Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Domingo, 18 noviembre 2018
Informe Especial
El peligro es Riad

El más que probable asesinato del periodista y disidente saudí Jamal Khashoggi, dentro del consulado de su país en Estambul, vuelve a situar a Arabia Saudí en la escena de un crimen. No es una novedad, ya lo está en Yemen, Siria e Irak; y en la expansión del terrorismo yihadista global. Protegido hasta ahora por su poderoso amigo estadounidense, el régimen de Riad se ha convertido en un problema que nadie quiere reconocer por temor a beneficiar a Irán.

Los saudíes compraron el apoyo de Estados Unidos durante décadas gracias al petróleo; ahora, lo mantienen a través de compras masivas de armamento y municiones; sucede lo mismo con varios países de la Unión Europea, España, entre ellos, sin importar quién nos gobierne. El business por encima de los principios.

El apoyo saudí a los grupos más radicales en Siria (ISIS, Ejército del Islam) no ha ocupado el centro del debate internacional, inclinado en airear la evidente brutalidad de Bachar el Asad.

La paradoja es que la derrota (aún incompleta) del ISIS se ha logrado debido a la participación de grupos proiraníes, como Hezbolá, y al apoyo aéreo de Rusia. También han sido clave los kurdos sirios, aliados accidentales de Washington, enemigos acérrimos de Ankara y mal vistos por los saudíes. Este caos regional es un daño colateral de la invasión de Irak en 2003, la impulsada por el trío de las Azores.

Siria y Yemen (y Qatar de alguna manera) forman parte de la guerra mundial entre chiíes (Irán) y suníes (Arabia Saudí). En Yemen, las cosas no van bien para Riad. Una bomba made in USA lanzada desde un avión saudí causó este verano una matanza de escolares. No es una excepción. La ONG Save the Children denuncia que en 2017 murieron una media de 130 niños al día. El Alto Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas responsabiliza a Arabia Saudí de dos tercios de los civiles muertos (entre 10.000 y 30.000).

El príncipe heredero Mohammed Bin Salmán se ha construido una imagen exterior de reformista debido a un par de reformas cosméticas sobre la mujer. Es una falacia: en Arabia Saudí se azota a blogueros (Raif Badawi) y se decapita a críticos y defensores de los derechos humanos.

Khashoggi no es una excepción, es el verdadero rostro de una dictadura teocrática que exporta el wahabismo, su versión fanatizada del Islam de la que beben Al Qaeda e ISIS, y que se predica sin control en numerosas mezquitas europeas (y españolas). Es un peligroso caballo de Troya al que vendemos armas y trenes. Para afirmar que Riad juega en contra de nuestros intereses deberíamos saber antes cuáles son más allá del petróleo, el gas y la propaganda.

Ramón Lobo  (El País de España).

 
Los incisos temerosos

Los lectores de ahora no son como los de antes. Es una impresión personal, pero dicho así puede parecer una información comprobada. Entonces, escribiré mejor que la mayoría de los lectores de ahora no son como los de antes. Pero tampoco estoy seguro de que sean la mayoría de los lectores de ahora los que no son como los de antes, porque no he hecho ninguna encuesta al respecto. Pondré que “algunos” lectores de ahora no son como los de antes, para no parecer tan asertivo.

Los lectores de antes de la revolución digital, creo, se concentraban en la lectura y tendían a comprender lo que un articulista quería expresar; aportaban por su cuenta los datos omitidos (por obvios), comprendían las limitaciones del espacio y partían de que la exposición del autor respondía a reflexiones basadas en la buena voluntad.

Bueno, no todos los lectores de antes, claro. Pondré que la mayoría; o muchos. O sea, que muchos de los lectores de antes estaban a lo que estaban.

Ahora, en cambio, los lectores suman millones, y algunos hacen varias cosas mientras leen, y están pensando en el fin de semana próximo y a la vez consultando el correo; una parte tiene carencias de comprensión, otro sector no pilla el lenguaje figurado..., pero casi todos ellos andan al asalto de cualquier ambigüedad, ya sea real o imaginada. Y por si fuera poco, llevan un móvil en el bolsillo con el que pueden lanzar al mundo su discrepancia y desatar con ella el aplauso de quienes repiten la crítica sin haberse tomado la molestia de leer con atención el artículo original en vez de replicar lo que se dice que se dice que se dice que alguien ha dicho.

Como habrán visto, sigo usando algunas cautelas para relativizar mis afirmaciones. Sin embargo, un segmento de lectores puntillosos pero despistados suele desdeñar las precauciones plasmadas en expresiones como “una parte”, “algunas veces”, “muchos”, “entre otros”, “quizás”, “tal vez”, “seguramente” o “puede que”, fórmulas de la lengua española que evitan la aseveración indubitable.

En previsión de tales interpretaciones de rapidillo, poco a poco algunas columnas (es decir, no todas, sino sólo algunas) se llenarán de aclaraciones y vendas previas a la herida; abundarán cada vez más los incisos, los paréntesis, las explicaciones exhaustivas. Porque el autor, como yo ahora, intentará evitar que alguien malentienda y propague lo que no se ha expresado, ni siquiera sugerido.

Por ejemplo, leo a uno de mis articulistas preferidos que determinado actor “merece ser colgado”; y a continuación abre el inciso: “metafóricamente, todo hay que advertirlo”. ¿Habrá alguien que crea que el autor deseaba asesinar al actor? Habrá.

Esos recursos constituyen una defensa lógica frente a quienes tienen el machete entre los dientes. Así, tales explicaciones y aclaraciones pueden provocar, si no proceden de una pluma talentosa (como sí era el caso; y aquí incurro en lo que describo), que leamos textos cada vez más lentos, llenos de salvedades, subordinadas, indefinidos y aposiciones que deberán soportar también los que no andan buscándole tres pies al gato. Es decir, quienes son más bien como los lectores de antes.

A ellos debo pedir disculpas, porque a veces se nos nota el miedo ante esa legión de desatentos, tiquismiquis y rábulas a los que intentamos desincentivar tapando todos los huecos. Y total, para nada: cierto tipo de cuchillos son insaciables.

Álex Grijelmo/ El País (España)

 
Periodismo por la democracia, entre balas y censura en América Latina

El asesinato de periodistas y cambiantes formas de censura muestran que aún se mantienen bajo asedio las libertades de expresión y de información en América Latina, en particular en los países de mayor efervescencia social y polarización política.

El periodismo “mantiene un papel central en el trabajo por la democracia en la región, aunque sufre prácticas de persecución contra medios, periodistas y activistas políticos y sociales, las cuales contradicen los acuerdos hemisféricos por los derechos humanos”, dijo a IPS el uruguayo Edison Lanza, relator especial para la Libertad de Expresión en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Ese asedio “es muy preocupante en países con crisis políticas que llevan a amenazas contra el periodismo, con actividades de los Estados o de diversos grupos para reprimir, restringir o silenciar a la prensa libre”,  señaló Natalie Southwick, coordinadora del programa latinoamericano en el no gubernamental Comité para Protección de Periodistas (CPJ), con sede en Nueva York.

Al CPJ “le preocupan casos como la persecución de medios y periodistas en Guatemala y Nicaragua, la lucha electoral que se polariza en Brasil, la crisis humanitaria, represión y censura en Venezuela, la violencia mortal e impunidad en México, y los peligros para periodistas en la Colombia post-acuerdo de paz”, dijo Southwick a IPS desde la ciudad estadounidense.

México, que hasta julio vivió una campaña electoral manchada por la violencia, ha visto morir asesinados a ocho periodistas en lo que va de 2018 (12 en 2017). El más reciente fue Javier Rodríguez Valladares, de 28 años, muerto a tiros en plena calle en Cancún, en el sureste del país, mientras entrevistaba con su cámara a un artesano del lugar, quien también fue asesinado.

Sandra Patargo, activista de la mexicana Red Rompe el Miedo, informó que documentaron 146 agresiones a periodistas durante la campaña. “Solo el día de la elección (1 de julio) hubo 32. Y el índice que impunidad en la violencia contra periodistas es de 99 por ciento”, señaló.

Por su parte, la red contra la violencia NVALabs registra “un aumento generalizado de la violencia en México, pero en el caso de las mujeres periodistas este crecimiento es alarmante, está en el entorno de 20 por ciento anual e involucra una doble agresión: por periodista y por mujer”, según dijo la fundadora de la organización Luisa Pérez Ortiz.

Hay periodistas y medios acosados o intimidados por su cobertura de la crisis institucional en Guatemala y la social en Honduras, dijo Lanza, aunque el caso más serio en América Central este año ha sido la peligrosa cobertura de la rebelión social en Nicaragua.

El 21 de abril, al despuntar la ola de protestas y represión que en cinco meses ha cobrado centenares de vidas nicaragüenses, fue muerto de un disparo en la cabeza el periodista Miguel Ángel Gahona, mientras filmaba un enfrentamiento entre manifestantes y policías en la localidad de Bluefields, en la costa atlántica de su país.

Un mes antes, en la frontera entre Colombia y Ecuador fueron secuestrados y asesinados -por un grupo disidente de la exguerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)-  tres integrantes de un equipo periodístico del diario El Comercio de Quito.

También este año murieron a manos de pistoleros cuatro periodistas de radio, en distintos estados de Brasil. Un rasgo común es que en sus programas ventilaban casos de corrupción que implicaban a políticos de sus regiones.

Southwick saludó que, aún con estos casos, el asesinato de periodistas ha disminuido en países que en años anteriores fueron muy violentos, como Colombia, Honduras y Brasil.

“Sin embargo, las cifras pueden analizarse con más profundidad, si pensamos que en algunas regiones no hay más violencia porque por la inseguridad han disminuido las coberturas”, reflexionó.

Los ciberataques

Ese clima de persecución y asedio en que se desenvuelven muchos medios tradicionales ha comenzado a alcanzar a los digitales, que según señala Lanza “se han mantenido algo más fuera del alcance de las estrategias de control o interferencia de algunos estados”.

El crecimiento de herramientas digitales “ha sido una gran oportunidad para periodistas y medios que buscan expandir sus formas de contar historias, pero también para gobiernos y otros actores para tratar de limitar, controlar y censurar a la prensa”, observó Southwick.

Esos controles desde el poder se realizan “a través de tácticas como el hackeo de cuentas, ataques contra páginas web y, en casos como México, el monitoreo de periodistas con herramientas como ‘spyware’(programa espía) ”, detalló.

Esos programas recopilan información de una computadora y la transmite a una entidad externa sin el conocimiento o el consentimiento del propietario del computador.

“Operan también estrategias para criminalizar el uso de las redes sociales, como la Ley contra el Odio en Venezuela o Contra el Terrorismo en Nicaragua, utilizadas para vigilar las redes sociales y detener a personas que envían mensajes satíricos o críticos”, agregó por su parte Lanza desde Washington, sede de la CIDH.

Un ejemplo de estas actuaciones es la del caso de El Pitazo, un medio digital de investigación y noticias de Venezuela, que ha sido víctima de “hackeo” y denegación de servicio (DOS, por sus siglas en inglés) desde hace más de un año, denunció a IPS su director, César Batiz.

“Y todo parece indicar que se trata de gente ligada al gobierno con la complicidad del sector privado proveedor de servicios de internet”, agregó.

Con los ciberataques, El Pitazo ha visto disminuir sus usuarios cotidianos, de 70.000 hace un año a 12.000 en la actualidad.

“Los picos culminantes de esos ataques se registraron en septiembre de 2017 y abril de 2018, cuando publicamos informes sobre la detención en Estados Unidos, como testaferros para corruptelas multimillonarias, de familiares de altos cargos” en la estructura de poder en Venezuela, subrayó Batiz.

Viento a favor

Southwick consideró que “hay señales positivas en el mundo de los derechos del periodismo en América Latina. Sentencias y  juicios por el asesinato de periodistas como Jaime Garzón (1999) y Flor Alba Núñez (2015) en Colombia, y Pablo Medina (2014) en Paraguay y Brasil, apuntan contra el ciclo de impunidad, aunque quede mucho por hacer”.

“En Ecuador bajo el presidente Lenín Moreno hemos visto cambios enormes en la relación entre el gobierno y los medios, y esperamos cambios en la Ley orgánica de Comunicación”, sostuvo la activista del CPJ.

Según Lanza “el Cono Sur, sin perjuicio de la polarización política que allí se vive, está en una línea bastante consistente en defensa de la libertad de expresión y el derecho a la información”.

Además “hay una buena evolución en casos como Costa Rica, Panamá, Colombia y Perú, y son muy positivos los cambios que hace Ecuador, pues el presidente Moreno ha abandonado la organización del aparato estatal para controlar la información”, como sucedía con su predecesor, Rafael Correa (2007-2017).

“Cuando uno pone la lupa, encuentra problemas”, pero “en general la región se inclina hacia los estándares internacionales de democracia con libertad de expresión”, concluyó Lanza.

Humberto Márquez/ www.ipsnoticias.net/ Edición: Estrella Gutiérrez

 

 
México aún busca a sus periodistas desaparecidos

En México, los periodistas sortean las balas, la presión de los grupos criminales, incluso del propio Estado y también el miedo de ser desaparecidos. En el día internacional de las víctimas de desapariciones forzadas, instaurado por la ONU, la organización Artículo 19 ha recordado que 24 comunicadores han desaparecido en los últimos 15 años.

Los periodistas de los que no se tiene rastro, algunos desde 2003, trabajaban en su mayoría en diarios locales,ubicados en zonas rojas copadas por el crimen organizado como Tamaulipas, Guerrero y Michoacán. El último caso del que se tiene constancia es el de Agustín Silva, un periodista de 22 años de El Sol del Istmo, desaparecido el 22 de enero de este año en Oaxaca. La Fiscalía aseguró que su desaparición no estaba relacionada con "el ejercicio de la función periodística".

México ha sido considerado como uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo al mismo nivel que Siria, según un informe de Reporteros Sin Fronteras (RSF), que cifra en 21 los periodistas desaparecidos. La diferencia con las cifras ofrecidas por Artículo 19 se debe a la metodología para corroborar los casos.

"Sabemos quiénes son los periodistas [que no consideramos]. Lo que pudimos verificar el año pasado con sus colegas [de los periodistas] era que no había certeza de que estuvieran desaparecidos", señala Balbina Flores, representante de RSF, y agrega que, tras sus reiteradas pesquisas, determinaron que los reporteros, después su desaparición "ya no trabajan en un medio hacía tiempo y se dedicaban a otras actividades incluso relacionadas con presuntos grupos delictivos", agrega.

Las investigaciones que ha hecho Artículo 19, con oficinas en México, han detallado que el 96% de las desapariciones se ha identificado como un antecedente de la cobertura informativa relacionada con temas de corrupción y de seguridad. "En el 23% de los casos, los comunicadores recibieron amenazas previas por su labor informativo".

"El nuevo gobierno mexicano debe redoblar sus esfuerzos para que las investigaciones sean más eficientes", ha comentado Emmanuel Colombié, director de la oficina de RSF en América Latina, en referencia a la futura Administración de Andrés Manuel López Obrador. De acuerdo con la ONG, México es uno de los países con menor libertad de prensa de acuerdo al número de agresiones que reciben sus informadores.

México cerró el año pasado con 12 periodistas asesinados. Artículo 19 ha registrado 1.986 agresiones contra reporteros desde 2012. En lo que va del año han sido asesinados siete comunicadores. En menos de dos meses fueron acribillados a tiros el director y un reportero del semanario Playa News, Rubén Pat y José Guadalupe Chan Dzib, respectivamente. Pat había denunciado amenazas en 2017 después de publicar una investigación en la que desvelaba una vinculación entre funcionarios públicos y el crimen organizado. Ese mismo año fue detenido arbitrariamente y torturado por policías municipales. El reportero atribuyó ese arresto a una información que había publicado sobre una "narcomanta" en la que se refería que el director de la policía local, Joaquín Morales Hernández, pertenecía a un grupo de la delincuencia organizada.

Ya fue encontrado el cuerpo de Javier Rodríguez Valladares, camarógrafo de Canal 10 de Cancún. Fue asesinado a tiros. La Fiscalía de Quintana Roo ha descartado, hasta el momento, que su muerte sea "un ataque directo a la libertad de expresión" porque, según ellos, estaba fuera de su horario laboral y no portaba uniforme.

D. Mancera/ elpais.com

 
Proteger la verdad más allá de Trump

Los reporteros Michael Rothfeld y Joe Palazzolo desvelaron el 12 de enero en The Wall Street Journal que un abogado próximo a Donald Trump había pagado 130.000 dólares a una actriz porno un mes antes de las elecciones para que no contara que habían mantenido una relación sexual.

El Wall Street Journal es un diario conservador y es propiedad del magnate Rupert Murdoch. En sus editoriales ha defendido los intentos de Trump de desmantelar la reforma sanitaria de su predecesor o su decisión de abandonar el Acuerdo de París. Eso no evitó que sus reporteros publicaran la exclusiva que ha empujado al presidente hasta el precipicio de la destitución.

A menudo, leo que los periódicos de EE UU o sus reporteros libran una cruzada ideológica contra Trump. No es cierto. Ni los reporteros ni los periódicos tienen una ideología uniforme y, en cualquier caso, esa ideología es irrelevante. Ningún diario serio deja de dar una noticia porque no case con su línea editorial. La misión de la prensa en Estados Unidos no ha cambiado en este año y medio. Tampoco sus controles de calidad. Un ejemplo son los textos de revistas como Atlantic o The New Yorker. Varios editores afinan el enfoque y reescriben los textos. Al final, se los envían a una persona que coteja todos los datos y solicita al autor la transcripción de las entrevistas que hizo y un teléfono donde pueda encontrar a cada interlocutor. No son procesos infalibles, pero están diseñados para que no se publique algo que no es verdad.

La elección de Trump tampoco ha cambiado la estructura de los diarios. Su línea editorial no la marca el director, sino un equipo independiente que solo depende del editor de la publicación. Es ese equipo el que escoge a los colaboradores ocasionales y a los columnistas. Directores como Dean Baquet o Marty Baron coordinan la información del diario, no sus páginas de opinión.

El triunfo republicano y la convicción de que muchos estadounidenses viven en burbujas ideológicas ha empujado a algunos medios a añadir voces distintas en sus páginas de opinión. The New York Times ha contratado a colaboradores conservadores como Bret Stephens o Bari Weiss. Algunas voces de la izquierda han criticado esa decisión pero se ajusta a la misión que estableció Adolph Ochs cuando compró el periódico en 1896: “Invitar a un debate inteligente desde todas las corrientes de opinión”. Lo que sí ha cambiado en este año y medio son los insultos de Trump contra los periodistas y que son inéditos en un presidente e indignos de su responsabilidad. Otros presidentes se quejaron de artículos críticos. Ninguno deseó su cierre, insultó a sus periodistas o amenazó con quitarles la credencial.

Esa conducta no es casual. La hemos visto en líderes autoritarios en países como Venezuela, Filipinas o Perú. Trump apunta contra las instituciones cuyo control no tiene a su alcance: los servicios de espionaje, los tribunales, los diplomáticos, las universidades, el Ejército o el FBI.

Cada una de esas instituciones cumple una función distinta, pero todas tienen algo en común: en una sociedad cada vez más polarizada, quienes las gestionan hacen su trabajo con independencia y sin dejarse llevar por criterios ideológicos. Profesores e investigadores se rigen por el método científico. Jueces y policías hacen cumplir la ley. Espías y diplomáticos velan por proteger los intereses de EE UU y su seguridad. Los reporteros son una pieza esencial en ese engranaje: investigan esas instituciones y se aseguran de que hacen su trabajo con independencia, y no en su propio beneficio o en el beneficio del partido en el poder. En un espacio público lleno de voces interesadas, los buenos reporteros son casi los únicos actores cuya única misión es el servicio público: asegurarse de que los ciudadanos pueden distinguir la mentira de la verdad. “Los reporteros construyen el mundo de los hechos y no son lo mismo que esa ciénaga difusa y amplia que llamamos los medios”, decía hace unos meses el historiador Timothy Snyder.

La distinción de Snyder es importante. Ni todos los periodistas ni todos los medios son iguales. Es hora de deslindar el trabajo de los buenos reporteros de lo que no es periodismo: los histriones que pueblan algunas tertulias televisivas, los medios que viven del opaco pesebre del erario público, los mercenarios que publican basura o noticias sin contrastar. La culpa no siempre es de políticos o de empresarios. Muchos medios son cómplices de su descrédito al mezclar podredumbre con caviar.

La irrupción de Trump plantea problemas inéditos para el trabajo cotidiano de los reporteros. Nunca un presidente dijo tantas mentiras: 3.001 hasta el 1 de mayo de este año, según el recuento de The Washington Post. Cubrir a Trump requiere distinguir sus ocurrencias de sus políticas públicas y evaluar en cada caso si merece la pena reproducir su último tuit.

Cada texto está expuesto a críticas legítimas, pero también a las presiones de quienes viven de alimentar la cólera de los extremos: centros ideológicos, fundaciones opacas, activistas y sí, también medios (o seudomedios) que viven de alimentar la polarización. Hoy más que nunca los periodistas debemos explicar con transparencia cómo hacemos nuestro trabajo y elegir con tiento las palabras con las que describimos la realidad.

Defender la libertad de prensa en EE UU no es una proclama hueca. Cuatro periodistas y una empleada de ventas de The Capital Gazette de Annapolis fueron asesinados el 28 de junio por un tipo furioso por un artículo. Al menos 24 periodistas han sido agredidos este año y muchos más han recibido amenazas de grupos racistas, sobre todo en los Estados del Sur. Aun así, la prensa ha seguido haciendo su trabajo, en ocasiones en medio de despidos, del acoso de sus dueños y de represalias ideológicas y casi siempre con menos recursos para averiguar la verdad.

En ese entorno hostil, los reporteros publican historias que mejoran las vidas de personas concretas. The Miami Herald reveló los abusos que sufren los jóvenes en los reformatorios de Florida. Una serie de la radio pública investigó por qué EE UU es el país donde más mujeres mueren al dar a luz y descubrió que al menos la mitad de esas muertes se pueden prevenir.

El impacto de nuestro trabajo se mide por ese tipo de investigaciones mucho más que por las palabras de un editorial. Publicarlas requiere tiempo, recursos y respaldo de los propietarios. Los periódicos de Estados Unidos han perdido miles de periodistas en la última década, pero nunca han tenido tan clara su misión.

Angustiado todavía por el impacto de la propaganda durante la I Guerra Mundial, el influyente periodista Walter Lippmann publicó en 1920 el libro Liberty and the News con el ánimo de impulsar un periodismo más próximo al rigor del método científico y más independiente del poder. “No podemos luchar contra las mentiras que nos envuelven paseando nuestras opiniones”, escribió Lippmann. “Las opiniones verdaderas solo pueden prevalecer si se conocen los hechos a las que se refieren. Si no se conocen, las ideas falsas son tan efectivas como las verdaderas, si no más”. Como periodistas, proteger y difundir esos hechos debe ser nuestra misión.

Eduardo Suárez/elpais.com

 
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