Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Jueves, 13 agosto 2020
Informe Especial
Coronavirus: Cuando el agua no llega

Lidia Montes abre con extrema delicadeza el único grifo de su casa, en los suburbios de Lima. Lo hace suavemente, lo justo para que salga un chorro fino y débil que le permita lavarse las manos como ha visto en televisión.

El líquido cae en una tina de plástico, lo que evita que fluya ladera abajo del seco cerro donde está encaramada su humilde vivienda. Para ella el agua es un bien de valor incalculable, y más ahora, frente a la pandemia.

Lavarse las manos con agua y jabón, el sencillo consejo para mantener a raya al coronavirus, resulta un auténtico lujo para unos 600 millones de personas en el planeta que no tienen agua en sus casas y, desprotegidos contra la COVID-19, se han vuelto más vulnerables aún que antes de la llegada de la enfermedad.

En Latinoamérica, la región del mundo con más recursos hídricos, hay unos 34 millones de habitantes sin acceso en sus viviendas a la red pública de agua, según informes recientes del Banco Mundial (BM). La mayoría sufre pobreza económica y están entre los grupos sociales más expuestos al avance sin freno de la pandemia.

Aproximadamente uno de cada diez está en Perú, un país que paradójicamente es el octavo del mundo con mayor abundancia de agua y el tercero en Sudamérica, pero donde casi el 10 % de su población, equivalente a 3 millones, debe buscar agua por sus propios medios a un precio sangrante para sus delicados bolsillos.

POCA AGUA A PRECIO DESORBITADO EN LIMA

Para esta mujer de 39 años, madre soltera con dos hijos menores a su cargo y otros tres ya emancipados, racionar y reutilizar el agua es vital, pues en este rincón de la periferia de Lima el agua vale por lo menos cuatro veces más que en un distrito de clase alta.

“Aquí es más cara, pero… ¿qué podemos hacer? Aunque sea con un poquito de agua nos lavamos para protegernos”, comenta a Efe con resignación Montes, que se cubre la cara con una mascarilla de tela.

El agua que usa Lidia viene de un depósito de 1.100 litros. Llenarlo tres veces al mes le cuesta más de 60 soles (unos 18 dólares). Eso mismo valdría 15 soles (4,3 dólares) si la red de agua llegase al empinado cerro donde está su hogar, en un joven asentamiento en el barrio de Collique, dentro del distrito de Comas.

Como ese hay otros 244 asentamientos más solo en Comas, uno de los 43 distritos de Lima, la mayor ciudad del mundo después de El Cairo ubicada en un desierto. De sus 10 millones de habitantes, que representan al 30 % de la población de Perú, hay 400.000 aún sin servicio de agua, según la Encuesta Nacional de Hogares (Enaho).

A EXPENSAS DEL “AGUATERO”

Dependen del “aguatero”, el camión cisterna que vende el agua, sobrevaluada por la necesidad. En este cerro de Collique fueron los vecinos los que construyeron un depósito y una rudimentaria red de mangueras para, con una bomba, llevar el agua hasta las partes más altas.

Lidia, que llegó hace cuatro años desde la amazónica y lluviosa región de Loreto, vive de lo que los vecinos le pagan por manejar la bomba y llenar los depósitos de cada casa.

Sin embargo, eso no es suficiente, aún menos en tiempos de pandemia y confinamiento.

“A veces lloro pensando que mi economía no me alcanza para mis hijos”, lamenta la mujer, mientras Jhon, su hijo de 4 años, le demanda atención.

“Ahorita no hay ni para comer”.

Ella y sus vecinos son parte del 70 % de la población en edad de trabajar de Perú que vive con lo que gana cada día, de modo que el confinamiento los ha dejado sin ingresos desde el 16 de marzo.

CISTERNAS GRATIS, UN ALIVIO TEMPORAL

Los únicos alivios para este mal trago son el bono de 380 soles (110 dólares) que dio el Gobierno a 3,5 millones de hogares en situación de pobreza y los camiones cisternas enviados también por el Ejecutivo para repartir agua gratuitamente.

Falta poco para el mediodía y de repente el confinamiento se rompe en este cerro, los vecinos se juntan expectantes en una descuidada cancha. Ha llegado la cisterna gratuita y esta vez acompañada de autoridades, que prometen que la red pública de agua llegará a la zona en dos o tres años.

Allí está el ministro de Vivienda, Construcción y Saneamiento, Rodolfo Yáñez, quien explica a Efe que “desde el primer día de la cuarentena el Gobierno distribuye agua a las poblaciones más vulnerables de todo el país”.

La cisterna que llegó a este polvoriento rincón de Lima es una de las 360 que en estos días abastecen gratuitamente a diversas zonas de 24 de los 50 distritos de Lima (43) y Callao (7). ¿Es eso suficiente? Yáñez responde que incrementarán la flota a 400 camiones, pero pide que usen el recurso de manera racional.

TUBERÍAS VACIAS EN GUATEMALA

Las cuatro hijas y el bebé de Angélica se apresuran a meter en su casa, cercana al borde de un barranco, los tambos, cubetas y toneles vacíos tras haber esperado sin éxito la pipa (cisterna) municipal. La que suple el inexistente flujo en las tuberías de sus casas, en la periferia de Ciudad de Guatemala, desde enero pasado.

Angélica, embarazada de su sexto hijo antes de cumplir los 30 años, se dedica a vender tortillas a pocos metros de su hogar, ubicado en Santa Catarina Pinula, a 17 kilómetros del centro de la ciudad. Ahí vive desde hace 20 años, pero no recuerda haber sufrido nunca tanto por la escasez de agua como ahora.

Unos metros abajo vive Sandra Hernández con su esposo y sus tres hijos, en una casa de piso de tierra y paredes de lámina al inicio de la ladera. También tiene varios toneles esperando el suministro que paga cada mes y que, con la nueva administración municipal, no hay modo de que llegue.

Hace unos días consiguió algunos galones de agua para lavar los trastes que se le acumulan sobre la pila. Cocina para cinco y no da abasto, está afligida porque todo es incierto con la COVID-19.

“TENEMOS MIEDO”

“A mi hija mayor solo le depositaron 500 quetzales (65 dólares) en la última quincena de su trabajo (en una importante compañía telefónica), mi marido es mecánico por cuenta propia y no tiene encargos, y mi hijo vende auto partes cerca del Parque de la Industria, pero todos tenemos miedo de que siga yendo”, describe Sandra consternada.

Y es que el Parque de la Industria es un centro de convenciones estatal designado por el presidente, Alejandro Giammattei, como el primer hospital temporal de campaña de los cinco que se instalarán en todo el territorio nacional para la emergencia sanitaria.

Su vecina, Dora Garnilla, quien ha mantenido la presión de la comunidad hacia las autoridades, sale a comprar cuatro galones y un garrafón de 20 litros de agua a otra vecina. Le costará 2,5 dólares y le servirá para que su familia de cinco se bañe y lave las manos el tiempo que pueda.

A eso sumará 4 dólares de la factura mensual por un servicio inexistente y también el precio de la pipa. En total, unos 50 dólares sin que eso sea suficiente para la familia.

POZOS FUERA DE SERVICIO

Según la Municipalidad de Santa Catarina Pinula, 18 pozos de 40 que surten al municipio estaban dañados o fuera de servicio cuando entró la nueva administración en enero, por lo que “se trabaja a marchas forzadas para revertir la situación”, dijo a Efe el secretario del municipio, Rafael Paiz.

El drama del agua ahoga con su carencia a más de tres millones de guatemaltecos, según indica el doctor en Ingeniería del Agua y del Ambiente, Marco Morales, quien lamentó a Efe que ahora las autoridades reparen en la importancia del recurso hídrico cuando “la pandemia desnuda la realidad de la crisis del agua”.

Con decenas de contagiados por el virus, Morales admite que la vulnerabilidad de la población es “altísima” por la indolencia de las autoridades en un país que, como Perú, tiene “demasiada agua”.

Al igual que Santa Catarina Pinula, otros barrios sufren una situación similar, pero el panorama se agrava en el denominado Corredor Seco guatemalteco. Una céntrica región azotada por la pobreza extrema y la desnutrición que habitan 2 millones de personas, pero de las cuales solo medio millón tiene tubería en casa, según el censo de 2018.

Esta zona es la más golpeada por la escasez de lluvia, como en 2019, cuando la sequía afectó a unas 300.000 familias, y será uno de los sectores más sensibles cuando la pandemia alcance su pico máximo en el país, previsto para finales de abril e inicios de mayo.

CHILE ATRAVIESA UNA HISTÓRICA SEQUÍA

Chile enfrenta la pandemia en medio de la peor sequía de su historia reciente. La escasez de agua hace todavía más difícil lavarse las manos con frecuencia en las zonas agrícolas, las más afectadas por la crisis hídrica.

El 47,2 % de la población rural, equivalente a más de un millón de personas, no dispone de abastecimiento formal de agua potable, según datos de Greenpeace, y la recibe a través de pozos, ríos o camiones aljibe (cisterna).

Este último es el caso de los pequeños pueblos de la comuna de Petorca, en la región de Valparaíso, donde no se puede consumir más de 50 litros por persona al día -un estadounidense medio consume entre 300 y 380.

“¿Cómo nos vamos a enfrentar al coronavirus cuando sabemos que sin agua no hay salud? Nuestra cuota diaria la repartimos entre el aseo, la alimentación y vivir”, dice a Efe el presidente de la Unión de Agua Potable Rural de la cuenca del río Petorca, Álvaro Escobar, tras expresar su “tristeza” por “el abandono del Estado”.

Unos 150 kilómetros al sur de Petorca, en Rungue, solo hay tres o cuatro horas de agua al día. Riegan las plantas con lo que sobra de lavar la ropa. Por eso Carolina Moreno, dirigente vecinal, lanza una carcajada al escuchar la medida de higiene.

“Es una falta de respeto que te digan que te laves las manos y dejes correr el agua cuando nosotros ni tenemos”, insiste.

AGUA EN MANOS DE GRANDES EMPRESAS

A la sequía se suma que un 80 % de los recursos hídricos de Chile están en manos privadas, principalmente de grandes empresas agrícolas y mineras. Tanto la Constitución (1980) como el Código de Aguas (1981) otorgaron derechos de aprovechamiento gratuitos a particulares y les dieron libertad para venderlos a precio de mercado.

Por eso para el secretario general del Movimiento de Defensa del Agua, la Tierra y la Protección del Medioambiente (Modatima), Rodrigo Mundaca, es “fundamental” que el agua se blinde como un “derecho humano”.

“Es imposible que la gente se lave 20 o 30 veces las manos gastando 2 litros cada vez”, apostilla a Efe el activista.

De norte a sur las poblaciones más desfavorecidas de Latinoamérica claman por ese derecho fundamental, el acceso al agua, cuya carencia, ahora, pone sus vidas aún más en riesgo.

EFE/ Fernando Gimeno, Emiliano Castro Sáenz y Arnald Prat Barnadas

 
2020: el año cero de una nueva sociedad

MADRID.- La humanidad se encuentra en un punto de inflexión, exacerbado por la pandemia covid-19. Esta experiencia colectiva debe servir para provocar una reflexión global sobre nuestro futuro y conducirnos hacia una sociedad del conocimiento, manteniendo siempre una perspectiva empática sobre las necesidades de todos.

“Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Esta anónima frase, atribuida, entre otros, a Napoleón Bonaparte, nos enseña que para prepararnos para el futuro es indispensable también mirar a nuestro pasado y tener presente las lecciones aprendidas.

La actual crisis sanitaria generada por la pandemia covid-19, producida por el virus SARS-CoV-2 , no es la primera ni, desafortunadamente, será la última a la que se enfrente la humanidad.

Las enfermedades, de hecho, han sido potentes palancas de cambio histórico, al tener capacidad de cambiar una sociedad, sobre todo cuando se combinaron con otros elementos perturbadores.

Unos pocos ejemplos bastan para ilustrar estos procesos: la epidemia durante la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta en el siglo V antes de la era común; la peste del siglo XIV, que cambió la estructura socioeconómica de Europa; o la viruela y otras enfermedades en la expansión europea en América y otros continentes (Diamond, 2005).

Para los implicados, tanto estructuras políticas como individuos, el cambio fue dramático y dejó múltiples damnificados, pero también abrió nuevas oportunidades.

Una plaga es una tragedia humana, pero también proporciona la posibilidad de reflexionar sobre sus orígenes, sus implicaciones y la necesidad de medidas correctoras.

Más allá, incluso permite plantearse realizar cambios de mayor calado, repitiendo las perennes preguntas: ¿Quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos?

La sociedad que viene

La humanidad se encuentra, posiblemente, en su mejor momento. Nunca tantos seres humanos fueron tan felices y saludables. Sin embargo, numerosos problemas siguen presentes y la sociedad global ya se encontraba en un profundo cambio acelerado y desigual antes de la aparición de la pandemia covid-19.

La implantación de nuevas tecnologías y los desafíos que nos plantean, como es el caso de la inteligencia artificial o la computación cuántica, la manipulación genética, o la posibilidad de crear una nueva especie no completamente orgánica, de cíborgs, junto con los problemas generados por tecnologías obsoletas, la existencia de armas nucleares, o las actuales necesidades energéticas, en donde destaca el cambio climático y sus destructivas consecuencias, ya eran suficientes desafíos para la humanidad.

El mañana ya está aquí en forma de tsunami

Ahora, una nueva pandemia pasa a primer plano y relega al resto de las dificultades a un indefinido “mañana”. Pero en muchas ocasiones olvidamos que el mañana ya está aquí, y que, aunque lo ignoremos, sus consecuencias están ya pasando sobre nosotros como un tsunami.

El confinamiento de más de un tercio de la humanidad está forzando a replantearse las relaciones sociales y la manera en la que trabajamos. Afortunadamente Internet, un bien global, ha respondido adecuadamente a las exigencias de tráfico y las redes sociales están contribuyendo al mantenimiento de los necesarios nexos sociales.

A corto plazo podríamos ver cambios significativos: la manera en la que nos saludamos, evitando el contacto directo; la universalización del teletrabajo, mostrado ahora como factible a gran escala; o el acceso a productos culturales en línea.

De hecho, conocidas pinacotecas han creado recorridos virtuales, y grandes orquestas u óperas y compañías de teatro han democratizado el acceso a algunos productos que antes, en ocasiones, solo eran accesibles para determinadas minorías.

En cuanto a las relaciones sociales, la solidaridad se ha vuelto a poner de manifiesto, específicamente los lazos intergeneracionales.

A medio y largo plazo se abren múltiples incógnitas.

Así, el teletrabajo podría cambiar el concepto de ciudad, promoviendo una mayor descentralización y evitando la necesidad de grandes redes urbanas, descongestionando el tráfico y reduciendo la contaminación.

Las relaciones internacionales deberán ser reexaminadas y la Unión Europea, por ejemplo, deberá redefinirse: ¿espacio económico o verdaderamente ciudadano?

En cualquier caso, también puede tener un impacto en nuestro modelo social y político, y en el papel de cada ciudadano. Ahora tenemos, más que nunca, la oportunidad de cuestionarnos sobre quiénes somos y qué tipo de sociedad queremos.

Las grandes preguntas y la Generación 2020/Covid

Cada sociedad es una red de interrelaciones extraordinariamente compleja. El siglo XXI se está caracterizando por una globalización prácticamente completa y por un acceso a la información casi sin restricciones, junto con la presencia de fake news y de influencers, que en muchas ocasiones se convierten en virales y sepultan las fuentes fidedignas bajo capas de trivialidades, mentiras y tergiversaciones.

Pero si se preguntase a la inmensa mayoría qué es lo que espera, su respuesta incluiría térmicos como “felicidad”, “libertad”, “bienestar”, “salud”, “seguridad”. Posiblemente la prioridad dependería del momento en el que se formulase la cuestión. El virus SARS-CoV-2 seguramente está contribuyendo a alterar ese orden. En nuestras manos está articular una respuesta adecuada.

La pandemia actual (y otras que pudieran golpearnos en el futuro) ya es una experiencia traumática para miles de millones de seres humanos. Junto con las dos guerras mundiales es posiblemente el evento que más haya marcado a una población global.

En este caso, combatimos no contra nosotros mismos, sino contra un enemigo invisible.Todos vamos a pagar un alto precio, económico pero sobre todo humano. Es por tanto una experiencia que nos une a todos.

Para la población más joven las consecuencias pueden ser aún más significativas. La actual crisis pudiera propiciar la aparición de la Generación 2020 o Generación Covid: los adolescentes y postadolescentes actuales que encuentren en este trance, junto con el cambio climático, su leivmotiv.

Eventualmente reclamarán respuestas y responsabilidades.

¿Una nueva ciudadanía, un nuevo liderazgo social?

La crisis económica de 2008 indujo la aparición de varios movimientos ciudadanos tales como el 15 M en España u Occupy Wall Street en Estados Unidos. Más recientemente han surgido o se han visto reforzados grupos populistas o extremistas en muchas partes del mundo.

La pandemia covid-19 posiblemente tendrá consecuencias análogas, tanto por su dimensión social como por la más que posible gran crisis económica.

Pero además producirá un cuestionamiento de los actuales líderes políticos en todo el mundo.

Estamos, pues, en un punto de inflexión y la balanza se puede decantar hacia cualquier lado. A nosotros nos corresponde proporcionar el empuje adecuado.

Los problemas de una sociedad moderna no se encuentran ni en la política ni en la clase política, sino en su manera de llevarla a cabo y en el número y rol de agentes que participan en ella.

La crisis del coronavirus también entrañará una pérdida de confianza, añadida a la anterior en los responsables de los distintos gobiernos. ¿Implicará por tanto un cambio de unos por otros, independientemente de su signo?

No debiera ser así. Estamos ante un cambio de paradigma social, tenemos ante nosotros la posibilidad de protagonizar una revolución pacífica, civilizada, que debiera empezar en la educación, algo que los ilustrados ya sabían en el siglo XVIII.

Una formación para la ciudadanía, no para preparar elementos de la fuerza laboral.

Un movimiento en el que los científicos e intelectuales, junto con otros líderes sociales, cobren verdadero protagonismo.

Una corriente articulada por la racionalidad, pero que no olvide las necesidades de cada uno de sus miembros, construida sobre un conocimiento verdaderamente holístico, no sobre tecnicismos de hiperespecialistas, por muy necesarios que sean.

Tenemos, pues, la oportunidad de crear un mejor mundo, un mundo racional, un mundo para las personas.

David Barrado Navascués

 
El derecho a la vida, el primero de los derechos

La decisión de prolongar el aislamiento social hasta el 12 de abril, constituye una medida de emergencia, que tiene por finalidad proteger y defender el derecho a la vida. Es un deber, un compromiso, que corresponde asumirlo sin excepción alguna. En la medida en que cuidamos la vida propia, protegemos la de otros seres humanos. No hay lugar para el privilegio. Todos tenemos que demostrar nuestro sentido de responsabilidad para acatar lo dispuesto. En las actuales circunstancias de “guerra” virológica, que está matando a mucha gente, hay que dejar de lado el status social o económico, el credo o la ideología, el color de la piel. Nos corresponde predicar con el ejemplo. Mal, por ejemplo, el comportamiento de la señora que por tener imagen en la televisión y amistad con un mando militar, consideraba que podía circular sin salvoconducto. Mal, también, el personaje del mundo fubtbolístico que creía tener corona de intocable y se fue a cenar fuera de casa al lado de sus amistades. Pésimo, aquellos que llevados por la falta de ecuanimidad atacan físicamente a los encargados de hacer cumplir la ley. Pésimo, quienes animados por la falta de madurez cívica, tratan de burlar la vigilancia y terminan privados de la libertad y en peligro de ser llevados a los tribunales de justicia penal.

Estos no saben lo que significa proteger y defender el derecho a la vida. La pandemia del coronavirus se expande, en medio de la angustia ciudadana por Loreto, Tumbes, Piura, Lambayeque y La Libertad. Lima, ni se diga. La regiones en donde, precisamente, no se toma en serio el clamor de poner en retroceso este mal. Pareciera que ignoran que está acabando con miles de vida en países más desarrollados en lo económico, tecnológico y científico. Nueva York y otras grandes ciudades en Estados Unidos, es una muestra de lo que podría acontecer aquí. Italia, España, Francia, Alemania sufren tal cual estarían en una contienda bélica devastadora. ¿Acaso, queremos que eso mismo ocurra en el país?

Los insensatos toman a la broma lo que se conceptúa como el derecho a la vida. A ellos, y en esto los comunicadores sociales, tenemos que repetir hasta el cansancio que la vida es un derecho fundamental. Es el primero de todos. Es universal y corresponde a la persona humana por sobre cualquier otro derecho. En palabras sencillas: es la piedra angular de todos los demás derechos. Si perdemos la vida, entonces no es posible que existan los demás derechos. ¿De qué servirían los años y hasta los siglos de lucha, por hacer más digna la vida humana, si estamos haciendo lo imposible por dejar de lado la protección y la defensa de ese derecho? Un mundo sin seres vivientes, no serviría de nada. Estaríamos negando que está vinculado al carácter del ser inteligente, racional, a la dignidad de la persona.

A quienes no toman con seriedad el aislamiento social y tampoco la emergencia nacional, no basta con jalarles las orejas. En las horas de carcelería les deben inculcar el significado de esas medidas y sus consecuencias funestas si no son respetadas. La educación tiene hoy en día las mejores experiencias. Quizás, así, podríamos avanzar cívicamente. Enseñarles que el derecho a la vida no es patrimonio de una sola persona. Le corresponde a cuantos formamos parte de la sociedad nacional y mundial. Ya lo hemos señalado: es el primero de todos los derechos, si tomamos en cuenta al titular de este como generador de cualquier otro derecho posible. Es inviolable y no admite excepción alguna. Se tutela en el ámbito privado e, igualmente, en el ámbito público, a fin de cubrir la dimensión personal.

¿Es historia reciente? ¿Es un concepto nuevo? No, qué va. Reflexiones al respecto abundan. Basta citar a Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Kant, con marcadas diferencias teóricas y prácticas, pero que coincidían en que la vida humana es un fin en sí misma y no un medio subordinado a otro fin. Pensemos en tan sabias enseñanzas y, entonces, llegaremos a la conclusión que vale la pena vivir, si respetamos la vida ajena. No podemos ser agentes de transmisión del mal, ni tampoco pasibles de recibir el contagio. Por eso, tiene sentido la emergencia nacional y el aislamiento social.

Roberto Mejía Alarcón

 
No le echemos la culpa a China

A fines de noviembre del 2019, en mi último viaje oficial al interior de China como embajador ante ese país, visité el mercado de Huanan en la ciudad de Wuhan, la capital de la provincia de Hubei. Fue para ese entonces que allí se produjo esa misteriosa mutación virósica que dio origen a covid-19.

Se vendían en ese lugar desde pescados hasta pangolines, pasando por murciélagos, serpientes, alacranes, grillos, ratas, erizos de mar, gusanos y más de 100 animales de diferentes especies.

Wuhan es una ciudad hípermoderna de 11 millones de habitantes, con supermercados muy bien provistos de todo tipo de productos chinos y extranjeros que cuentan con los estándares  más altos de calidad y sanidad. Esta “ciudad del futuro” convive con resabios de la milenaria historia china que incluye la memoria de las peores hambrunas del planeta.

En el periodo 1850-1950 -el “siglo de las humillaciones”, para los chinos- las guerras internas y las ocupaciones extranjeras -desde ingleses  y franceses hasta rusos y japoneses, pasando por estadounidenses y holandeses- produjeron la necesidad de incorporar proteínas “allá donde las encontraran”.

“Todo bicho que camina, va a parar al asador”, dicho que los argentinos conocemos bien y asociamos con vacas, ovejas  o chanchos, pero a los cuales la mayoría de los  chinos no tenían forma de acceder.

Esos mercados, como el de Wuhan, son el vestigio de esos tiempos de carencias absolutas y, esas especies salvajes, eran la única opción posible para complementar una miserable porción de arroz.

Hasta enero del 2020, que se prohibieron, estos mercados eran el testigo folklórico de ese pasado, transformado en una gastronomía “exótica” y muy cara.

Los virus aparecen en forma mágica en los lugares más disimiles: la llamada gripe española, se originó en la base militar de Fort Riley, en Estados Unidos, en marzo de 1918 y causó 50 millones de muertos en todo el mundo.

Era también un coronavirus y provocaba una neumonía fatal.

Sus “clientes” favoritos eran jóvenes de 20 a 40 años y, así como llegó, desapareció en 1920. Se llamó así por que fue en España donde más se habló de la pandemia (en la mayoría de los países, la censura ocultó la difusión pública en un mundo todavía abrumado por el fin de la Primera Guerra Mundial).

La peste negra, que mató a un tercio de la población europea entre 1347 y 1353, se generó en ese continente y provino de una bacteria llamada Yersinia pestis.

Conclusión: las pestes pueden aparecer en cualquier parte.

Lo destacable en este caso, es que, a partir del 1 de enero de 2020, China puso en marcha una campaña sanitaria sin precedentes en la historia de la humanidad: decretó la Cuarentena Total en la Provincia de Hubei (60 millones de habitantes) y estrictísimas medidas en todo el territorio chino.

Pero durante diciembre del 2019 y la primera semana de enero del 2020, millones de chinos salieron al mundo y millones de extranjeros circularon por China. La epidemia estaba lista para convertirse en una pandemia universal devastadora.

El mundo occidental demoró dos meses en reaccionar, sintió que ese nuevo virus era una enfermedad lejana, que así como había aparecido, desaparecería por arte de magia.

La OMS, la Organización Mundial de la Salud, fue lenta y negligente, porque todos los datos respaldaban desde el primer momento la tesis de que la pandemia era inevitable y que debía reaccionarse en forma rápida y agresiva.

No ocurrió así y, para marzo, ya era muy tarde. El virus circulaba libre por Europa, Asia Central, Medio Oriente y Estados Unidos. En América Latina, había comenzado su devastador derrotero.

Si todos hubiéramos actuado al unísono, ya estaríamos ante el fin de la pandemia, como hoy ocurre en China, y no iniciando el proceso que tantos recursos humanos y materiales nos consumirá.

Así que debemos agradecerle a China su decidida reacción. Si no lo hubieran hecho de esta forma, esta pandemia tendría ya la extensión de la gripe española o la peste negra.

Esperemos que nosotros -y muchos otros- hayamos actuado a tiempo.

Por Diego Guelar (IPS)

 
América Latina tiene bajas sus defensas ante la pandemia

CARACAS.- Los sistemas de salud en América Latina, ya deficitarios en su capacidad de atender a la población, especialmente a las capas pobres, encaran con debilidad y en grave riesgo la propagación de la pandemia covid-19.

El bajo gasto en salud y la relativa escasez de camas en los hospitales son indicadores de que la mayoría de los Estados de la región no garantizan el acceso universal a esos servicios y se arriesgan a ser desbordados por la ola del coronavirus.

“Aún en sistemas de salud organizados y robustos los retos de una pandemia son muy rápidos, y mayores en los débiles como los de buena parte de América Latina. En epidemiología, si usted va a la cola de la epidemia, va a sufrir estragos”, observó a IPS el exministro de Salud de Venezuela (1997-1999), José Félix Oletta.

De los 630 millones de latinoamericanos y caribeños, 30 por ciento no tiene acceso regular a servicios de salud, principalmente por razones geográficas o de ingreso, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), filial de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La cifra calza con las de la pobreza según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), que da cuenta de 185 millones de pobres, con más de 10 por ciento, 68 millones de personas, viviendo en pobreza extrema.

El promedio regional de gasto en salud está bajo cuatro por ciento del producto interno bruto (PIB) y apenas 2,2 por ciento es gasto de los gobiernos centrales, según cifras de Cepal y OPS.

Los gobiernos de la región se comprometieron en 2014 a elevar sus gastos en salud al menos a seis por ciento de su PIB, pero solo Cuba (10,6 %), Costa Rica (6,8 %) y Uruguay (6,1 %) han alcanzado esa meta.

Los países más industrializados gastan ocho por ciento del PIB en salud, entre 3000 y 4000 dólares por habitante al año, frente a unos 1000 dólares por persona en América Latina. En Argentina, Chile, Cuba y Uruguay se gasta alrededor de 2000 dólares por persona, pero menos de 400 en Haití, Honduras o Venezuela.

El gasto de bolsillo (el directo que hacen las personas al requerir un servicio) es bajo en Cuba, Costa Rica o Uruguay, (10 a 20 por ciento) y muy alto en otros como Venezuela (63 por ciento), Guatemala (54) o República Dominicana (45 por ciento).

Esos pagos directos que hacen las personas ilustran la insuficiencia de la oferta de salud pública, así como de la seguridad social o de los seguros privados, y el hecho de que las personas más pobres quedan como las más vulnerables pues a veces ni buscan atención, al considerar que no podrán pagarla.

Otro indicador es la cantidad de camas disponibles en los hospitales, aun sin medir la calidad de la infraestructura, dotación o eficiencia en esos establecimientos: el promedio regional es de 27 por cada 10 000 habitantes. Una porción, a veces muy pequeña, son camas para cuidados intensivos.

Pero además “no es suficiente tener hospitales y centros de salud. Deben combinar correctamente recursos humanos, infraestructura y equipamiento, medicinas y otras tecnologías sanitarias, para ofrecer atención de calidad», ha dicho la directora de la OPS, Carissa Etienne.

Si progresa en la región la actual pandemia covid-19, Bolivia, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Venezuela son “los países latinoamericanos que conllevan más riesgos”, según la OPS.

IPS ahondó en la situación de cuatro países para mostrar las diferentes debilidades y fortalezas de los sistemas sanitarios en la región.

Brasil, persistencia de la desigualdad

El país más grande de la región, con 211 millones de habitantes, desarrolló en las últimas tres décadas un Sistema Único de salud pública, con programas como Más Médicos, Farmacias Populares y Salud de Familia, éste último para que localmente un equipo de médico, enfermero y auxiliares atienda hasta 3000 personas.

Más Médicos empleó hasta 18 000 galenos, más de la mitad cubanos, en barrios y pueblos apartados del Brasil profundo, pero se achicó desde diciembre de 2018 con la ruptura política entre Brasilia y La Habana que implicó el abrupto retorno a la isla de miles de profesionales.

Se ahonda la brecha social, pues la salud pública, con 44 por ciento de las camas hospitalarias, debe atender a 75 por ciento de los habitantes, mientras que las clínicas privadas tienen más de la mitad de las camas para 25 por ciento de la población.

En 2009 Brasil contaba 18,7 camas por cada 10 000 habitantes, mermadas a 17,2 en 2017, la mitad en cuatro de sus 27 estados, en el sureste más rico. Tiene 47 000 camas de cuidados intensivos, pero por cada una en el sistema público -ya ocupadas en 90 por ciento- hay 4,6 en el sector privado de salud.

Brasil “no está preparado para enfrentar la epidemia del coronavirus, no tanto por falta de recursos, sino por su mala distribución, mucha desigualdad en el acceso a los servicios, mala gestión y falta de equidad,”, dijo a IPS el epidemiólogo Eduardo Costa, asesor de cooperación internacional de la Escuela Nacional de Salud Pública.

Cuba, medicina para exportar

El sistema de salud cubano, que se presenta por el gobierno socialista como uno de los logros de su revolución, es todo público y de acceso gratuito para su población de 11,2 millones, con 90 médicos por cada 10 000 habitantes, según cifras oficiales.

Aunque no hay datos precisos de cuántas de sus 47 000 camas son de cuidados intensivos –y hay quejas en la población por demoras para ingresar a cirugías no urgentes-, el ministro de Salud, José Ángel Portal, dijo que la isla dispone de 274 camas para atender a pacientes graves por coronavirus y prevé agregar otras 200.

Un programa bandera de Cuba es el de sus misiones de cooperación médica internacional, iniciado en 1963 y que ha llevado a 407 000 médicos, técnicos y auxiliares a 164 países, bajo las modalidades de cooperación gratuita a países pobres, de gastos compartidos a otras naciones y como fuente de ingresos en algunos casos.

Los ingresos anuales por este rubro  -29 000 médicos laboraron durante 2019 en 65 países- pasan de 6000 millones de dólares. Para la pandemia covid-19 Cuba apresta 14 brigadas médicas con 600 integrantes, de los cuales más de la mitad son mujeres.

Chile preparado, aunque nunca es suficiente

Para la población chilena, de 18,7 millones de habitantes, la cobertura de salud es pública para 14 millones, privada para tres millones, y tienen un sistema aparte 400 000 integrantes de las Fuerzas Armadas, según normas establecidas por la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), que la democracia no ha modificado, al igual que otros sectores neurálgicos, como la educación.

Todos los trabajadores aportan obligatoriamente el siete por ciento de su salario a la institución de salud que decidan. Quienes se atienden en el sector público sufren largas esperas, que pueden ser de semanas o meses para obtener una hora de consulta y hasta más de un año para una cirugía.

Esas falencias nutrieron las protestas que durante meses protagonizaron los chilenos desde el 18 de octubre de 2019 y que se apaciguaron ante el compromiso de reformar la Constitución, herencia de la dictadura.

Chile tiene 22 camas hospitalarias por cada 10 000 habitantes, en total cerca de 32 000 con 3300 para emergencias, las que el gobierno busca llevar a 5200 para enfrentar la covid-19.

Nelly Alvarado, docente de la Universidad Diego Portales y especialista en salud pública, dijo a IPS que “la capacidad sanitaria nunca va a ser suficiente ante una situación inesperada que viene del resto del mundo”.

Precisó que las camas de cuidados críticos “nunca han sido abundantes ni en Chile ni en el mundo. Son costosas y de altísima complejidad, porque se requiere junto a ella equipamiento sofisticado y personal especializado”.

Venezuela, al borde del colapso

Las estadísticas oficiales de salud desaparecieron de Venezuela a lo largo de la década y en su lugar estudios de organizaciones no gubernamentales coinciden en señalar que el sistema asistencial está al borde del colapso y que el país se encuentra en una situación de “emergencia humanitaria compleja”.

Venezuela, con unos 30 millones de personas, está en el fondo de las tablas regionales en cuanto a gasto en salud y disposición de camas hospitalarias. La oenegé Médicos por la Salud informó que durante 2019 hubo fallas de electricidad en 63 por ciento de 40 grandes hospitales que vigila, y de suministro de agua en 78 por ciento.

Barrio Adentro, programa iniciado en 2003 y que llevó miles de médicos cubanos a sectores populares, casi ha desaparecido y la mayoría de sus locales han cerrado.

“Estamos de últimos en una lista de la OPS sobre la preparación de 33 países del hemisferio para enfrentar la covid-19”, dijo Oletta, “y la pandemia llega tras retrocesos en campañas de vacunación y de contención de enfermedades prevenibles que han resurgido, como la malaria, el sarampión y la tuberculosis”.

La crisis de salud es parte del desplome general de los servicios básicos que desde hace cinco años acompaña la recesión económica y desde hace tres la hiperinflación, animando el éxodo de casi cinco de los 32 millones de habitantes de Venezuela. Entre quienes emigraron se cuentan más de 22 000 médicos, según sus gremios.

América Latina, rezagada en su atención e inversión a la salud, debería atender el llamado de María Neira, directora de salud pública en la OMS: “Algo que todos hemos olvidado es que de la inversión en salud pública no hay que arrepentirse, siempre será una inversión rentable”.

Humberto Márquez (IPS)

 
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