Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Sábado, 22 setiembre 2018
Informe Especial
Feminismo en América Latina busca incluir a clases marginadas en sus políticas

MONTEVIDEO/Uruguay.- El feminismo en Latinoamérica debe incluir en sus políticas públicas a las mujeres “marginadas, campesinas, negras y trans”, dijo a Efe Marie-Anne Stival Pereira e Leal Lozano, doctora interdisciplinar en Ciencias Humanas.

“Las políticas que estamos haciendo adoptan un feminismo hegemónico, heterosexista y heteronormativo, y hay mujeres que aún no están incluidas en ellas porque siguen silenciadas”, señaló la experta brasileña que se desplazó a Montevideo en el marco de las V Jornadas de Debate Feministas, que se realizan en la capital uruguaya desde hoy hasta el próximo viernes.

En ese sentido, Leal Lozano aseguró que América Latina tiene “mucho que hacer” porque el feminismo todavía se guía por la “clase media” y no incorpora otros sectores y situaciones sociales.

“Aunque empezamos a abrigar otros feminismos de mujeres trans, de las campesinas, de negras, aún esos discursos siguen con poca fuerza. Creo que está cambiando pero tenemos que poner atención en las mujeres marginadas“, apostilló la doctora.

Asimismo, la experta reconoció que las perspectivas feministas “tratan de una diversidad de discursos” que permitieron el surgimiento de una “variedad de feminismos” que no pueden ser traducidos en una sola “posición particular”.

“Es fundamental la emergencia de movimientos que rompan con las tradiciones etnocéntricas y universalizantes que caracterizan a los feminismos hegemónicos”, resaltó.

Leal Lozano también destacó que es “fundamental” proponer “nuevas maneras” de comprender las relaciones globales y locales, entendiendo que el pensamiento “moderno y occidental” está relacionado con el colonialismo y el capitalismo como una “hegemonía de poder y saber”.

“Ese poder y saber desvaloriza, ignora, invisibiliza, excluye y silencia saberes potenciales de las poblaciones marginadas (…) Es necesario que se recuperen las historias de esas mujeres con el sentido de dirigir mejor la implementación de políticas especificas”, acotó.

Por otro lado, la licenciada en Psicología Lucia Gulisano dijo a Efe que “el campo popular” debe unirse ante una “lucha común” contra el poder hegemónico y las políticas neoliberales.

“Yo creo que tenemos que entender que no hay una sola lucha, la lucha tiene que ser transversal a muchos aspectos, porque la realidad es compleja, porque el poder es complejo y lo urgente hoy es lograr la unión”, concluyó Gulisano.

EFE

 
A la búsqueda de conceptos

Cada día es más difícil encontrar conceptos útiles. Lo saben bien periodistas, académicos, editores y todos aquellos que trabajan con la información y deben proporcionar interpretación y análisis. Para ello, necesitan palabras que den sentido a los hechos y construyan un marco de ideas que explique de alguna manera la realidad. Pero la realidad se ha vuelto una abstracción contradictoria y compleja. Andamos a la búsqueda de conceptos que definan con precisión el mundo de hoy.

Un hecho como las recientes elecciones en México se presenta a través de datos de participación y votos logrados por los candidatos. El análisis electoral da lugar a titulares como “giro a la izquierda”. Es una fórmula que se repite en todos los procesos electorales y ante cualquier fenómeno político: “vuelco conservador”, “continuismo”, “apuesta progresista”. ¿Necesitan los ciudadanos estas traducciones conceptuales? Y, sobre todo, ¿ayudan a entender lo sucedido? En el caso de México, evidentemente, no.

La propia composición de las coaliciones que se presentaban, integradas por partidos con ideas contradictorias entre sí, muestra que la victoria de Andrés Manuel López Obrador no responde estrictamente a un giro a la izquierda. Sus votantes proceden de un espectro muy amplio de la sociedad mexicana dispuesta a experimentar con otra cosa. Y es esa otra cosa lo que no logramos definir y nos lleva a utilizar lugares comunes que no explican nada.

Esta crisis conceptual la sufren los medios de comunicación —como formadores de opinión pública—, los partidos políticos, los científicos sociales y los think tanks, maestros en la construcción de términos sofisticados y “nuevos paradigmas”. Todos quieren encontrar esa gran narrativa en la que encajen los fenómenos que estamos viviendo. Utilizan conceptos como populismo, autoritarismo, disrupción, posverdad. Construyen sintagmas en los que depositan una clave explicativa: regreso de los hombres fuertes, fin del orden liberal, rebelión de las clases medias, crisis de representación. No es que sean inexactos o inútiles. Lo que sucede es que han dado lugar a una jerga utilizada en debates circulares entre periodistas, políticos, analistas y académicos que muy pocas veces llega a la sociedad.

Los ciudadanos parecen ir por delante en la aceptación de la confusión y la asimilación del cambio. La tecnología y la comunicación sin intermediarios tienen mucho que ver con esto. Pero la brecha con los ciudadanos se debe en gran medida a la resistencia y lentitud de medios de comunicación, partidos, centros de pensamiento e instituciones a la hora de asumir su cuestionamiento como intérpretes sociales ante la complejidad de los fenómenos actuales.

En el ámbito internacional, esto se traduce en un nuevo orden, aunque nada remita más al pasado que hablar de un “nuevo orden”. De ahí que resulte tan difícil explicar el populismo, el proteccionismo, el nacionalismo o la xenofobia en auge. ¿Son estos los términos precisos para describir lo que está sucediendo? Como periodista y editora me lo pregunto ante cada artículo que leo, escribo o encargo. Y la respuesta que encuentro es que esas ideas ofrecen el camino más rápido, pero equivocado, para abordar el mundo hoy y ahora. ¿Qué conceptos utilizarán las futuras generaciones al estudiar la confusión de esta época?

Muy posiblemente, la falta de certeza sea el punto de partida para que el tesauro de las ciencias sociales se amplíe, si es que no se adelanta la sociedad con sus propios términos y claves explicativas. Muchos de ellos procederán, con seguridad, de China y de África, pero es más que probable que sea Occidente, sobre todo los países anglosajones, en el centro del desconcierto actual, los que vuelvan a definir el marco de análisis dominante. Al fin y al cabo, las universidades y los medios de comunicación auténticamente globales son anglosajones.

Mientras tanto, debemos acostumbrarnos a no entender, sin resignarnos a buscar los conceptos que nos ayuden a comprender. No es tiempo para certezas. Ni falta que nos hacen.

Áurea Moltó El País (España).

 
Chile hace justicia con Víctor Jara y con su historia

La justicia es lenta, a veces exasperantemente calmosa, pero casi siempre aparece. A los responsables de los actos criminales que acabaron con la vida de Víctor Jara les ha llegado el veredicto 45 años después del secuestro y asesinato de quien es considerado el trovador de la revolución socialista de Salvador Allende. Ocho militares retirados han sido declarados esta semana culpables de un crimen cometido pocos días después del golpe de Estado de Augusto Pinochet del 11 de septiembre de 1973. Ese fue el inicio de una dictadura en la que murieron a manos de agentes del Estado unos 3.200 chilenos, de los que 1.192 figuran aún como detenidos desaparecidos. Otros 33.000 fueron torturados y encarcelados por causas políticas y decenas de miles se exiliaron.

El juicio, que ha necesitado años de investigaciones e infinita perseverancia, superó múltiples obstáculos. Finalmente, los culpables de la muerte de Víctor Jara y de Littré Quiroga, abogado y director de Prisiones en aquellos tiempos, han sido condenados a 18 años de cárcel. Además, el Estado chileno deberá indemnizar a la familia del compositor, profesor y director teatral con 1,8 millones de euros.

Hijo de campesinos, Jara encontró en la música que le inculcó su madre el mejor vehículo para revalorizar los cánticos del pueblo llano. Luego vendría la protesta social y el compromiso político. Militó en el Partido Comunista y fue un emblema cultural durante los tres años del gobierno de Allende. El día de la rebelión militar, el presidente tenía previsto intervenir en un acto en la Universidad Técnica del Estado, donde actuaría Jara. Fue su último recital. Mientras su guitarra sonaba las balas de los golpistas silbaban en las calles de Santiago de Chile.

Estudiantes, funcionarios y profesores permanecieron esa noche concentrados en las facultades. Los golpistas detuvieron al día siguiente a 600 personas. Fueron trasladadas al Estadio Chile (rebautizado Víctor Jara), donde un oficial reconoció al cantautor. Comenzaron entonces horas de infinitas torturas, de un ensañamiento despiadado. Cuando su cuerpo y el de Quiroga fueron hallados sin vida el 15 de septiembre junto al Cementerio Metropolitano se tuvo conocimiento del alcance del martirio. Tenía los dedos de las manos destrozados por los culatazos de fusiles y 44 impactos de bala.

Icono cultural de los chilenos, el autor de Te recuerdo Amanda, El cigarrito o El manifiesto fue referente del movimiento musical en América Latina que arraigó en los años sesenta. Quilapayún, Inti-Illimani o Violeta Parra, creadora del mítico tema Gracias a la vida, considerada por muchos como un himno humanista, alcanzaron eco internacional.

Con esta sentencia Víctor Jara obtiene justicia en los tribunales. El pueblo de Chile se la brindó en 2009, después de que sus restos fueran exhumados, examinados por los forenses y devueltos a la familia. Fue durante una emotiva y multitudinaria ceremonia oficial, sobre la que Joan Manuel Serrat escribió: “Este sábado entierran a Víctor Jara por segunda vez. Quien amó tanto la vida, 36 años después, vuelve a pasear su muerte”. Ahora, al conocer el fallo, resuenan las palabras de la expresidenta Michelle Bachelet, detenida y torturada por los golpistas: “Víctor Jara canta con más fuerza que nunca y Chile hace justicia con su historia”.

Rosario Gómez/El País (España).

 
Un foro del Washington Post examinó el futuro de la libertad de expresión

Funcionarios, comediantes, activistas e influencers examinaron la evolución del debate sobre la libertad de expresión en la era digital en las oficinas de The Washington Post.

Fue la segunda jornada del evento "Free to State" de Washington Post Live, una serie de mesas redondas sobre los derechos que protege la Primera Enmienda de los Estados Unidos en el turbulento contexto político actual, abordando cuestiones como corrección política, neutralidad de la red, discurso de odio y sátira.

"Hoy en día la libertad de expresión está en primer plano y bien visible”, dijo Martin Baron, editor ejecutivo de The Washington Post, en su discurso de apertura.

Baron se refirió a momentos de la historia estadounidense que redefinieron las leyes de la Primera Enmienda y al debate actual sobre la libertad de expresión y sus efectos sobre la salud general de la democracia. Cuestionó si prohibir discursos hirientes condona la censura y si la tecnología moderna permite la libre expresión que previeron quienes fundaron el país.

Ruth Marcus, columnista de The Washington Post, moderó el primer panel sobre problemas de la Primera Enmienda en los campus universitarios, en los tribunales y en el fútbol americano.

Marcus se refirió a distintas formas de protesta, como la que hicieron los jugadores de la NFL arrodillados durante el Himno Nacional y los grupos de odio dando charlas en campus universitarios, para alentar a los panelistas a explorar de qué modo esos ejemplos definen el umbral de la libertad de expresión.

Susan Herman, presidente de la American Civil Liberties Union (ACLU) ofreció una solución: en lugar de censurar, conversar.

"Todos temen las ideas de los demás", dijo Herman. "Creo que tenemos que aprender a hablar entre nosotros para descubrir qué valores fundamentales todavía tenemos en común".

Jesse Panuccio, fiscal general adjunto interino, dijo que el potencial que tiene la libertad de expresión para provocar violencia, como en el caso de los grupos de odio que hablan en los campus, no puede ser motivo para censurar el discurso.

“La respuesta al discurso que no te gusta es más discurso”, dijo.

Suzanne Nossel, CEO de PEN America, estuvo de acuerdo.

"Es mejor dejar que un Richard Spencer o un Milo Yiannopoulos vengan, digan lo que tengan para decir, que haya protestas, pero sin interrumpir su discurso", dijo Nossel. "No pueden iniciar una demanda. No se destacan. Y el momento pasa".

El primer panel llegó a un consenso general: la comunicación libre y abierta permite una sociedad sólida.

Otras mesas redondas se centraron en la derogación de la neutralidad de la red, en cómo influye el big data en el comportamiento electoral y en el papel de los comediantes en el panorama político actual.

En una conversación individual con Elahe Izadi, periodista de cultura pop del Washington Post, el comediante Patton Oswalt consideró su responsabilidad social en la era Trump.

"Nuestra responsabilidad es seguir hablando y seguir estando involucrados”, dijo, “y tratar de derrocar a figuras que parecen invulnerables y que creo que nos están llevando en la dirección equivocada”.

Rayna Rossitto/ /ijnet.org

 
Consejos para tiempos sombríos

Thomas Jefferson, uno de los padres de la democracia norteamericana, anotó en 1786: “La opinión pública es la base de nuestro sistema, y la tarea más importante es mantener este derecho. Si tuviera que decidir si debemos tener un gobierno sin prensa o prensa sin gobierno, no dudaría en preferir lo segundo”.

Ojalá que estas palabras —un sólido acto de fe en el sentido de la existencia de la prensa independiente, así como en la necesidad de periodistas valientes y honrados— sean nuestra guía.

Merece la pena acudir a nuestros antiguos maestros en busca de ayuda y consejo, pues son más sabios que nosotros. Son ellos quienes pueden guiarnos por el laberinto de estos tiempos sombríos.

Por eso deberíamos recordar el caso Dreyfus, cuando un periódico independiente francés, gracias a la pluma del gran escritor Émile Zola, salvó a un hombre inocente, así como el honor de todo Francia frente a una acusación falsa, formułada por el statu quo de depravados acólitos del chovinismo, el militarismo, el antisemitismo... el estatus de una élite enfundada en uniformes militares y elegantes trajes de la clase dirigente: la élite francesa.

Recuperamos hoy la memoria de Jefferson y Zola, reafirmados por la importancia de la prensa independiente en los escándalos de los Papeles del Pentágono y el Watergate. Incidimos en ello, pues tenemos la sensación de que los valores entonces amenazados y defendidos, vuelven a ser objeto de una agresión por parte de los sectores populistas, chovinistas e intolerantes de la ultraderecha, cuya fuerza no hace sino aumentar. Vuelven así los demonios de las ideologías totalitarias, con su desprecio al pluralismo, al Estado de derecho, a la igualdad de los ciudadanos, el diálogo y el compromiso. Vuelve el desprecio al Otro, a la persona de otra religión, nacionalidad o color de la piel. En nuestro mundo vemos cada vez más xenofobia y homofobia, mientras que en otros lares crece el fundamentalismo islámico, el cual suele empuñar el arma criminal del terrorismo.

La prensa independiente, cercenada en Turquía y Rusia, y liquidada en Budapest, además de en otros países de Europa central, resulta ser el último baluarte en defensa de la constitución y del orden democrático.

El populismo de la ultraderecha —como sucede también con la izquierda radical— manifiesta su desprecio por el sistema de valores cristiano y por la razón ilustrada; suplantar los argumentos con invenciones no es sino eliminar el respeto a la verdad, aparte de igualar esta con la mentira. Y es que la verdad y la mentira no son dos puntos de vista diferentes. Al igual que el negro y el blanco no son dos tipos de blanco. La mentira y las fake news no son más que veneno al servicio de la estupidez más intransigente, que considera a la libertad como su mortal enemigo.

John Milton preguntó en Areopagítica (1644): “Y aunque todos los vientos de la doctrina huvieran de desatarse para azotar la tierra (...) ¿acaso se ha visto alguna vez que la Verdad sea derrotada en una confrontación franca y leal?”. John Stuart Mill añadió que ello significa la necesidad de “una búsqueda de la verdad concienzuda y consciente”. Y precisó: “Debido a la condición imperfecta de la mente humana, el interés en la verdad exige la diversidad de opiniones”.

Es precisamente esta diversidad la que ataca el populismo de la ultraderecha —o de la izquierda radical— cuando se erige en el dueño y señor de la Verdad única y definitiva. De esta forma, consciente o inconscientemente reproduce las ideas totalitarias de los años 30, tristemente famosas, cuando los nazis y los bolcheviques proclamaron la muerte de la democracia liberal. Aquello fue entonces —al igual que hoy— un campo abonado para la dictadura de la mentira en la vida pública.

El gran escritor francés Michel de Montaigne era de la opinión de que la mentira es “la mayor ofensa que se nos puede infligir con la palabra” y añadió: “¡el vicio de mentir es algo que repugna! Hubo un autor clásico que lo describió de forma sumamente ofensiva, diciendo que ello implica “dar testimonio de que se tiene a Dios por menos que nada, al tiempo que se teme a los demás”. “Resulta increíble alabar una y otra vez la repugnancia de semejante vileza:¿qué cabría imaginar más repulsivo que ser cobarde con los demás, y osado con Dios? Al realizarse nuestro entendimiento únicamente por la palabra, aquel que la falsea traiciona la relación pública. Es la única herramienta que aúna voluntades e ideas, pues viene a ser el traductor de nuestra alma. Si llega a faltarnos [la verdad] dejamos de sostenernos, dejamos de reconocernos mutuamente. Si nos engaña, rompe nuestro trato disolviendo todos los lazos de nuestra sociedad”

Cabe resaltar, sin embargo, que los enemigos a la libertad no son hoy el filósofo del derecho alemán Schmitt ni tampoco Vladímir Lenin, sino sus caricaturas, los demagogos Marine Le Pen, Trump, Orbán o Kaczyński, y sobre todo Vladímir Putin. Su misión es la destrucción del imperio de la democracia, sembrar la confusión y el caos. Tras la organización de los troles internautas a cargo de Putin se oculta siempre el mismo denominador común: apoyar al populismo y las tendencias antidemocráticas más radicales de la Unión Europea y EE. UU. Un camino que destruye la confianza en las instituciones del Estado democrático de Derecho, vistas como un hatajo de corruptos. De esta forma, se destruye a los referentes, tildadas élites mentirosas, granujas y ladrones, además de agentes extranjeros. En Rusia se ha presentado bajo esta luz a los galardonados con el Premio Nobel Pasternak y Solzhenitsyn, Sájarov y Brodsky. En Polonia, por su parte, a Miłosz y a Szymborska, a Andrzej Wajda y Bronisław Geremek. A estas autoridades de la vida pública se les ha embarrado y tratado exactamente igual que antaño a los “apátridas cosmopolitas” o representantes del “arte degenerado”. Los motivos para indignarse y mantenerse alerta son evidentes. Las formaciones chovinistas y xenófobas acrecientan su empuje. El estancamiento puede paralizar al mundo democrático, lo que favorecerá a las fuerzas autoritarias, si no sabemos defender nuestro mundo frente a sus agresores, disfrazados con la máscara del nacionalismo y del fanatismo religioso. Por eso merece la pena recordarnos a nosotros, los periodistas, aquellas palabras pronunciadas en las postrimerías de la Segunda Guerra mundial por el extraordinario escritor y periodista polaco Ksawery Pruszyński. Pruszyński escribió:

“Siempre debemos hacer lo que hay que hacer, independientemente de que nuestra acción pueda tener efectos seguros o aunque solo podamos tener probabilidades de conseguir efectos e, incluso, aunque tengamos el temor de que no los conseguiremos, por mucho que alguien nos garantice que sí. La tarea del comentarista no es, pues, tocar un interminable sztajerek [una polca briosa] para satisfacer el gusto del público. La tarea del comentarista es explicar lo que ha entendido con su mente, independientemente de que el razonamiento en cuestión guste o no guste al poder, a la Iglesia, a las masas, a la sociedad, al pueblo, a la opinión pública. Siempre defender la convicción de que los consejos que da o las advertencias que hace son justos, aunque no gusten. La tarea del comentarista es también defender sus opiniones hasta el fin, a pesar de otros e, incluso, en contra de otros. Como dicen los anglosajones, again and again. Y el escritor tiene que defenderse solamente en el búnker de su propia conciencia ante los reproches de que no gusta, que no cumple las esperanzas depositadas en él o, lo que es aún peor, que se está quemando, que está acabado. Tiene que saber decir lo que debe cumplir, tiene que repetirlo hasta el fin, aunque todo sea cada vez peor, y, en particular, cuando todo es peor, o cuando nadie le haga caso; especialmente cuando no le hacen caso”. Ksawery Pruszyński se mantuvo además fiel a esta declaración de principios.

Un gran maestro de nuestra profesión, un hombre de un inconformismo total y absoluto y de una honradez sin par fue Georges Orwell

En 1944 escribió Orwell a sus colegas periodistas: “No vayan a creerse que durante años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas del régimen soviético o de otro cualquiera y después pueden volver repentinamente a la honestidad intelectual. Basta con que una vez te prostituyas, para que te conviertes en una puta”.

Estas recetas son de incalculable valor para nosotros, redactores y periodistas, en nuestros tiempos nada fáciles y teñidos de negro.

Adam Michnik/El País (España).

 

 
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