Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Sábado, 23 marzo 2019
Informe Especial
Política muda

La vida actual ha registrado una profunda transformación en las formas y en los contenidos del discurso político. Perdió vigencia la idea de que tanto las medidas políticas de unos como la oposición de otros, debían responder a una fundamentación inteligible para los ciudadanos. Cuando esto no ocurría, caso de la España de la Restauración, la palabra era transferida a los intelectuales, encargados de valorar la obra del gobierno y de los partidos. A Alfonso XIII no le preocupaba lo que dijesen un ministro o un republicano en las Cortes, sino el artículo sobre el régimen de Ortega y Gasset.

La situación se reprodujo parcialmente en y después de la transición, con la consiguiente pretensión por gobernantes y poderosos de domesticar las plumas —los gestores de este y otros periódicos podrían relatar muchas cosas al respecto— y ahormar el discurso de los propios correligionarios mediante la confección de un corsé denominado argumentario. Las normas impuestas por Zapatero a los suyos al iniciarse la crisis de 2008, disfrazada de "desaceleración", fueron muestra de ello.

La revolución tecnológica experimentada en la comunicación digital, ha dado un vuelco a esa situación. La red crea libertad por cuanto multiplica exponencialmente el número de emisores y de mensajes, pero a costa de eliminar la exigencia del razonamiento, sustituyéndolo por el tuit, de un lado cauce de una ilimitada agresividad, de otro reductor de la comunicación política a un marketing dominado por la eficacia del eslogan. Y permeable a la manipulación. Es el mundo de "Omo lava más blanco": cuenta el destinatario de masas; no que ello sea cierto. De ahí emerge el imperio de la posverdad y de la descalificación. No importa que Ciudadanos y Vox sean distintos: son fundidos en amalgama con el lamentable Casado como pegamento y la eficacia está servida. Pablo Iglesias es un maestro al respecto. Y contagioso.

El empobrecimiento del lenguaje político resulta inevitable. Privadas de argumentos, las consignas se suceden, dando lugar a un silencio donde se amontonan palabras sin contenido, al modo del tremending topic.

Todo menos explicar. Así en la sustitución por el gobierno, vía abogado del Estado, de "la rebelión" por "la sedición". Dado que si la rebelión tropieza irremisiblemente con la cláusula introducida en su día por López Garrido, la violencia, al menos resultaba incuestionable que la DUI suponía derogar la Constitución en Cataluña y "declarar la independencia de una parte del territorio nacional". En cambio, la sedición implica “impedir” una actuación legal, "pública y tumultuariamente"; eso para nada corresponde al 27-0. Entre tanto, los ciudadanos asisten perplejos a una política gubernamental gravemente muda.

Antonio Elorza (El País).

 
Periodistas perseguidos por los servicios de seguridad en Sudán

El día antes de que Amnistía Internacional instara al gobierno de Sudán a terminar con el acoso, la intimidación y la censura de periodistas tras la detención de unos 15 profesionales este año, el jefe de los Servicios Nacionales de Seguridad e Inteligencia (NISS), Salah Goush, acusó de espionaje a varios periodistas sudaneses por reunirse con diplomáticos occidentales.

Goush realizó esas acusaciones en el parlamento, donde firmó el Código de Conducta para Periodistas.

“Se los convocó e interrogó para hacerles saber que (la reunión con diplomáticos occidentales) es un proyecto de espionaje”, dijo a los legisladores el jueves 1 de este mes. Luego anunció que NISS retiraba los cargos en contra de los periodistas.

Pero el comunicado de Amnistía, divulgado el viernes 2, señala: “el gobierno sudanés ha sido implacable este año en su afán por silenciar a los medios independientes mediante detenciones y acoso de periodistas y censurando tanto a los medios escritos como audiovisuales”.

“Solo muestra que los funcionarios sudaneses no han cambiados sus modos, todavía acusan a periodistas y activistas de espías y realizan otra serie de acusaciones inventadas”, arguyó Jehanne Henry, investigadora para Sudán y Sudán del Sur de Human Rights Watch (HRW), en diálogo con IPS, refiriéndose a las declaraciones de Goush en el parlamento.

El martes 30, un periodista independiente de Reuters en Jartum y otros dos reporteros locales tuvieron que declarar ante el fiscal de seguridad del Estado sobre las reuniones mantenidas con diplomáticos de la Unión Europea (UE) y el embajador de Estados Unidos en Sudán.

Incluso les dijeron que podrían ser imputados cuando concluyera la investigación. Antes de eso, otros cinco profesionales fueron interrogados por la misma reunión, y NISS informó que otros dos periodistas serían interrogados por el mismo asunto.

“Lo que nos hace NISS es una forma de extorsión y un acto terroristas para coartar la libertad de prensa”, denunció Bahram Abdolmonim, uno de los tres profesionales interrogados el martes 30, en diálogo con IPS.

“Los periodistas tienen derecho a reunirse con diplomáticos, funcionarios gubernamentales y opositores, así como con cualquiera, y pueden hablar sobre libertad de expresión o sobre cualquier otra cosa”, recordó.

“El periodismo es un mensaje”, añadió Abdolmonim.

Antes de su interrogatorio, tres mujeres y dos hombres periodistas fueron convocados a la fiscalía para declarar por la misma reunión con diplomáticos occidentales y hablar sobre libertad de expresión.

Pero esos no son los únicos episodios de restricciones contra periodistas. El 16 de octubre, cinco profesionales fueron detenidos frente al parlamento sudanés por protestar contra la prohibición de ingreso a la sede legislativa impuesta a un colega.

“Desde el comienzo de 2018, el gobierno de Sudán, a través de su aparato de seguridad, ha sido implacable en las restricciones impuestas a la libertad de prensa mediante ataques contra periodistas y organizaciones de medios”, recordó Sarah Jackson, subdirectora de Amnistía para África oriental, el Cuerno de África y los Grandes Lagos.

La organización con sede en Londres también señaló que aumentó la censura de la prensa y que los editores reciben llamadas diarias de agentes de seguridad para interrogarlos sobre el contenido editorial.

Los editores se ven obligados a justificar sus coberturas. Los agentes de NISS también se aparecen en las redacciones para ordenar a los editores que no publiquen algunos artículos o confiscar tiradas enteras.

“Entre mayo y octubre, el diario Al Jareeda fue confiscado por lo menos 13 veces, Al Tayar, cinco veces y Al Sayha, cuatro veces. Otros diarios, como Masadir, Al Ray Al Aam, Akhirlahza, Akhbar Al Watan, Al Midan, Al Garar y Al Mustuglia, fueron confiscados una o dos veces”, reza el comunicado.

Los medios audiovisuales también sufrieron la censura. A principios de octubre, NISS suspendió un programa de entrevistas en Sudania25 TV tras recibir a Mohamed Hamdan, líder de las Fuerzas de Apoyo Rápido, las milicias Yanyauid acusadas de cometer atrocidades en la occidental provincia de Darfur

La restricciones contra los periodistas son grandes en todo el país. Y las zonas en conflicto como Darfur, Nilo Azul y Kordofán Sur, son especialmente difíciles para los profesionales de la prensa.

“Las autoridades sudanesas deben poner fin a esta vergonzosa agresión contra la libertad de expresión, y dejar que los periodistas hagan su trabajo en paz. El periodismo no es un delito”, subrayó Jackson.

Reporteros Sin Fronteras ubicó a Sudán en el lugar 174, entre 180 países, en su Índice Mundial de Libertad de Expresión 2018, arguyendo que NISS “acosa a los periodistas y censura a la prensa”.

Las y los periodistas de Sudán suelen ser detenidos y conducidos a la justicia, donde los acusan de mentir y hasta de difamación.

Amnistía instó al gobierno de Sudán a revisar la ley de Prensa y Materiales Impresos, de 2009.

“Trabajamos con miedo, cuando escribo algo no sé si terminaré en la cárcel o interrogado por agentes de NISS”, dijo a IPS un periodista que prefirió permanecer anónimo, preocupado por su seguridad.

Zeinab Mohammed Salih/ www.ipsnoticias.net

 
¿Fin de la democracia como equilibrio?

En su último libro (Why Bother with Elections?), el politólogo Adam Przeworski recuerda que el principal logro de la democracia electoral no es la satisfacción permanente de nuestros deseos o la consecución de la igualdad económica, sino el de ser un mecanismo ingenioso y pacífico para procesar los conflictos que inevitablemente existen en todas las sociedades. El genio de la democracia consiste en que no hay ni ganadores ni perdedores permanentes: los derrotados hoy toleran que otros impongan sus políticas preferidas porque confían en que en algún momento ellos podrán imponer las suyas. Y, a su vez, los ganadores se abstienen de subvertir las reglas básicas de la democracia (en esencia, que las elecciones sean libres y competidas) porque confían en que cuando pierdan las elecciones podrán ejercer de oposición y volver a conquistar el poder. Así entendida, la democracia es un virtuoso equilibrio.

Ahora vemos que ese equilibrio es quizá más precario de lo que pensábamos. Y es que la aceptación de las reglas del juego por ganadores y perdedores depende de una serie de condiciones. Primero, que el coste de una resolución no pacífica de los conflictos sea muy alto para todos. Eso seguramente explica por qué la democracia resiste mejor en los países ricos que en los pobres. Segundo, que los conflictos de intereses no sean demasiado agudos. Si las políticas preferidas por los ganadores están en las antípodas de las de los perdedores, las derrotas, aunque sean temporales, serán difíciles de tolerar. Por eso, las sociedades muy desiguales conviven mal con la democracia. Y tercero, los conflictos tienen que ser articulados por organizaciones políticas con capacidad de pensar en el largo plazo y de convencer a sus miembros de la necesidad de aceptar derrotas transitorias.

Mi sensación es que las transformaciones económicas y políticas recientes están haciendo más difícil que se den las dos últimas condiciones. La consecuencia es que la estabilidad de nuestros sistemas políticos descansa cada vez más en el que los costes de la confrontación abierta siguen siendo demasiado grandes. Es muy posible que gracias a ello nuestras democracias no acaben colapsando por completo, pero ese no es un gran consuelo. Si se vuelven incapaces de canalizar políticamente los conflictos, se transformarán en regímenes muy diferentes a los que hemos conocido.

José Fernandez Albertos ( El País de España).

 
Lo que más necesita el mundo árabe es libertad de expresión

No hace mucho estaba en Internet echando un vistazo al informe de 2018 Libertad en el mundo publicado por Freedom House y caí en la cuenta de algo muy grave. En el mundo árabe solo hay un país que haya sido clasificado como “libre”. Esa nación es Túnez. Jordania, Marruecos y Kuwait ocupan la segunda posición, con la clasificación de “parcialmente libres”. El resto de países del mundo árabe aparecen clasificados como “no libres”.

Como consecuencia, los árabes que viven en estos países están desinformados o mal informados. Son incapaces de abordar adecuadamente, menos aún discutir en público, asuntos que afectan a la región y a su vida diaria. El relato gubernamental domina la opinión pública y, aunque muchos no lo crean, la mayor parte de la población es víctima de ese falso relato. Por desgracia, la situación difícilmente cambiará.

El mundo árabe se llenó de esperanza durante la primavera de 2011. Periodistas, académicos y la población estaban llenos de ilusión por una sociedad árabe libre en sus respectivos países. Esperaban emanciparse de la hegemonía de sus Gobiernos y de la constante censura e intervención en la información. Las expectativas se rompieron pronto; esas sociedades volvieron a su antiguo statu quo o se enfrentaron a condiciones incluso más duras que antes.

Mi querido amigo el prominente escritor saudí Saleh al-Shehi escribió una de las columnas más famosas jamás publicadas por la prensa saudí. Desafortunadamente, hoy cumple una condena de cinco años de prisión por supuestos comentarios contra el establishment saudí. El Gobierno egipcio se incautó de toda la tirada del periódico Al-Masry Al-Youm, sin provocar ninguna protesta ni reacción de sus colegas. Estas acciones ya no conllevan el rechazo de la comunidad internacional. Como mucho, desencadenan una condena rápidamente seguida del silencio.

Como consecuencia de ello, a los Gobiernos árabes se les ha dado carta blanca para seguir silenciando a los medios de comunicación a un ritmo cada vez más rápido. Hubo una época en la que los periodistas pensaban que Internet liberaría la información de la censura y el control que se ejercía sobre los medios impresos. Pero estos Gobiernos, cuya propia existencia depende del control de la información, han bloqueado agresivamente Internet y también han detenido a periodistas locales y presionado a los anunciantes para reducir los ingresos de determinadas publicaciones.

Todavía quedan algunos oasis que siguen encarnando el espíritu de la Primavera Árabe. El Gobierno de Qatar sigue apoyando la cobertura de noticias internacionales, al contrario que sus vecinos, que se esfuerzan por mantener el control de la información para defender el “antiguo orden árabe”. Incluso en Túnez y en Kuwait, donde se considera que la prensa es al menos "parcialmente libre", los medios de comunicación se centran en temas locales, pero no en temas que afectan al conjunto del mundo árabe, y son reacios a proporcionar una plataforma para los periodistas de Arabia Saudí, Egipto y Yemen. Incluso Líbano, la joya de la corona del mundo árabe en lo que se refiere a la libertad de prensa, ha caído víctima de la polarización y de la influencia del proiraní Hezbolá.

El mundo árabe se enfrenta a su propia versión del telón de acero, impuesta no por actores externos, sino por fuerzas internas que luchan por el poder. Durante la Guerra Fría, Radio Free Europe, que se convirtió con el paso de los años en una institución fundamental, desempeñó un importante papel a la hora de alentar y mantener las esperanzas de libertad. Los árabes necesitan algo parecido. En 1967, The New York Times y The Post adquirieron conjuntamente el periódico The International Herald Tribune, que se convirtió en una plataforma para voces de todo el mundo.

Mi periódico, The Washington Post, ha tomado la iniciativa de traducir muchos de mis artículos y publicarlos en árabe. Le estoy agradecido por ello. Los árabes tienen que leer en su propio idioma para poder entender y hablar de los distintos aspectos y complicaciones de la democracia en EE UU y en Occidente. Si un egipcio lee un artículo que revela el coste real de un proyecto de construcción en Washington, podría entender mejor las consecuencias de proyectos parecidos en su comunidad.

El mundo árabe necesita una versión moderna de los antiguos medios de comunicación transnacionales para que los ciudadanos se puedan informar sobre acontecimientos mundiales. Y lo que es más importante, tenemos que proporcionar una plataforma a las voces árabes. Sufrimos pobreza, una mala gestión y una educación deficiente. Mediante la creación de un foro internacional independiente, protegido de la influencia de Gobiernos nacionalistas que difunden el odio a través de la propaganda, la gente normal y corriente del mundo árabe podría abordar los problemas estructurales a los que se enfrentan sus sociedades.

JAMAL KHASHOGGI (Último artículo/El País de España).

 
Crisis con Arabia Saudí

La desaparición del periodista Jamal Khashoggi en el Consulado de Arabia Saudí en Estambul, hace más de dos semanas, ha desatado la mayor crisis entre Occidente y la monarquía absoluta desde el 11 de septiembre de 2001, cuando tras los atentados de Washington y Nueva York se descubrió que la mayoría de los terroristas (15 de los 19 suicidas) tenían nacionalidad saudí. Por ahora, la crisis ha tenido mayor impacto en el mundo de los negocios que en el político. Empresarios, inversores y representantes de organismos internacionales como el FMI han cancelado su participación en el llamado Davos del Desierto, un encuentro internacional impulsado por el príncipe heredero, Mohamed bin Salman, con el propósito de mostrar una presunta apertura del régimen. Los Gobiernos occidentales se han limitado a pedir explicaciones mientras en EE UU senadores de la mayoría republicana se han mostrado mucho más duros que el propio Donald Trump.

Todos los relatos periodísticos que llegan sobre lo ocurrido en el consulado saudí, basados en fuentes anónimas turcas, parecen sacados de una película de gánsteres de Martin Scorsese o Quentin Tarantino, pero por ahora el Gobierno de Ankara no ha difundido las pruebas que dice poseer y que demostrarían que Khashoggi fue asesinado y descuartizado el 2 de octubre, poco después de entrar en el recinto diplomático. Sin embargo, dado que no existe ninguna evidencia de que el informador saliese del consulado, la carga de la prueba recae en Riad: por ahora no ha dado ninguna explicación mínimamente creíble. Tampoco hay que olvidar que Turquía forma parte de la OTAN y que sus servicios secretos mantienen una relación relativamente fluida con los otros socios de la Alianza. Podrían compartir con ellos las grabaciones de las que dicen disponer en caso de que no quieran difundirlas porque fueron logradas ilegalmente. La que sí parece clara es la relación directa entre el príncipe heredero y alguno de los 15 agentes saudíes que desembarcaron en Estambul poco antes de que Khashoggi desapareciese.

La relación de la monarquía saudí con Occidente se basa en el interés mutuo desde que, al final de la Segunda Guerra Mundial, el presidente Roosevelt pactase con el monarca Abdelaziz Bin Saud el intercambio de petróleo por apoyo incondicional. Desde entonces, en nombre de los negocios y de la seguridad energética, todas las violaciones de los derechos humanos han sido ignoradas. Y no es fácil que esto cambie, como no cambió después del 11-S. Sin embargo, la gravedad de los hechos es enorme. Después de lo ocurrido, resulta difícil creer en las reformas que ha puesto en marcha Mohamed bin Salman, ni tampoco confiar en que pueda ser el garante de una mínima estabilidad, ni nacional ni internacional.

El País (España).

 
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