Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Lunes, 21 agosto 2017
Informe Especial
Periódicos sin periodismo

Los dueños de un diario del Perú les han prohibido a sus periodistas hacer preguntas durante las entrevistas. La historia me la contó un reportero que renunció tras intentar sin éxito acatar la medida. ¿Es posible entrevistar a alguien sin abrir la boca? Los directivos del medio implementaron esta innovación para mantener contentos a los accionistas y a los anunciantes, ese dúo tóxico. En las páginas del diario desfilan ministros, empresarios, banqueros y otros poderosos que a veces son accionistas o quienes compran las páginas de publicidad. La prohibición tiene matices: los reporteros pueden conversar con esos personajes sobre el éxito de sus negocios, sobre las millonarias inversiones que crearán miles de empleos en el país y, acaso, sobre su plato de comida favorito. De ninguna manera sobre las cosas que los lectores merecen saber.

Un día, aquel periodista iba a entrevistar al directivo de una empresa de telefonía. La compañía es famosa porque su servicio de atención al cliente es una antología de lo peor del tercer mundo y porque le debe al Estado unos dos mil millones de dólares en impuestos, una suma que alcanzaría para construir una Carretera Panamericana de cuatro carriles desde Tumbes hasta Tacna. En términos técnicos, es una empresa pendeja. El tema de la entrevista parecía obvio: ¿Por qué la compañía no paga sus deudas? ¿Cuándo va a hacerlo? ¿Sabía el directivo el significado de la frase perro muerto? Antes de salir a cumplir la comisión heroica los editores le ordenaron al reportero que no hiciera esas preguntas.

Que un editor les prohíba a sus periodistas hacer preguntas plantea una imagen tan surreal como la de un director de orquesta que les prohíbe a sus músicos hacer música durante un concierto. El público los agarraría a sillazos. Los músicos no son idiotas. Cuando ofrecen una presentación, por lo general, hacen su trabajo. Esa regla lógica no se cumple en la prensa, donde los editores insisten en hacer periódicos que no contienen periodismo. Esos diarios cuelgan en los quioscos como trapos sucios con precio de tapa. Los lectores los miran desde las veredas y han aprendido a no comprarlos.

Los editores de esos medios explican que en las últimas décadas el público se ha vuelto estúpido. La gente ya no lee, dicen con amargura. Y por un momento hasta tienes ganas de creerles, y sientes compasión por ese oficio donde Hemingway y Vargas Llosa aprendieron a poner una palabra después de otra, y que ahora agoniza por culpa de esos malditos lectores infieles. Esa es la versión oficial que los editores difunden en foros y en salones de clases. La vida real cuenta una historia diferente: la gente va a la playa cargando bestsellers de quinientas páginas y los libros de Elena Ferrante son coquetos ladrillos que consumimos como si fueran caramelos. Cuando te das cuenta de la paradoja, provoca agarrar una silla y lanzarla contra el puesto de periódicos más cercano.

Muchos diarios son traficantes encubiertos de publicidad o centros de estética unisex para empresas y políticos con problemas de imagen. A inicios del 2015, Domino’s Pizza se marchó del Perú porque el público se había enterado de que la cadena empleaba cucarachas y caca de rata como ingredientes. La náusea fue por esos días un sentimiento nacional en la capital de la gastronomía. Después de un año y medio, la empresa reabrió sus tiendas con una campaña de prensa que sabía tan mal como sus pizzas. El día de la reapertura, el diario que no hacía preguntas publicó una nota de más de medio millar de palabras donde ninguna de ellas era “cucaracha”. El artículo celebraba el diseño moderno de las nuevas cocinas de la pizzería y recomendaba a los lectores estar atentos a las promociones en Facebook. El texto es una pieza que los arqueólogos del futuro ojalá encuentren para entender cómo es que algunos diarios se jodieron solitos insultando la inteligencia de los lectores. ¿Cómo puedes escribir un artículo sobre una pizzería que cocinaba cucarachas sin mencionar la palabra cucaracha? Bienvenidos al mundo de los periódicos que no contienen periodismo.

* * *

Ser editor de un diario te otorga una silla privilegiada en la empresa. Los accionistas te consideran personal de confianza, una especie de capataz de sus intereses. Te invitan a sus casas, a sus fiestas y a veces hasta te dejan entrar a las reuniones donde ciertos anunciantes deciden qué se publica y qué no. Muchos diarios son pequeños vampiros capaces de todo por un trago dulce de dinero. Sus editores entran en el juego. Se arrodillan ante Drácula y, de vuelta en las redacciones, muerden el cuello de sus padawans. Les prohíben hacer periodismo, les enseñan cosmetología. Si entrevistas al directivo de telefonía tal -dicen- no le preguntes de la deuda. Si escribes sobre Domino’s, no menciones las proteínas. Si vas a hablar de Odebrecht, que sea en la página de sociales. Jamás digas corrupción delante de un poderoso. Es más, te irá mejor si te metes la lengua al culo.

Los periódicos sin periodismo (y sus sucedáneos en la televisión y la radio) son antros donde los jóvenes reporteros se corrompen o se marchan apenas pueden para salvar la reputación, el único activo importante en este oficio. Hay editores decentes que intentan la proeza del exilio interior: cierran los ojos y luchan por mantenerse en posición flor de loto mientras todo se cae a pedazos alrededor. ¿Cómo lo consiguen? Las salas de redacción ya no son salas de redacción sino salas de copy paste.

* * *

Reviso diarios en papel con la nostalgia familiar de quien trabajó en ellos. ¿Eran las cosas distintas a inicios del 2000? Entonces yo era un reportero recién salido del nido. Los editores editaban, enseñaban y a veces hasta escribían; sin embargo, algo en el horizonte había comenzado a preocuparles. Volvían de las reuniones importantes trayendo el malhumor de quien ha sido regañado. Asesores extranjeros caminaban por los pasillos del diario con actitud de apóstoles. Predicaban la devastación que traería internet. Aconsejaban que hiciéramos lo contrario de lo que habíamos aprendido. Los editores tenían el dudoso privilegio de oír esos sermones a puerta cerrada: escriban menos -decían los gurús-, la gente no quiere leer, no quiere pensar.

La pérdida de lectores era un drama que los periodistas jóvenes de la década pasada vivimos con la irresponsable incredulidad con la que ahora nos enfrentamos al cambio climático: sabíamos que algo raro ocurría pero confiábamos en que no estaríamos allí para ver el desenlace. Uno aprende a negar el desastre para sobrevivir. Yo salté del barco el 2003, siguiendo el canto de sirena de las revistas. En los años que siguieron, el fin del mundo ocurrió dentro de los diarios mientras, fuera de ellos, el público le prestaba cada vez más atención a los celulares. Los diarios echaron reporteros, cerraron oficinas de investigación, clausuraron páginas de crónicas y redujeron al mínimo posible el espacio para escribir. El diario para leer se convirtió en el diario para no leer. Semejante reingeniería trajo consecuencias que sorprenderían al mismo Dr. Frankenstein. El periódico sin periodismo es un producto sin alma, un espanto, y sin embargo está allí, mirándonos a la cara todos los días.

Muchos periodistas que se marcharon de los diarios en los peores años de la crisis descubrieron que era más fácil hacer periodismo fuera de los periódicos. Inventaron nuevos medios en la internet, y desde esos espacios ahora intentan contarles historias al gran público mientras buscan financiamiento para alimentar a sus criaturas. Para mi generación, el mundo virtual es un gran campo de refugiados. Tarde o temprano los reporteros que ya no encajábamos en los medios de papel (porque no pagan o porque se prostituyen) terminamos emigrando a esa tierra prometida virtual, donde todo aún es frágil y el dinero sigue siendo una promesa. Los diarios sin periodismo también han levantado campamentos en la web. Internet es un caos creativo, bullicioso, incivilizado y a veces criminal como el lejano oeste. Es un concierto a todo volumen las 24 horas del día. O, más bien, millones de conciertos las 24 horas del día, los 7 días de la semana, los 365 días del año. Es autopista, es telaraña, red de redes, el universo entero.
También produce insomnio.

Esta tarde, conducía al trabajo por una calle cubierta de nieve e intentaba en vano escuchar un podcast. La intención de escribir este artículo me creaba un terrible cargo de conciencia. Qué fácil es describir y criticar a los diarios cuando no estuviste en su fin del mundo, pensé. ¿Qué quiero decir en este texto que nadie me ha pedido y por el que nadie me ha pagado? ¿Que los periódicos de papel ya no tienen lugar en este mundo donde vencieron las pantallas?

Todo lo contrario. Esta época caótica que promueve la distracción es cuando los diarios impresos podrían cumplir una misión titánica. (No me refiero a los diarios corruptos sin periodismo sino a otros que tenemos que inventar o revivir). Los periódicos pueden sacarnos de la burbuja virtual y caótica donde todos gritan y nadie entiende nada. Su aparente desventaja, el papel, es su principal virtud. El papel puede llevarnos de la mano a un espacio más tranquilo donde es posible recuperar la concentración, la calma, la buena actitud para escuchar y aprender o disentir, lejos de las redes de las múltiples ventanas abiertas de los clics de los memes de los links de los inbox de las campanitas y de toda esa chatarra diseñada para retenerte. El periódico es como el cine: el encanto de esta tecnología es que te impide hacer clic. ¿Se puede hacer un diario con la ambición con la que se hace una película? ¿Se puede hacer un diario con la inteligencia grupal con la que trabajan las cocinas profesionales? ¿Se puede hacer un diario tan honesto como un concierto de música? ¿Tan confiable como un buen amigo? ¿Tan necesario como un desayuno? Cuando los arqueólogos del futuro escarben en los escombros del siglo pasado encontrarán, si es que encuentran algo, que el periodismo impreso tuvo ideales. Los primeros en olvidarlos fuimos los editores.

Ahora que el siglo XXI ha envejecido de manera prematura, las pantallas se han vuelto el drama de todos los días, Black Mirror es el evangelio del final y otra vez el pesimismo empieza a tapar el sol. Cuando conduzco mi auto por las carreteras de Maine, lejos de todo y de todos, tengo la sensación de que hay algo raro y, sin embargo maravilloso, en el silencio de esta época. Y no lo decimos porque parece una herejía: las soluciones a los problemas de internet no vamos a encontrarlas en la internet.

Escrito por Marco Avilés

 
ONU: Ambiguo legado deja Ban Ki-moon como secretario general

(IPS) – Ban Ki-moon terminó sus 10 años como secretario general de la ONU en la víspera de Año Nuevo en Times Square viendo caer la bola, una costumbre en la medianoche del 31 de diciembre en la emblemática plaza de Nueva York.

“Estaré en Times Square viendo caer la bola. Millones de personas me verán dejar mi trabajo”, escribió en su cuenta de Twitter, refiriéndose a que los años de cortar cintas, de apretones de manos y de selfis se habían por fin terminado.

Ban, un diplomático de carrera que fue canciller de Corea del Sur, se abocó a sus deberes protocolares de forma incansable durante sus dos períodos de mandato al frente de la Secretaría General de la ONU (Organización de las Naciones Unidas).

Pero en lo que se refiere a las grandes responsabilidades que conlleva el cargo, son varias las críticas contra su gestión.

Los secretarios generales deben recorrer un delicado camino entre diplomacia y burocracia. Son funcionarios de los 193 estados miembro, pero también tienen la responsabilidad de ser una “verdadera voz” de la Carta de la ONU, observó Stephen Lewis, cofundador de la organización internacional AIDS-Free World, en diálogo con IPS.

“Con el estado actual del mundo, necesitamos un secretario general que le diga la verdad al poder, que diga lo que piensa y que adopte posiciones fuertes, lo que no fue una característica de los últimos años de mandato de Ban Ki-moon”, remarcó Lewis, ex subdirector ejecutivo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia y exembajador de Canada en la ONU.

También opinó que Ban pudo hacer mucho más, como lo hicieron sus predecesores Kofi Annan, de Ghana, y Dag Hammarskjold, de Suecia, dos secretarios generales admirados por su capacidad de hacer frente a los estados miembro cuando fuera necesario.

“Es la diferencia entre alguien que use las medias tintas para tratar de satisfacer a todos y alguien que diga, mi trabajo es conducir a este mundo según ciertos principios, respetar la Carta y decirle a los estados miembro que están equivocados y que violan sus derechos humanos”, añadió.

La Carta es el documento fundador de la ONU, creada en 1945 al final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

El experto, Richard Gowan, quien trabaja en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, coincidió en que Ban trató de ser diplomático y no entrar en desacuerdos con los estados miembro.

“Ban es un diplomático tradicional hasta la médula. Siempre consideró que ofender a las grandes potencias era tabú”, apuntó.

Aunque, según Gowan, quien siguió de cerca su carrera, con el tiempo, Ban fue adoptando posiciones más firmes.

“Tras la crisis en Sri Lanka de 2009, sintió que debía subrayar las graves violaciones de derechos humanos. Es un hombre con moral”, indicó.

Sin embargo, Gowan lo consideró demasiado cauteloso frente a las graves crisis que tuvo que afrontar la ONU, como los conflictos actuales en Siria y Sudán del Sur.

“La constante cantinela que escuché de funcionarios de la ONU en la última década es que Ban era demasiado cauteloso y estaba demasiado preocupado por proteger su propio cargo frente a las grandes crisis”, apuntó Gowan.

Ban puede haber tenido una influencia limitada en las respuestas de los estados miembro a los desastres más duraderos del mundo, pero sí asumió su responsabilidad en lo que respecta a la respuesta del foro mundial.

Eso incluye la supervisión de los soldados de las fuerzas de paz, que aumentaron a 100.000 durante su mandato.

Las fuerzas de paz se vieron envueltas en escándalos, como los de abuso sexual, sin embargo, las críticas fueron contra la tibia respuesta que las autoridades de la ONU dieron a esos problemas.

La reacción del foro mundial durante la gestión de Ban parecen reflejar su falta de conocimiento sobre las particularidades de las operaciones de paz.

“Los secretarios generales no son magos. La burocracia de la ONU es difícil de manejar, y las operaciones de paz son especialmente difíciles de controlar”, observó Gowan. “Pero Ban nunca pareció tener preciso sentido operativo de lo que la ONU hacía en el terreno”, apuntó.

“Cuando las grandes crisis golpearon a una misión de la ONU o cuando estalló un escándalo de abuso sexual, siempre parecía estar a contrapié. Le reconozco el esfuerzo de tratar de hacer lo correcto respecto del cólera en Haití, pero actuó con lentitud”, observó.

Gowan se refería al brote de cólera llevado por los soldados de Nepal a ese país caribeño en 2010 y que se propagó, en parte, por las aguas servidas sin tratar que se vertieron de una base de la ONU a las fuentes locales.

Las disculpas que pidió Ban a principios de diciembre de 2016 “fueron características de las medias tintas que satisfacen solo parte de su trabajo”, opinó Lewis.

“Nunca aceptó la responsabilidad de llevar el cólera a Haití, solo pidió disculpas por las consecuencias de la enfermedad. En otras palabras, no llegó a hacerse cargo de una importante cuestión de principio”, criticó.

La posición de Ban puede deberse a que asumir totalmente la responsabilidad de la ONU podría significar que los estados miembro tuvieran que pagar indemnizaciones al pueblo haitiano, pues miles de personas sucumbieron a la enfermedad.

Sin embargo, durante su mandato hubo avances en otras áreas, por ejemplo se considera que avanzó en materia de derechos de personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales (LGBTI) dentro del foro mundial, al expresar abiertamente su apoyo a la situación de ese colectivo.

Su sucesor, António Guterres, ex primer ministro de Portugal, asumió el cargo de secretario general el 1 de este mes, el inicio oficial de sus cinco años de mandato, con un mensaje de paz mundial.

“Esperamos que Guterres sea un Hammarskjold”, indicó Lewis, refiriéndose al secretario general sueco admirado por su respeto y dedicación a la Carta de la ONU.

www.ipsnoticias.net/ Traducido por Verónica Firme

 
Libro examina rol de movimientos sociales en políticas de comunicación en América Latina

¿Cómo explicar el proceso de transformación de las políticas públicas de comunicación impulsado por las iniciativas de la sociedad civil en los países latinoamericanos de los últimos años?

Esa fue la pregunta de partida que dio origen al libro Media Movements, Civil Society and Media Policy reform in Latin America (que en español se traduciría: Movimientos Sociales, Sociedad Civil y Reforma de las Políticas de Medios en América Latina) publicado este año por la editorial inglesa Zed Books.

Este libro examina de 2000 a 2015 la contribución o el aporte de los movimientos ciudadanos sobre temas de comunicación – o movimientos sociales, como precisan los autores – durante un “único e intenso” período de reformas de políticas en la comunicación pública en América Latina.

En ese sentido, se viene dando en la región latinoamericana “un proceso de movilización ciudadana, sin precedentes, bastante importante y destacable, de demandas socioculturales. (…) El proceso es muy similar, en el sentido en que se inicia desde la sociedad civil en todos los países” de la región, dijo el sociólogo argentino Silvio Waisbord, profesor de la Universidad George Washington, y uno de los dos autores del libro al Centro Knight para el Periodismo en las Américas.

En este contexto, se analiza en el libro los movimientos sociales que trataron de modificar el proceso de elaboración de políticas públicas para redistribuir las oportunidades a la expresión pública, y hacerlas más democráticas.

Sobre este proceso, las tres líneas de análisis del libro son: leyes de radiodifusión, de acceso a la información pública y sobre libertad de expresión.

“Hasta ahora había muy pocos trabajos sobre el papel de la sociedad civil en las reformas de políticas de comunicación en América Latina de los últimos años. En general, las reformas, sobre todo las de radiodifusión, suelen aparecer en los países de nuestra región como disputas entre los gobiernos y los grandes grupos de medios de cada país”, dijo la otra autora del libro, profesora de la Universidad Nacional de Córdoba y Conicet, la comunicadora social argentina María Soledad Segura al Centro Knight.

El libro estudia los casos de este proceso transformativo en varios países de la región, centrándose sobre todo en Ecuador, Argentina, México y Uruguay. Según los autores, se eligieron estos países por presentar niveles similares de activismo ciudadano en varias políticas de comunicación, y gobernantes de diversos signos políticos.

“Buscamos casos diferentes pero comparables para (…) poder hacer un cuadro regional”, subrayó Waisbord. Según el autor, eligieron Ecuador y Argentina, por tener ambos países gobiernos de carácter populista, y México y Uruguay por tener gobiernos muy diferentes, en términos ideológicos.

Tanto para Segura como para Waisbord, en todos los procesos hubo una participación social inédita en la historia de las políticas de medios en la región latinoamericana, que no fue tan estudiada por la academia, y que tuvo poca repercusión mediática.

Como ejemplos de este proceso, el libro cita en su capítulo tercero algunos de los casos en que las organizaciones civiles impulsaron la reforma mediática en los países de la región.

Por ejemplo, en 2014 en Perú, organizaciones de la sociedad civil como Otra Mirada, Calandria, Ideele, Coordinadora Nacional de Radio y la Asociación Nacional de Periodistas participaron en audiencias públicas, conducidas y representadas por el congresista Manuel Dammert, para discutir un proyecto de ley cuyo fin era reducir la concentración de la propiedad de los medios.

En Paraguay también hubo audiencias públicas sobre esa materia que fueron conducidas por el Frente Guasú, con la colaboración del expresidente y senador Fernando Lugo.

En 2007 en México, las organizaciones civiles participaron también en audiencias públicas de comisiones parlamentarias donde de debatió sobre reformas legales en la radiodifusión del país. Luego, en 2014, estas organizaciones participaron en una consulta pública sobre la ley de radiodifusión y de telecomunicaciones.

“Es difícil pensar que cualquiera de estos cambios hubieran surgido de la clase política, del sector empresarial o de uno vinculado a la industria de medios. En todos los casos, creemos que las iniciativas surgen de la sociedad civil y que eventualmente lo que emerge es una coalición dentro de la sociedad civil a favor de cambios, que forma alianzas amplias dentro de la sociedad política, y en algunos casos, con el sector empresarial”, dijo Waisbord.

Segura explicó que el impacto que tiene la organización social y la participación social en políticas públicas sobre radiodifusión no se limita solo a sus objetivos. “En el libro, nosotros demostramos que efectivamente tienen incidencia en cada una de las etapas de la elaboración de las políticas públicas, en el debate, en la discusión parlamentaria, y en la implementación”, agregó.

Pero, otro de los hallazgos relevantes del libro, sostuvo Segura, es el relacionado a la acumulación de capacidades institucionales de las organizaciones de la sociedad civil, tanto dentro de la propia sociedad civil, como en el Estado. Esto se da, añadió, a partir del trabajo realizado por estas organizaciones para impulsar instituciones participativas de políticas de comunicación dentro del Estado.

Dada la inestabilidad institucional en América Latina, las reformas propuestas y conseguidas por la sociedad civil pueden ser fácilmente cambiadas por los nuevos gobiernos, si no hay una base sólida y ancha de apoyo a estas políticas públicas, sostuvo Waisbord.

La implementación de las reformas propuestas, y muchas veces conseguidas, por las movilizaciones y organizaciones ciudadanas es otra de las dificultades señaladas por ambos autores a partir de su análisis. De acuerdo con una de las afirmaciones de Waisbord, el Estado sigue siendo un actor determinante en el diseño de las políticas públicas.

Esta afirmación expuesta en el libro la comprobaron con lo sucedido en Argentina, al día siguiente de asumir la presidencia Mauricio Macri. El nuevo presidente modificó, a través de decretos, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en aspectos como los límites a la concentración de la propiedad de los medios.

Al respecto, Segura explicó que, no obstante, dada las capacidades institucionales desarrolladas por las organizaciones sociales argentinas, se reagruparon y reaccionaron rápidamente para enfrentar estos cambios. En algunos casos, consiguieron frenar algunas de las modificaciones impuestas por el nuevo gobierno.

Por ejemplo, dijo, lograron revertir en los últimos meses de 2016, algunas de las políticas que se estaban implementando, como las referidas a medios comunitarios, populares, alternativos, que son un actor relevante en Argentina, entre otras.

“Esta movilización surgió sin tener aliados políticos en el gobierno”, acotó.

Aún no hay fechas, pero sí planes editoriales, de traducir el libro del inglés al español, dijeron los autores.

Fuente: knightcenter.utexas.ed / Foto www.reddigital.cl

 
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