de la historia que describían las civilizaciones, los gobiernos y los pueblos, las creencias y las manifestaciones culturales, su arquitectura y sus taras. El viaje de Ulises es, quizá, al menos a mi entender, la primera gran expedición periodística.

Pienso en Ulises mientras escribo esta columna, al menos 28 siglos después de la publicación de ese primer gran trabajo de corresponsalía y narración de hechos. Desde hace 20 días, pienso en Ulises y en el sentido de la espera: el reportero Javier Ortega, el fotógrafo Paúl Rivas y el conductor Efraín Segarra partieron a una misión periodística, a Mataje, la zona caliente de la frontera colombo-ecuatoriana, la zona donde reina el terror del líder disidente de las FARC, alias Guacho. El 26 de marzo el reportero Javier Ortega, el fotógrafo Paúl Rivas y el conductor Efraín Segarra fueron secuestrados. Días más tarde, el reportero Javier Ortega, el fotógrafo Paúl Rivas y el conductor Efraín Segarra fueron cobardemente asesinados. Repito sus nombres, una y otra vez.

Repito sus nombres en mi intento por comprender qué fue lo que pasó. En mi intento de no olvidarlos. En mi intento de darle un sentido a estos días de terror. Yo conocí a Javier Ortega en la cobertura del caso Odebrecht, que llevó al hombre duro del entramado de corrupción en los Sectores Estratégicos, el exvicepresidente Jorge Glas, tras las rejas. Recuerdo haberme sentado junto a él en varias de las audiencias judiciales. Tengo la sensación de haber descubierto, en los pocos comentarios que cruzamos, su personalidad alegre, afable y generosa, así como en sus textos observé su rigor y ese periodismo instintivo que en él era natural como el sentido de la vista o el olfato.

Penélope espera durante 20 años el retorno de Ulises a Ítaca, en medio del desastre teje y desteje un sudario. Ecuador descubre, por boca del presidente Lenín Moreno, que Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra fueron asesinados y no volverán. Llego a mi casa. Veo mi rostro en el espejo y me pregunto si la imagen que aparece ante mis ojos es la de un periodista. Dicen, en mi país, que para ser periodista hay que tener un título universitario que lo acredite. Yo estudié Derecho. Me pregunto: ¿Qué es el periodismo? ¿Por qué me gusta tanto? Porque me gusta contar historias, me respondo, porque me gustan las palabras.

Escribo un reportaje que nunca imaginé: Presidente Lenín Moreno confirma el asesinato de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra. Me duelen las palabras. Vienen imágenes a mi mente: yo tengo 21 años y estoy en la redacción de El Comercio y no concibo el mundo sin contar historias. Veo a Paúl Rivas, alegre, con su cámara. Otras imágenes. Tengo 26 años y trabajo como reportero de La Hora. Estoy con Guadalupe, la madre de Paúl Rivas, frente a las cámaras análogas que él exhibe en vitrinas al interior de su habitación. Le preguntó si Paúl es un buen hijo. Demasiado, me dice, demasiado buen hijo. Llora. Siento, en ese momento, que no voy a poder escribir esta historia, que no voy a poder poner en palabras la magnitud del horror. Quizá Javier Ortega podría escribir esta historia que yo no puedo.

Tomo aire. Me digo: pronto volverán, pronto volverán los periodistas. Pronto podré enseñarles los perfiles que en su ausencia redacté sobre ellos en La Hora, tratando de reconstruir sus vidas por medio de las palabras. Y las imágenes que de ellos conservan, muy adentro en la memoria, sus seres queridos. Llego a la casa de los hermanos Cristian y Patricio Segarra. Veo las fotos de Efraín y encuentro sus rasgos en los rostros de sus hijos. Pienso: a Paúl Rivas, que le gusta hacer retratos, le fascinaría encontrar la presencia palpitante de don Segarrita en los rostros de sus hijos. Es el ciclo de la vida. De nuestros padres venimos y hacia nuestros padres vamos. Paúl se hizo fotógrafo para seguir los pasos de su padre. Cristian y Patricio son gente buena, como su padre. Cristian de hecho, es periodista, como su padre que, como yo, no estudió periodismo pero no concibe la vida sin contar historias.

Tengo 21 años otra vez. Estoy en Ámsterdam y observo el autoretrato de Vincent Van Gogh. Pienso: las historias de nuestras vidas se narran en nuestros rostros. Recuerdo ese momento de catarsis años después en la Plaza de la Independencia de Quito. Horas antes el ministro César Navas, sin claridad ni valor, sugirió la muerte de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra. Fue la rueda de prensa más dolorosa de mi vida y de la de muchos colegas reporteros y fotógrafos. Gritos. Llantos. Dolor. Hay en el castellano palabras que describen emociones, pero no totalmente. Horror. Fin. Muerte. Pensando en esas palabras llego al centro de Quito y al Palacio de Carondelet. Atravieso la pequeña multitud que llora y grita consignas en la plaza y en el suelo encuentro una pancarta, rodeada de velas, donde están los rostros de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra. Repito sus nombres. En silencio. Ahora son silencio.

Siempre pensé que escribía porque me gustaba el silencio. Las palabras no son ruido. Las palabras son aquello que creó al mundo. Hágase la luz. Háganse los mares y los ríos. Hágase el periodismo para que los humanos tengan consciencia. Los rostros de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra ya no son palabras sino aquello que buscamos desesperadamente cuando invocamos las palabras. Aquello que queremos lograr cuando empezamos a narrar una historia. Aquellas imágenes que te marcan profundamente y te acompañan. Aquello que dolorosa e inevitablemente te da sentido. Da vitalidad a lo que haces. Me digo: escribiré historias con la pasión que a las palabras le ponía Javier Ortega. Nunca más haré periodismo sin pensar que Javier Ortega podría escribirlo o investigarlo mejor y que es mi obligación esforzarme, tener ese rigor y ese olfato periodístico que en sus textos admiré.

Ulises. Los griegos. La tragedia de la existencia humana. Las palabras. ¿Qué nos queda después de este desastre? Es algo que el periodismo no puede explicar. El miserable asesinato de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra es tan doloroso como un yaraví. Y tan silencioso. Pienso en los Andes. Javier Ortega dejó Valencia para hacer periodismo en los Andes. En 1946 César Dávila Andrade publicó su poema “Espacio, me has vencido”. Quizá la poesía puede explicar con palabras lo que nos sucede. Lo leo en voz alta. “Adiós canción antigua en la aldea de junio,/ tardes en las que todos, con los ojos cerrados/ viajaban silenciosos hacia un país de incienso”. ¿Hacia donde viajaron, Javier, Paúl y Efraín? La vida humana es una tragedia insoportable. Pero los antepasados contaron historias para hacer que la existencia sea soportable. Sea vivible, libre, alegre, como los rostros de la gente buena. Inventamos las palabras que dicen la verdad para que la humanidad no se desboque. Para que lloremos. Para no olvidar a los muertos y las causas atroces que se los llevaron. Para ser cada vez más humanos. ¿Qué es el periodismo? El periodismo es memoria.

Javier. Paúl. Segarrita. Hasta pronto.

Miguel Molina Díaz/elpais.com

 
Periodismo imprescindible

En el último tercio del siglo pasado, hasta la irrupción de la revolución digital en los años noventa, se extendió la convicción de que un periodismo ético era indispensable para construir sociedades democráticas y pluralistas, sociedades abiertas. En principio, el periodismo, como cualquier actividad profesional, debía tratar de alcanzar unas metas que le legitimaban socialmente y para lograrlo debía recurrir a los instrumentos adecuados. La gran pregunta era entonces, como en el caso de las demás profesiones, cuáles eran las metas que daban a la actividad periodística sentido y legitimidad social.

Consistía, ante todo, en ayudar a aumentar la libertad de las personas, ofreciendo informaciones contrastadas, opiniones razonables e interpretaciones plausibles. Distinguiendo, claro está, entre información y opinión, y comunicando hechos relevantes para el público, por mucho que desagradaran a la línea editorial. Pero se trataba también de hacer posible la libre expresión de los profesionales y de la ciudadanía, que es un requisito indispensable de las sociedades abiertas. Entretener, a poder ser de una forma digna, era otra de las metas, y cultivar una opinión pública razonante, de modo que se construyera público, y no simplemente masa.

El conjunto de estos objetivos se encuadraba en esa fórmula clave cuando se trata de una actividad profesional: responsabilidad para poder infundir confianza. Sin esa confianza en la información recibida la ciudadanía se encuentra desasistida, porque conoce la realidad en muy buena medida a través de los medios de información, hasta el punto de que podría hablarse de una “construcción mediática de la realidad”. Esto exige que el periodista y la empresa informativa se hagan responsables de sus expresiones y opiniones, sean escritas u orales, de modo que se conozca al autor y también el medio en que se publican.

Sin duda la ética mediática debía lidiar con dos grandes problemas: que información es poder, en principio, poder de influir en la formación de las mentes, y, en consecuencia, un poder muy codiciado por el mundo político y el económico, y también que información es mercancía, que la empresa informativa debe intentar generar beneficio, y hay modos muy diversos de hacerlo. Es posible asumir la Responsabilidad Social, atendiendo a los intereses legítimos de los afectados por la empresa, o, por el contrario, intentar generar el mayor beneficio para el accionista, caiga quien caiga. Es posible, por ejemplo, intentar reducir la precarización del empleo o fomentarla. Aquí, como en tantas ocasiones, la ética profesional se entrevera con la ética de la organización y las dos han de ser atendidas.

Ahora bien, si estos aspectos estaban un tanto claros en el último tercio del siglo XX, y en ellos abundaban los principios y códigos de ética, en el siglo XXI se ha producido la revolución digital, que parece conmover los cimientos del periodismo.

En principio, el acceso a la Red hace que cualquier persona pueda producir información y opinión a través de blogs, tuits, y también consumir la información de forma rápida, seleccionando además a qué tipo de informador y prescriptor quiere seguir. Surge el llamado “periodismo ciudadano”, referido a la participación de los ciudadanos en la difusión de la información, usando las plataformas que ofrecen las tecnologías, y todo parece anunciar el fin de las jerarquías de información y opinión, para recalar en una democratización, que pone en manos de los movimientos sociales enormes posibilidades de coordinación y encuentro.

La pregunta se impone de forma inevitable: ¿ha llegado el fin del periodismo profesional? La afición por los juegos de suma negativa es una constante en el mundo humano, propenso a pensar en términos de “esto o aquello”, cuando lo inteligente suele ser recurrir a juegos de suma positiva (“esto y aquello”), para contar con mayor riqueza en cada ámbito. En este caso, es necesario fortalecer el periodismo profesional para tener mayor riqueza informativa y de opinión, se exprese a través de medios digitales o en papel, porque la clave no es el medio, sino la necesidad de contar con profesionales bien preparados, que se hagan responsables de sus noticias y opiniones. Y ahora más que nunca, como apunta Juan Cruz en Un golpe de vida.

Por recordar un ejemplo, en la campaña electoral de 2016 en Estados Unidos, el jefe de la campaña era el chairman de una website mediática (Breitbart). En el proceso se multiplicaron las noticias falsas sobre Hilary Clinton, se impuso el recurso a la “posverdad”, que es sencillamente el recurso a las mentiras para destruir a la adversaria, y menudearon las provocaciones incendiarias y los discursos del odio. Las redes, que pueden prestar un servicio extraordinario a la información y la comunicación, también pueden viralizar falsedades que se convierten en trending topic, y sucede que reforzarlas resulta lucrativo. Tomando la pregunta del profesor de Stanford Nathaniel Persily: “¿Puede la democracia sobrevivir a Internet?”. La pregunta no es ociosa, porque la demagogia se mercantiliza: las plataformas no se han creado para servir a los valores democráticos, ni pretenden promocionar un electorado bien informado, sino proporcionar experiencias “atractivas” y “significativas”.

Por supuesto, la campaña de Estados Unidos es sólo un ejemplo, aunque muy relevante, del falseamiento interesado de la realidad que se puede producir a través de las redes, haciendo imposible la construcción de sociedades abiertas, porque la ciudadanía no puede percibir la diferencia entre la noticia falsa y la verdadera, ha de tomar decisiones sobre la base de una realidad distorsionada e inexistente. Pensar en otros ejemplos actuales no es difícil, por desgracia. No es extraño que Macron proponga una legislación para luchar contra las noticias falsas en periodo electoral, pero sería bueno extenderla más allá de ese tiempo.

Sin duda, es necesario regular las redes, pero las medidas jurídicas, con ser necesarias, no bastan. Y no sólo por su lentitud, sino también porque para ser efectivas han de contar siempre con el carácter de las personas y las sociedades, que genera las costumbres. Es imprescindible un periodismo profesional, competente, al que se puedan pedir responsabilidades, tanto al profesional como al medio informativo. Un periodismo que no se limite a decidir qué es de interés público a través del “me gusta”, “no me gusta”, sino preocupado por potenciar una sociedad bien informada y abierta.

Adela Cortina

Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR.

 
Tostao, el “Pelé blanco” que se aferró al periodismo por Di Stéfano

Permiso, ¿puedo hablarle un momento? El encuentro se produjo en una cafetería un día 8 de julio. Hasta ahí nada extraordinario para comenzar una historia si no fuera porque el señor que pidió permiso para hablar era el argentino nacionalizado español Alfredo Di Stéfano, y su interlocutor el brasileño Tostao, nacido como Eduardo Gonçalves de Andrade.

Así que no fue un encuentro más en un lugar cualquiera. El 8 de julio de 1994, víspera del partido de cuartos de final del Mundial de Estados Unidos que Brasil ganó por 2-3 a Holanda, la ‘la Saeta rubia’ y ‘el Pelé blanco’ se conocieron en la cafetería del estadio Cotton Bowl de Dallas.

El mítico exjugador del River Plate, Huracán, Millonarios y Real Madrid, quien cuatro días antes había cumplido 68 años, supo ese día que era ídolo para quien fue proclamado como el mejor de México 70.

Tostao reveló que conocer a Di Stéfano le convenció de una vez por todas de dedicarse al periodismo para seguir aferrado al fútbol que había abandonado casi veinte años atrás.

Tenía entonces 47 años y a Estados Unidos había viajado como columnista y comentarista invitado por medios brasileños.

Con 71 años cumplidos el 25 de enero, el arquitecto de la más elogiada selección de fútbol de todos los tiempos es uno de los comentaristas deportivos más respetados de Brasil.

La afinada pluma y sus certeras opiniones son referencias obligadas por sus colegas, entrenadores, exfutbolistas e hinchas.

Quienes le vieron jugar, coinciden en que fue un zurdo versátil al que le daba lo mismo desempeñar el rol de centrocampista, el de alero o el delantero centro. Todo lo hacía bien.

Hábil, ligero pero de potente pegada, precisión quirúrgica para filtrar pases. Su técnica para dominar el balón abrió una suerte de Capítulo de Excepciones a ciertas leyes de la física.

Y por todo esto sus mismos compatriotas un día decidieron llamar ‘Pelé blanco’ al que ya conocían como ‘Tostao’.

Irónico pensar que por una lesión en el ojo tuvo que colgar las botas con tan sólo 26 años el hombre que tenía una privilegiada visión del juego que más apasiona a los brasileños.

Las cosas trascendentales en su vida ocurrieron rápido pero dejaron huellas imborrables.

 
El periodismo cultural: Un análisis necesario

CUBA.-El doctor C Luis Álvarez Álvarez, Premio Nacional de Literatura 2017,  en su conferencia inaugural, ahondó en cuestiones como la necesidad de fortalecer el pensamiento crítico en los medios de comunicación, pues “solo se menciona el hecho de una manera fría y escueta”. Además expuso apreciaciones sobre el rol del periodista cultural, el cual debe superarse para interpretar mejor los sucesos y hacerlos llegar al público y elevar la cultura.

Los participantes en el Coloquio también pudieron disfrutar de la exposición del Premio Nacional de Periodismo 2018, José Aurelio Paz, quien habló sobre la inexistencia de espacios, en los medios de comunicación cubanos, para la confrontación y el debate cultural, así como sobre la necesidad de motivar el ejercicio de la crítica sin temor a equivocarnos, y con el deseo de provocar las emociones honestamente con un lenguaje sensible y creativo.

Dentro del Coloquio se desarrolló el Taller  El periodismo cultural desde la investigación, respondiendo a esa necesidad de la constante investigación y autosuperación que no se puede perder en ese campo,

www.trabajadores.cu/ Gretel Díaz Montalvo

 
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