Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Domingo, 20 enero 2019
Informe Especial
¿Fin de la democracia como equilibrio?

En su último libro (Why Bother with Elections?), el politólogo Adam Przeworski recuerda que el principal logro de la democracia electoral no es la satisfacción permanente de nuestros deseos o la consecución de la igualdad económica, sino el de ser un mecanismo ingenioso y pacífico para procesar los conflictos que inevitablemente existen en todas las sociedades. El genio de la democracia consiste en que no hay ni ganadores ni perdedores permanentes: los derrotados hoy toleran que otros impongan sus políticas preferidas porque confían en que en algún momento ellos podrán imponer las suyas. Y, a su vez, los ganadores se abstienen de subvertir las reglas básicas de la democracia (en esencia, que las elecciones sean libres y competidas) porque confían en que cuando pierdan las elecciones podrán ejercer de oposición y volver a conquistar el poder. Así entendida, la democracia es un virtuoso equilibrio.

Ahora vemos que ese equilibrio es quizá más precario de lo que pensábamos. Y es que la aceptación de las reglas del juego por ganadores y perdedores depende de una serie de condiciones. Primero, que el coste de una resolución no pacífica de los conflictos sea muy alto para todos. Eso seguramente explica por qué la democracia resiste mejor en los países ricos que en los pobres. Segundo, que los conflictos de intereses no sean demasiado agudos. Si las políticas preferidas por los ganadores están en las antípodas de las de los perdedores, las derrotas, aunque sean temporales, serán difíciles de tolerar. Por eso, las sociedades muy desiguales conviven mal con la democracia. Y tercero, los conflictos tienen que ser articulados por organizaciones políticas con capacidad de pensar en el largo plazo y de convencer a sus miembros de la necesidad de aceptar derrotas transitorias.

Mi sensación es que las transformaciones económicas y políticas recientes están haciendo más difícil que se den las dos últimas condiciones. La consecuencia es que la estabilidad de nuestros sistemas políticos descansa cada vez más en el que los costes de la confrontación abierta siguen siendo demasiado grandes. Es muy posible que gracias a ello nuestras democracias no acaben colapsando por completo, pero ese no es un gran consuelo. Si se vuelven incapaces de canalizar políticamente los conflictos, se transformarán en regímenes muy diferentes a los que hemos conocido.

José Fernandez Albertos ( El País de España).

 
Lo que más necesita el mundo árabe es libertad de expresión

No hace mucho estaba en Internet echando un vistazo al informe de 2018 Libertad en el mundo publicado por Freedom House y caí en la cuenta de algo muy grave. En el mundo árabe solo hay un país que haya sido clasificado como “libre”. Esa nación es Túnez. Jordania, Marruecos y Kuwait ocupan la segunda posición, con la clasificación de “parcialmente libres”. El resto de países del mundo árabe aparecen clasificados como “no libres”.

Como consecuencia, los árabes que viven en estos países están desinformados o mal informados. Son incapaces de abordar adecuadamente, menos aún discutir en público, asuntos que afectan a la región y a su vida diaria. El relato gubernamental domina la opinión pública y, aunque muchos no lo crean, la mayor parte de la población es víctima de ese falso relato. Por desgracia, la situación difícilmente cambiará.

El mundo árabe se llenó de esperanza durante la primavera de 2011. Periodistas, académicos y la población estaban llenos de ilusión por una sociedad árabe libre en sus respectivos países. Esperaban emanciparse de la hegemonía de sus Gobiernos y de la constante censura e intervención en la información. Las expectativas se rompieron pronto; esas sociedades volvieron a su antiguo statu quo o se enfrentaron a condiciones incluso más duras que antes.

Mi querido amigo el prominente escritor saudí Saleh al-Shehi escribió una de las columnas más famosas jamás publicadas por la prensa saudí. Desafortunadamente, hoy cumple una condena de cinco años de prisión por supuestos comentarios contra el establishment saudí. El Gobierno egipcio se incautó de toda la tirada del periódico Al-Masry Al-Youm, sin provocar ninguna protesta ni reacción de sus colegas. Estas acciones ya no conllevan el rechazo de la comunidad internacional. Como mucho, desencadenan una condena rápidamente seguida del silencio.

Como consecuencia de ello, a los Gobiernos árabes se les ha dado carta blanca para seguir silenciando a los medios de comunicación a un ritmo cada vez más rápido. Hubo una época en la que los periodistas pensaban que Internet liberaría la información de la censura y el control que se ejercía sobre los medios impresos. Pero estos Gobiernos, cuya propia existencia depende del control de la información, han bloqueado agresivamente Internet y también han detenido a periodistas locales y presionado a los anunciantes para reducir los ingresos de determinadas publicaciones.

Todavía quedan algunos oasis que siguen encarnando el espíritu de la Primavera Árabe. El Gobierno de Qatar sigue apoyando la cobertura de noticias internacionales, al contrario que sus vecinos, que se esfuerzan por mantener el control de la información para defender el “antiguo orden árabe”. Incluso en Túnez y en Kuwait, donde se considera que la prensa es al menos "parcialmente libre", los medios de comunicación se centran en temas locales, pero no en temas que afectan al conjunto del mundo árabe, y son reacios a proporcionar una plataforma para los periodistas de Arabia Saudí, Egipto y Yemen. Incluso Líbano, la joya de la corona del mundo árabe en lo que se refiere a la libertad de prensa, ha caído víctima de la polarización y de la influencia del proiraní Hezbolá.

El mundo árabe se enfrenta a su propia versión del telón de acero, impuesta no por actores externos, sino por fuerzas internas que luchan por el poder. Durante la Guerra Fría, Radio Free Europe, que se convirtió con el paso de los años en una institución fundamental, desempeñó un importante papel a la hora de alentar y mantener las esperanzas de libertad. Los árabes necesitan algo parecido. En 1967, The New York Times y The Post adquirieron conjuntamente el periódico The International Herald Tribune, que se convirtió en una plataforma para voces de todo el mundo.

Mi periódico, The Washington Post, ha tomado la iniciativa de traducir muchos de mis artículos y publicarlos en árabe. Le estoy agradecido por ello. Los árabes tienen que leer en su propio idioma para poder entender y hablar de los distintos aspectos y complicaciones de la democracia en EE UU y en Occidente. Si un egipcio lee un artículo que revela el coste real de un proyecto de construcción en Washington, podría entender mejor las consecuencias de proyectos parecidos en su comunidad.

El mundo árabe necesita una versión moderna de los antiguos medios de comunicación transnacionales para que los ciudadanos se puedan informar sobre acontecimientos mundiales. Y lo que es más importante, tenemos que proporcionar una plataforma a las voces árabes. Sufrimos pobreza, una mala gestión y una educación deficiente. Mediante la creación de un foro internacional independiente, protegido de la influencia de Gobiernos nacionalistas que difunden el odio a través de la propaganda, la gente normal y corriente del mundo árabe podría abordar los problemas estructurales a los que se enfrentan sus sociedades.

JAMAL KHASHOGGI (Último artículo/El País de España).

 
Crisis con Arabia Saudí

La desaparición del periodista Jamal Khashoggi en el Consulado de Arabia Saudí en Estambul, hace más de dos semanas, ha desatado la mayor crisis entre Occidente y la monarquía absoluta desde el 11 de septiembre de 2001, cuando tras los atentados de Washington y Nueva York se descubrió que la mayoría de los terroristas (15 de los 19 suicidas) tenían nacionalidad saudí. Por ahora, la crisis ha tenido mayor impacto en el mundo de los negocios que en el político. Empresarios, inversores y representantes de organismos internacionales como el FMI han cancelado su participación en el llamado Davos del Desierto, un encuentro internacional impulsado por el príncipe heredero, Mohamed bin Salman, con el propósito de mostrar una presunta apertura del régimen. Los Gobiernos occidentales se han limitado a pedir explicaciones mientras en EE UU senadores de la mayoría republicana se han mostrado mucho más duros que el propio Donald Trump.

Todos los relatos periodísticos que llegan sobre lo ocurrido en el consulado saudí, basados en fuentes anónimas turcas, parecen sacados de una película de gánsteres de Martin Scorsese o Quentin Tarantino, pero por ahora el Gobierno de Ankara no ha difundido las pruebas que dice poseer y que demostrarían que Khashoggi fue asesinado y descuartizado el 2 de octubre, poco después de entrar en el recinto diplomático. Sin embargo, dado que no existe ninguna evidencia de que el informador saliese del consulado, la carga de la prueba recae en Riad: por ahora no ha dado ninguna explicación mínimamente creíble. Tampoco hay que olvidar que Turquía forma parte de la OTAN y que sus servicios secretos mantienen una relación relativamente fluida con los otros socios de la Alianza. Podrían compartir con ellos las grabaciones de las que dicen disponer en caso de que no quieran difundirlas porque fueron logradas ilegalmente. La que sí parece clara es la relación directa entre el príncipe heredero y alguno de los 15 agentes saudíes que desembarcaron en Estambul poco antes de que Khashoggi desapareciese.

La relación de la monarquía saudí con Occidente se basa en el interés mutuo desde que, al final de la Segunda Guerra Mundial, el presidente Roosevelt pactase con el monarca Abdelaziz Bin Saud el intercambio de petróleo por apoyo incondicional. Desde entonces, en nombre de los negocios y de la seguridad energética, todas las violaciones de los derechos humanos han sido ignoradas. Y no es fácil que esto cambie, como no cambió después del 11-S. Sin embargo, la gravedad de los hechos es enorme. Después de lo ocurrido, resulta difícil creer en las reformas que ha puesto en marcha Mohamed bin Salman, ni tampoco confiar en que pueda ser el garante de una mínima estabilidad, ni nacional ni internacional.

El País (España).

 
Lo que tienes en la cabeza

Una de las metáforas más fructíferas de nuestro tiempo es la que identifica ordenador y cerebro. Para trazar su origen hay seguramente que remontarse a mediados del siglo XIX, cuando Ada Lovelace, hija de Lord Byron y uno de los grandes talentos matemáticos de su tiempo, se dio cuenta de que una máquina programable era mucho, mucho, más que una calculadora. La máquina analítica que había diseñado su amigo Charles Babbage, considerada el primer ordenador de la historia, “podría actuar sobre otras cosas además de números, si se hallasen objetos cuyas relaciones mutuas fundamentales se pudieran expresar mediante las de la ciencia abstracta de las operaciones”. La condesa de Lovelace proseguía poniendo el ejemplo de la música —la forma artística más relacionada con las matemáticas— y prediciendo que una máquina podría componer piezas musicales “de cualquier grado de complejidad”. Como sabemos ahora, Ada tenía razón en todo, y su premonición se llama hoy inteligencia artificial.

Fiel al estereotipo del genio, Ada Lovelace arruinó poco después su carrera matemática para caer en el amor, el vino, el opio y el juego, hasta dejar a sus herederos un bonito agujero de 2.000 libras, de las de la época. La metáfora del cerebro y el ordenador no ha hecho más que crecer, sin embargo, y en nuestros días ha alcanzado el clímax con las redes neurales, los sistemas de aprendizaje de máquinas que han revolucionado la robótica en los últimos años. Como indica su nombre a las claras, las redes neurales de la computación se inspiran en las redes neurales de nuestro cerebro. Como las neuronas biológicas, sus unidades reciben muchos inputs, los suman y, según lo que dé la suma, emiten (o no) una señal única a la siguiente capa de neuronas. Es la metáfora cerebro-ordenador llevada al paroxismo, a la arquitectura interna, a la lógica más profunda del funcionamiento de una máquina. Y constituye el fundamento de todas las redes neurales que las máquinas usan hoy. Por desgracia, la metáfora es errónea en un sentido fundamental.

Javier Sampedro/ El País (España).

 

 
El peligro es Riad

El más que probable asesinato del periodista y disidente saudí Jamal Khashoggi, dentro del consulado de su país en Estambul, vuelve a situar a Arabia Saudí en la escena de un crimen. No es una novedad, ya lo está en Yemen, Siria e Irak; y en la expansión del terrorismo yihadista global. Protegido hasta ahora por su poderoso amigo estadounidense, el régimen de Riad se ha convertido en un problema que nadie quiere reconocer por temor a beneficiar a Irán.

Los saudíes compraron el apoyo de Estados Unidos durante décadas gracias al petróleo; ahora, lo mantienen a través de compras masivas de armamento y municiones; sucede lo mismo con varios países de la Unión Europea, España, entre ellos, sin importar quién nos gobierne. El business por encima de los principios.

El apoyo saudí a los grupos más radicales en Siria (ISIS, Ejército del Islam) no ha ocupado el centro del debate internacional, inclinado en airear la evidente brutalidad de Bachar el Asad.

La paradoja es que la derrota (aún incompleta) del ISIS se ha logrado debido a la participación de grupos proiraníes, como Hezbolá, y al apoyo aéreo de Rusia. También han sido clave los kurdos sirios, aliados accidentales de Washington, enemigos acérrimos de Ankara y mal vistos por los saudíes. Este caos regional es un daño colateral de la invasión de Irak en 2003, la impulsada por el trío de las Azores.

Siria y Yemen (y Qatar de alguna manera) forman parte de la guerra mundial entre chiíes (Irán) y suníes (Arabia Saudí). En Yemen, las cosas no van bien para Riad. Una bomba made in USA lanzada desde un avión saudí causó este verano una matanza de escolares. No es una excepción. La ONG Save the Children denuncia que en 2017 murieron una media de 130 niños al día. El Alto Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas responsabiliza a Arabia Saudí de dos tercios de los civiles muertos (entre 10.000 y 30.000).

El príncipe heredero Mohammed Bin Salmán se ha construido una imagen exterior de reformista debido a un par de reformas cosméticas sobre la mujer. Es una falacia: en Arabia Saudí se azota a blogueros (Raif Badawi) y se decapita a críticos y defensores de los derechos humanos.

Khashoggi no es una excepción, es el verdadero rostro de una dictadura teocrática que exporta el wahabismo, su versión fanatizada del Islam de la que beben Al Qaeda e ISIS, y que se predica sin control en numerosas mezquitas europeas (y españolas). Es un peligroso caballo de Troya al que vendemos armas y trenes. Para afirmar que Riad juega en contra de nuestros intereses deberíamos saber antes cuáles son más allá del petróleo, el gas y la propaganda.

Ramón Lobo  (El País de España).

 
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