Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Martes, 28 setiembre 2021
Informe Especial
Día del Trabajo: Pandemia impide manifestaciones masivas

MADRID.- Por segundo año consecutivo, el Día Internacional del Trabajo se celebró en el mundo de forma discreta y sin manifestaciones masivas debido a las restricciones impuestas por la pandemia de coronavirus, pero esta vez con la exigencia de recuperar parte del empleo perdido por la crisis sanitaria.

ESPAÑA

Las manifestaciones por el 1 de mayo volvieron a recorrer las calles después de que el año pasado no pudieran celebrarse por la pandemia, pero lo hicieron de forma atípica por la limitación de participantes y con una inusual presencia de representantes del Gobierno.

Bajo el lema “Ahora toca cumplir. Un país en deuda con su gente trabajadora”, la principal marcha en Madrid tenía un aforo máximo de mil personas, mientras que en 2020 ni siquiera se pudieron celebrar manifestaciones al estar el país bajo confinamiento.

Los mensajes estuvieron centrados en la recuperación del empleo perdido durante de la crisis de la pandemia de covid-19 y en demandas sindicales como la derogación de reformas del mercado laboral y del sistema público de pensiones.

ALEMANIA

Aunque con fuertes medidas de seguridad por el coronavirus, decenas de miles de personas participaron en una veintena de manifestaciones del primero de mayo en Berlín.

La policía de la capital desplegó a unos 5.000 agentes por las calles y la situación a media tarde era “relativamente tranquila” según la policía.

El incidente más reseñable fue la suspensión de la principal protesta convocada por el movimiento “Querdenker”, negacionistas de la pandemia.

Mientras, la tradicional manifestación revolucionaria de Berlín en esta ocasión estaba centrada en los problemas de vivienda, y la policía esperaba que se reunieran unas 10.000 personas. Y otras 10.000 personas han participado en marchas ciclistas.

FRANCIA

La manifestación en París, convocada por los sindicatos y a la que se sumaron algunos representantes del movimiento de los “chalecos amarillos”, ha desembocado en incidentes con la policía, que efectuó 34 detenciones.

La tradicional manifestación, que reunió en la capital a 25.000 personas, según los organizadores, 17.000 según el Gobierno, acabó de forma violenta cuando un grupo de radicales se negó a abandonar la plaza de la Nation.

Fue el punto más tenso de una manifestación que había comenzado en la plaza de la República y que se había desarrollado de forma pacífica, salvo la destrucción de algunos escaparates.

TURQUÍA

La policía detuvo a más de 200 personas y empleó gases lacrimógenos para dispersar a manifestantes en Estambul, en medio de un confinamiento total para frenar el coronavirus.

Fuentes sindicales y laborales aumentan la cifra de detenidos hasta alrededor de 230.

Los detenidos portaban carteles a favor de la lucha obrera y gritaban consignas como “Taksim no puede cerrarse a la gente” y “Viva nuestra lucha por el Primero de Mayo”.

ITALIA

Italia celebró hoy el Día de los Trabajadores entre medidas de seguridad por el coronavirus para reclamar esfuerzos que mejoren el mercado laboral tras la pandemia y con esperanza por el Plan de Recuperación.

Los tres principales sindicatos, CGIL, CISL y UIL, organizaron una serie de actividades bajo el lema “Italia se cura con trabajo”. Evitando grandes aglomeraciones, los líderes de cada sindicato acudieron a las fábricas para hablar de “reconstrucción”, palabra clave para el futuro tras la pérdida de 900.000 puestos de trabajo en el último año.

En Turín (norte) se manifestaron numerosas personas convocadas por sindicatos menores y se vivieron algunos momentos de tensión con la policía.

RUSIA

Ante la situación sanitaria, las autoridades de muchas ciudades rusas, incluida Moscú, prohibieron por segundo año consecutivo las tradicionales celebraciones masivas del Primero de Mayo.

La mayoría de sindicatos y partidos políticos se limitaron a celebrar mítines virtuales, aunque los comunistas se hicieron presentes en el centro de Moscú pese a las restricciones.

EEUU

Centenares de personas, en su mayoría inmigrantes, reclamaron en Washington al presidente Joe Biden y al Senado una vía para regularizar y permitir que 11 millones de indocumentados obtengan su ciudadanía y ratificaron el aporte de la migración a la fuerza laboral del país.

Los manifestantes expresaron su respaldo a la reforma migratoria de Biden y a otros proyectos de ley para proteger a los “soñadores” y regularizar a los trabajadores agrícolas indocumentados, ambos ya aprobados en la Cámara Baja.

BRASIL

La pandemia en Brasil, con más de 14,6 millones de casos confirmados y 403.000 muertes, no impidió que miles de manifestantes saliesen a las calles para respaldar o protestar contra el Gobierno.

La mayoría de movilizaciones, realizadas con concentraciones y caravanas de automóviles, fueron a favor del presidente, Jair Bolsonaro, uno de los líderes más escépticos frente a la gravedad de la pandemia.

Como es tradicional todos los años, aunque en menor número por causa de las restricciones impuestas en varias regiones para evitar contener el avance del coronavirus, las centras sindicales convocaron a diferentes movilizaciones para celebrar el 1 de mayo y, de paso, protestar contra el poder Ejecutivo.

VENEZUELA

Trabajadores de distintos gremios en Venezuela exigieron salarios “dignos” y vacunación masiva contra la covid-19 en medio de la “crisis humanitaria” y la pandemia.

En varios estados decenas de trabajadores, acompañados de organizaciones civiles y políticos opositores, se concentraron para manifestar su rechazo a las condiciones laborales actuales, cuando en Venezuela el salario mínimo es de 0,63 centavos de dólar, según la tasa oficial.

Los trabajadores se manifestaron exigiendo con pancartas “sueldos dignos”, “reivindicaciones laborales” y “vacunas para todos”, pero también expresaron su “rechazo a la represión” que, aseguran, les hace el Gobierno de Nicolás Maduro.

PARAGUAY

Varios sindicatos paraguayos se concentraron en Asunción para denunciar un situación laboral históricamente precaria y ahora ahondada por la pandemia, con la consecuencia de perdidas de empleo en el sector formal e informal, el mayoritario en el país.

Los actos estuvieron protagonizados por sindicatos minoritarios, sin la presencia de las grandes centrales.

CHILE

El Día Internacional del Trabajo, que cada año convoca masivas huelgas en Chile, se celebró esta vez de forma discreta con un evento virtual a causa de las restricciones que rigen los fines de semana en la mayor parte del país.

Una renta de emergencia, la congelación de los precios y el aumento del sueldo mínimo fueron algunos de los principales reclamos del encuentro más masivo de este sábado, convocado por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) de Chile, que se retransmitió a través de redes sociales.

EFE

 
La violencia en línea daña profundamente a las mujeres periodistas

WASHINGTON.- Un número alarmantemente alto de mujeres periodistas son ahora blanco de ataques en línea asociados con campañas de desinformación digital orquestadas. El impacto de estos ataques incluye la autocensura, la elección de alejarse de la visibilidad, un mayor riesgo de lesiones físicas y un costo grave para la salud mental. ¿Los principales perpetradores? Troles anónimos y actores políticos.

Estos hallazgos se encuentran entre los primeros publicados en una encuesta realizada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y el Centro Internacional para Periodistas (IJNET) sobre la violencia en línea contra  mujeres periodistas. Pintan un retrato global de la naturaleza profundamente arraigada del abuso de género, el acoso y los ataques sexualizados contra mujeres periodistas, junto con los obstáculos para encontrar soluciones efectivas.

La encuesta es la más completa y geográficamente diversa realizada hasta el momento sobre el tema de la violencia en línea. Se ofreció en cinco idiomas y recibió respuestas de 714 mujeres periodistas en 113 países. Es parte de un estudio más amplio encargado por la Unesco para examinar la violencia en línea en 15 países, con énfasis en las experiencias interseccionales y el Sur Global.

Las mujeres periodistas encuestadas dijeron que habían sido sometidas a una amplia variedad de formas de violencia online, incluidas amenazas de agresión sexual y violencia física, lenguaje abusivo, mensajes privados de acoso, amenazas de dañar su reputación profesional o personal, ataques de seguridad digital, tergiversación a través de imágenes manipuladas y amenazas económicas.

Estos métodos de ataque son cada vez más sofisticados y evolucionan con la tecnología. También están cada vez más asociados con ataques orquestados alimentados por tácticas de desinformación diseñadas para silenciar a las periodistas. Esto apunta a la necesidad de que las respuestas a la violencia en línea crezcan al mismo ritmo en términos de sofisticación tecnológica y coordinación colaborativa.

Estos son los 12 hallazgos principales del informe que fue publicado por la Unesco en conmemoración del Día Internacional de los Derechos Humanos:

(1) Casi tres de cada cuatro mujeres encuestadas (73 %) dijeron que habían experimentado violencia en línea.

Los ataques en línea hacia mujeres periodistas han sido un problema durante muchos años. Ahora, estos parecen estar aumentando en forma drástica e incontrolable en todo el mundo, como ilustraron nuestras encuestadas.

(2) Amenazas de violencia física (25 %) y sexual (18 %) afectaron a las mujeres periodistas encuestadas.

Pero estas amenazas no solo están dirigidas a dichas mujeres sino que se extienden. El 13% de las encuestadas dijo que había recibido amenazas de violencia contra sus allegados.

(3) Una de cada cinco mujeres encuestadas (20 %) dijo que había sido atacada o abusada fuera del entorno de internet en incidentes originados en línea.

Este dato es particularmente preocupante dada la correlación emergente entre los ataques online y el asesinato impune de periodistas. En hallazgos relacionados, 13 % dijo que aumentó su seguridad física en respuesta a la violencia en línea, y 4 % dijo que había faltado al trabajo debido a la preocupación de que los ataques salieran de la esfera online. Esto pone en evidencia tanto su sensación de vulnerabilidad como su conciencia de las posibles consecuencias de los ataques digitales.

(4) Los impactos en la salud mental de la violencia online fueron la consecuencia identificada con mayor frecuencia (26 %). El 12 % de las encuestadas dijo que había buscado ayuda médica o psicológica debido a los efectos de la violencia en línea, y 11 % dijo que se había ausentado al trabajo como resultado.

La violencia online contra mujeres periodistas genera un daño psicológico significativo, especialmente cuando es abundante y sostenida. Pero nuestra encuesta también demostró que los empleadores de los medios de comunicación deben hacer mucho más para apoyar la salud mental y el bienestar de sus periodistas. Solo 11 % de nuestras encuestadas dijo que su empleador les brindaba acceso a un servicio de terapia si eran atacadas.

(5) Casi la mitad (48 %) de las mujeres informaron haber sido acosadas por medio de mensajes privados no deseados.

Esto demuestra que gran parte de la violencia en línea dirigida hacia mujeres periodistas ocurre en las sombras de internet, lejos de la vista del público, por lo que abordar el problema puede ser aún más difícil.

(6) El tema que se identificó con mayor frecuencia en asociación con el aumento de los ataques fue el género (47 %), seguido de la política y las elecciones (44 %), y los derechos humanos y la política social (31 %).

Estos datos subrayan el rol de la misoginia en la violencia online contra mujeres periodistas. También destaca el papel de los ataques políticos a la prensa, relacionados con la política populista en particular, que exacerban las amenazas a la seguridad del periodismo.

(7)  El 41 % de las mujeres encuestadas dijo que había sido blanco de ataques online que parecían estar vinculados a campañas de desinformación orquestadas.

Las mujeres periodistas se encuentran cada vez más en la mira de las campañas de desinformación digital que aprovechan la misoginia y otras formas de discurso de odio para desprestigiar el periodismo crítico.

(8) Los actores políticos fueron la segunda fuente más frecuentemente señalada (37 %) de ataques y abusos después de “atacantes anónimos o desconocidos” (57 %).

El papel de los actores políticos como fuente primaria y autores principales de la violencia online contra mujeres periodistas es una tendencia alarmante confirmada por esta encuesta. Mientras tanto, la proliferación de cuentas “trol” anónimas y seudónimas complica el proceso tanto de investigar a los perpetradores como de hacerlos responsables. La falta de transparencia y la capacidad de respuesta limitada de las plataformas, especialmente aquellas donde los ataques son prolíficos, agrava este problema.

(9) Facebook fue calificada como la menos segura de las cinco principales plataformas o aplicaciones utilizadas por los participantes, con casi el doble de encuestadas que la calificaron como «muy insegura» en comparación con Twitter. También atrajo tasas desproporcionadamente más altas de informes de incidentes entre las encuestadas (39 % en comparación con 26 % de Twitter).

Teniendo en cuenta el rol de Facebook y Twitter como los principales vectores de ataques en línea contra mujeres periodistas, los niveles de reportes a las empresas de redes sociales demostrados por las encuestadas parecen relativamente bajos. Esto probablemente refleja tanto un sentido de inutilidad asociado con frecuencia con estos reportes, como una reticencia general entre las mujeres encuestadas a plantear estos problemas con el afuera.

Además, el hallazgo subraya la urgente necesidad de que las principales empresas de Internet cumplan con su deber de cuidado y aborden de manera más eficaz la violencia en línea contra las periodistas.

(10) Solo 25 % de las encuestadas informó a sus empleadores sobre incidentes de violencia online. Las principales respuestas que dijeron que recibieron fueron: ninguna respuesta (10 %) y consejos como «ser menos sensible» o «endurecerse» (9 %). El 2 % dijo que se les preguntó qué hicieron para provocar el ataque.

Las encuestadas demostraron la existencia de un doble impedimento para la acción efectiva para enfrentar la violencia en línea experimentada en el curso de sus empleos: bajos niveles de acceso a los sistemas y mecanismos de apoyo, y a la vez bajos niveles de conciencia sobre la existencia de medidas, políticas y pautas para abordar el problema.

(11) Las mujeres periodistas encuestadas indicaron con mayor frecuencia (30 %) que responden a la violencia en línea que experimentan autocensurándose en las redes sociales. El 20 % describió cómo se retiraron de toda interacción en línea y 18 % evitó específicamente la participación del público.

Tales actos, que podrían considerarse medidas defensivas empleadas por las mujeres para preservar su seguridad, demuestran la efectividad de las tácticas de ataque en línea: están diseñadas para desprestigiar el periodismo crítico, silenciar a las mujeres y amordazar la verdad.

(12) La violencia online tiene un impacto significativo en el empleo y la productividad de las mujeres encuestadas. En particular, 11 % informó haber faltado al trabajo, 38 % se retiró de la visibilidad (por ejemplo, pidiendo que las sacaran del aire o refugiándose detrás de seudónimos),  4 % renunció a sus trabajos y 2 % incluso abandonó el periodismo por completo.

Si bien algunas de estas cifras pueden parecer pequeñas, este es un indicador significativo del poder destructivo del problema. Estos datos también demuestran las implicaciones negativas de la violencia en línea para la diversidad de género en (y a través de) los medios de comunicación.

En definitiva, los primeros resultados de esta encuesta muestran que la violencia en línea contra las mujeres periodistas es un fenómeno mundial que exige una acción urgente. Para que se mantenga la libertad de expresión, para que florezca la diversidad en el periodismo y para que el acceso a la información sea igualitario, las mujeres periodistas deben ser vistas y escuchadas.

El clima de impunidad que rodea a los ataques en línea plantea preguntas que exigen respuestas. La impunidad envalentona a los perpetradores, desmoraliza a la víctima, erosiona los cimientos del periodismo, exacerba los riesgos para la seguridad del periodismo y socava la democracia.

Basándose en estos hallazgos inquietantes, en el informe se presentan nueve recomendaciones de acción dirigidas a los gobiernos, las plataformas de redes sociales y los empleadores de la industria de los medios.

(Julie Posetti)

Este artículo fue publicado originalmente por la Red Internacional de Periodistas, IJNET.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
Los periodistas como historiadores del presente

*La democracia es imposible sin libertad de expresión y diversidad informativa

*El buen periodismo es siempre de “compromiso”; la neutralidad no existe

Con la fundación de las primeras escuelas de periodismo surgió la necesidad de definir los contenidos del plan de estudios de la que se instalaba como carrera universitaria, además de precisar la misión y el perfil profesional de sus egresados. Se trataba de ponerle cátedra a una de las actividades más antiguas de la historia, ejercida desde el pasado por personas de la más variada condición. Siempre en el propósito de difundir los acontecimientos con las destrezas necesarias para alcanzar y ser comprendido por un lector o auditor lo más amplio y heterogéneo posible.

Por cierto, que en esta tarea de organizar el currículo académico de los nuevos comunicadores influyó mucho el acervo acumulado por los propios medios informativos.  De hecho, hasta ahora existen escuelas de periodismo ligadas a ciertos periódicos, radios y canales de televisión que ven necesario formar ellos mismos a los que irán reemplazando a los periodistas autodidactas o “empíricos”, como se los denominaba entonces. Esto es, a aquellos comunicadores formados en el quehacer cotidiano que, al igual que muchos artistas, les costaba mucho conceptualizar lo que hacían o se proponían en su actividad y creaciones. Más allá de buscar el sustento personal y familiar.

Mucho se ha dicho y escrito respecto de los grandes escritores y artistas que no alcanzaron a conocer la importancia que el futuro la humanidad le asignaría a sus obras. Sabido es que el propio Cervantes no soñó, siquiera, el impacto de su Quijote de la Mancha, o el mismo Leonardo da Vinci con su Mona Liza, tan solo para señalar dos casos conocidos y relevantes.

El legado de los grandes maestros

Lo que tenemos claro es que en la historia del periodismo la mayoría de sus más notables cultores no se propuso tanto informar sino promover las ideas que profesaban. Fray Camilo Henríquez, el fundador del periodismo chileno, lo que buscó, realmente, fue la emancipación de nuestros pueblos de la Corona Española. Alentar el esfuerzo de los activistas y revolucionarios independentistas, sin sospechar que alguna vez se le reconocería como el primero entre todos los que ejercemos esta bella profesión.  Su intención fue política, más que periodística, por lo que su legado tampoco alcanzó a ser tan profuso como el de los grandes maestros que se desarrollaron durante nuestra República.

Lo mismo pensamos de esos primeros evangelistas empeñados en difundir la vida y obra del Mesías para las siguientes generaciones y cuyos registros históricos sin duda han logrado una vigencia extraordinariamente dilatada, si se la compara con lo efímero que pueden ser muchos de los escritos de quienes simplemente lograron “hacer noticia” en su tiempo y sin perseguir mayores pretensiones ideológicas o proselitistas.

Cualquier revisión del pasado nos indica que el primer género periodístico fue el “de opinión”. Esto es, la difusión y defensa documentada de ideas y valores mediante el correcto uso del idioma, ya sea mediante de la palabra escrita u oral. De esta forma, el periodismo se constituyó desde sus inicios en un ariete, en un empeño por convencer y ganar seguidores en las causas intelectuales y morales de quienes cultivan este género.

Los otros dos arquetipos del periodismo asoman muy posteriormente en la historia de nuestra actividad. Nos referimos al periodismo “informativo” y, luego,  al que se le asignó el calificativo de “interpretativo”, modalidades que tienen mucha relación con los procesos industriales que afectaron a los medios de comunicación y se proponen imperativos como los de la competencia editorial y la necesidad de sumar lectores, auditores y telespectadores  En una actividad que desgraciadamente ha sido más lucrativa que ideológica, en que la publicidad pagada y contratada se erige en el principal sostén de los grandes medios, de las cadenas informativas y las agencias de noticias.

Medios periodísticos que incluso buscaron aparentar un oficio aséptico para sumar audiencia y lectoría, además de cumplir con el imperativo de seleccionar, filtrar el enorme caudal de noticias que estimularos los avances de la ciencia y tecnología. Una transformación mundial derivada de la irrupción de la radio y la televisión luego de las grandes guerras mundiales, hasta ahora en que el internet y las redes sociales vienen desplazando a los medios tradicionales y han consolidado el mundo globalizado y la era de la información.

Algunos medios, como la revista estadounidense Time, hasta llegaron a procurar redactores que escribieran bajo un estilo común, casi uniforme, sin que sus lectores llegaran a sospechar la mano de quienes escribían sus notas y reportajes. Por lo mismo que éstas se difundían como anónimas y solo a algunos contados redactores se les permitía alcanzar notoriedad o fama dentro de sus páginas. Lo curioso es que esta impersonalidad se les imponía a solamente a los periodistas, especialmente a los recién egresados de las escuelas, a pesar de que éste y otros influyentes medios siempre tuvieron línea editorial, servían intenciones políticas o de otra índole, más fuera solamente para obtener grandes ganancias y asentar a sus editores y propietarios entre los más más acaudalados de la Tierra.

De esta forma, la “opinión” prácticamente quedaba reservada para los editores de los periódicos, su círculo de amigos y plumarios con quienes coincidían ideológicamente o les convenía fichar como columnistas para dar la impresión de que su medio era pluralista e independiente. Una impostura que se extiende hasta hoy, especialmente en los medios de derecha tan acostumbrados a reclutar a diversos intelectuales u opinó logos de izquierda para aparecer objetivos y pluralistas. Columnistas y redactores que –digamos de paso- casi siempre terminan asimilándose a las ideas de sus empleadores. En efecto, es corriente observar cómo algunos de los más radicales y jacobinos han acabado en las páginas de aquellos periódicos que más los habían censurado, fustigado y condenados en el pasado.

¡Qué duda cabe que la historia de la prensa nacional, por ejemplo, podemos registrar el caso de destacadas figuras vanguardistas que hoy enfilan sus plumas en aquellos medios que antes los tildaran de extremistas, alentando, incluso, su proscripción!

El ideal de un periodista

Si nos remontamos a la fundación y práctica de nuestras primeras escuelas de periodismo, podemos comprobar que se llegó a concebir como el ideal de periodista el que fuera capaz de constreñirse lo meramente informativo, es decir que hiciera de la “objetividad” su primer y hasta único propósito. Un profesional que, si tenía ideas filosóficas, religiosas y políticas, debía dejarlas fuera de la redacción o salas de prensa. Es así como hemos tenido varias generaciones de periodistas que hasta llegaron a cubrir guerras, golpes de estado y sucesivas pandemias (como las que hemos o estamos viviendo hoy) tratando de no fruncir el ceño frente al horror y las injusticias más extremas y fragrantes. Reporteros cuya tarea debía acotarse a responder las interrogantes primarias del periodismo (las cinco W, en inglés) que les instruyeran sus profesores como pauta estricta de sus escritos, tratando de soslayar las causas y las consecuencias previsibles de los acontecimientos a los cuales asistían y debían difundir. Esto es evitando plantearse los porqués y las posibles consecuencias de las noticias, especulaciones que debían se propias de los expertos y no de los reporteros.

Se pensó en la necedad de que el periodista debía ser objetivo, libre de todo juicio y prejuicio, como si no estuviera en nuestra propia condición de género, edad, nivel educacional o social apreciar los acontecimientos de distinta manera, bajo nuestras propias ópticas y escala de valores. Por lo mismo es que algunos maestros, contrariando el propósito pedagógico declarado por algunas escuelas de periodismo, se demarcaban del rígido plan de estudios para hacernos comprobar cómo hasta un accidente del tránsito podía observarse y analizarse de muy distintas formas, de acuerdo a nuestra particular manera de ser y pensar. Por algo que la misma judicatura distingue como legítima la existencia de abogados defensores y fiscales, y hasta las sentencias definitivas dependan de la calidad, concepciones e intereses de los jueces y tribunales.  Por lo que sus veredictos, nunca pueden asegurar que se tratan de plenos actos de justicia, incluso si consideraron adecuadamente los agravantes o atenuantes de todas las conductas criminales.

Por cierto, que cualquier digresión en este sentido era penada en nuestras calificaciones académicas, tanto así que, a los más rebeldes, a los que insistían en contar los hechos de forma diferente o cultivar un relato más personal, se los instaba muchas veces a que desistieran del periodismo o emigrasen a las escuelas de historia, sociología, psicología y otras disciplinas en que existía mayor tolerancia frente a la diversidad de pensamiento y óptica.

Sin embargo, estos absurdos propósitos de algunas escuelas y comunicadores hasta hoy le han hecho creer a parte importante de la población que el periodismo debe y puede ser “objetivo” como si esto en realidad fuera posible, sin que cultivemos el cinismo y nos convirtamos en seres insensibles o impertérritos. Hace poco, leímos una entrevista de un viejo banquero, pero también propietario de importantes medios de prensa chilenos, en la cual siguió propiciando la objetividad de sus periodistas, pese a ser el mismo un verdadero activista del sistema imperante, así como antes lo fue de la Dictadura y, ahora, se muestra encantado por la democracia chilena a medias. Desde siempre un empresario convencido del afán de lucro como motor de la economía, con lo que llegó en breve tiempo a convertirse en uno de los grandes millonarios del país.

Después de los largos años de aquel devenir de periodistas “asépticos” solo bien calificados para concurrir a las conferencias de prensa y reproducir lo más literalmente posible las opiniones de sus entrevistados, los propios acontecimientos llevaron a muchos comunicadores a practicar la denuncia, fustigar a las autoridades y asumir un férreo compromiso con los dolientes, discriminados y abusados. A muchos profesionales se les hizo intolerable, por supuesto, observar la realidad y limitarse a dar la versión oficial de los hechos, como defender la posición adoptada por los propietarios de sus medios.

Las violaciones de los DDHH, por ejemplo, fueron el detonante en Chile y otros países en el surgimiento de llamado periodismo comprometido. Dispuesto a servir realmente a la gran causa humana de comprender y cambiar el mundo, tanto como acabar con las injusticias y abusos flagrantes. De allí que con la dictadura de Pinochet se abriera otra de las páginas más brillantes del periodismo y la voluntad de numerosos periodistas jóvenes diera sustento a la prensa clandestina y disidente que tanto aportaría a la conciencia del pueblo, a su movilización social y legítima insurrección.

Corriendo severos riesgos, enfrentando toda suerte de persecuciones, estas jóvenes generaciones dieron tributo a las enseñanzas de los viejos maestros del periodismo en cuanto a que este oficio cuando más lúcido se muestra es en épocas de restricciones y persecuciones. En esta toma de conciencia sobre el deber ser de nuestra profesión debemos reconocer la influencia de algunas escuelas de periodismo católicas, alentadas por ciertos mensajes pastorales como el del Papa Pablo Sexto, particularmente por su Instrucción pastoral Communio et Progresivo en la que instó a los comunicadores a hacer “voz de los sin voz” como a cumplir con la ley primordial de la honradez y sinceridad.

Las mismas escuelas de periodismo preocupadas de formar egresados “objetivos” y dotados de una cultura amplia pero de apenas “un centímetro de profundidad” (como se nos proponía) tuvieron que variar sus programas de estudio y reconocer el legado que en nuestro propio país habían dejado sus más notables cultores. Analistas políticos como Luis Hernández Parker y Mario Planet, o columnistas como Andrés Sabella, Tito Mundt, Ricardo Boizard  y tantos otros que por su renombre tuvimos la suerte de tenerlos como maestros antes de que fallecieran, fueran exonerados o confinados en el extranjero por el Golpe de Estado de 1973.

De pronto los profesores y estudiantes empezamos a descubrir la pluma de un Ryszard Kapushinki, posiblemente el cultor más eximio de la crónica periodística, el más brillante y lúcido estilo de hacer periodismo, cuando se persigue difundir convicciones derivadas de la observación minuciosa y libre de la realidad. Allí están sus notables artículos y libros de viajes, un extraordinario aporte al conocimiento de países y regímenes que nos eran tan distantes, y respecto de los cuales a lo sumo teníamos erróneos prejuicios o sentimientos.

Pudimos conocer también las magníficas entrevistas de un Tibor Mende y, luego, de Oriana Fallaci, entre otros grandes periodistas que nos enseñaron a conocer en sus virtudes y miserias a los más renombrados gobernantes y líderes de la humanidad. Ciertamente que con su pluma hicieron gala de sus profundos conocimientos, como de su abnegada y sistemática investigación previa y arrojo para encarar situaciones de riesgo. Tanto que esta periodista italiana nos visitara durante la Dictadura y tratara inútilmente de entrevistar a Augusto Pinochet, quien rehusó recibirla, luego del fiasco que le hiciera pasar un equipo de la televisión alemana que burló a su guardia y le puso cámara y texto a su verdadera y funesta personalidad.

Con estas lecturas también accedimos a las magníficas crónicas de escritores continentales de la talla de Truman Capote, John Reed, Eduardo Galiano y Osvaldo Soriano que supieron conciliar perfectamente la ficción con el fiel relato de acontecimientos reales. Propósito que lograra tan plenamente nuestro querido Luis Sepúlveda, el mexicano Ignacio Taibo ll y tantos otros autores latinoamericanos. Con lo que se evidenció como tantas veces que la literatura cuando más brillante se manifiesta es también en los tiempos difíciles y de zozobra social. Isabel Allende, Elena Poniatowska, Gabriel García Márquez y tantos otros que oficiaron y siguen ejerciendo de periodistas a través de sus documentadas crónicas, donde han plasmado que no conciben un buen periodismo sin asumir compromiso y pasión por lo que se cree.

Por otro lado, no faltaron quienes quisieron convencernos de que la historia era oficio reservado para quienes fungían como historiadores. A quienes los periodistas, al sumo, podríamos serviles como fuentes de datos, convencidos de que no se podía hacer seriamente historia de los acontecimiento muy recientes o contemporáneos; que necesariamente había que remitirse al pasado para conocer la trayectoria humana sobre la Tierra. Esto es, que cada historiador tenía que darse también un baño de profilaxis, prescindir del presente, para poder escribir “objetivamente” cuando los hechos quedaran muy atrás. Dispuestos a que nunca los traicionaran sus ideas y valores.

Tanto así que durante los horrores del genocidio nazi hubo historiadores que se negaron a tomar partido frente a lo sucedido, a fin de no contaminarse con la realidad y evitar toda influencia en ellos. Confiando en otros que más adelante contaran lo sucedido. Mantenerse Inmutables, como sabemos, frente a los espantos de la guerra, los genocidios y campos de tortura y exterminio. Impasibles, incluso, frente al asesinato de más de sesenta millones de personas, cifra que ha superado con creces todas las víctimas de pandemias y desastres medio ambientales de nuestra actual “civilización”. ¡Cómo no acordarnos que en nuestras escolares clases de historia solo podíamos llegar a enterarnos de lo que había pasado cincuenta, cien o muchos más años atrás, según las propias recomendaciones o exigencias del Ministerio de Educación!

Pienso que los libros de historia más exitosos son las biografías, mejor aun cuando estas carecen del propósito imposible de la objetividad. En este sentido, es lógico que en estos escritos se descubran las tendencias o puntos de vista de muchos narradores, las diametrales diferencias entre el relato de unos y otros frente a los mismos personajes y circunstancias. Y no nos referimos con ello a los mercenarios o plumarios de siempre contratados por los poderes fácticos para dar una versión antojadiza del pasado. Aludimos, más bien, a las mismas contradicciones que existen entre los distintos historiadores que, por más de proyectarse hacia un pasado remoto, se demuestran felizmente incapaces de sacudirse de sus ideas y valores del presente para juzgar lo que sucedió antes.

De allí es que figuras anotadas como héroes por algunos pueblos sean tan repudiados por otros.  Muy difícil sería evaluar el aporte o la valía de personajes como Alejandro Magno, Carlo Magno, los papas Borgia, como de cada uno de nuestros conquistadores españoles o, incluso, los mismos líderes y caudillos de la gesta emancipadora. Hoy se reconoce, por ejemplo, que el pensamiento griego dejó muy pocos textos escritos por Heráclito, Platón, Aristóteles y otros, y que hasta de la historia de Cristo se conocen diversas y muchas veces contradictorias versiones. Las que no han llegado casi siempre de oídas y, naturalmente, vienen algo desfiguradas por el tiempo transcurrido.

Napoleón Bonaparte es un preciso ejemplo de lo que señalamos. Catalogado de genio y sublime estratega, como también tildado de ambicioso, jactancioso y déspota. Respecto de él no existe sin duda historiador “objetivo”; de allí que hace algunos años el mejor perfil que pudimos formarnos de él fue por un libro cuyo autor, Jean Savant, lo único que se propuso fue reproducir muchos testimonios de testigos relevantes y, también, comunes y corrientes que tuvieron la oportunidad de conocerlo y legarnos sus impresiones. Es decir, de lo que observaron del Emperador muchas veces en los pocos minutos que lo trataron y divisaron. Una rica diversidad de opiniones que constatan que El Emperador fue un personaje de suyo controvertido, cargado de luces y sombras, cuanto de aviesos propósitos y grandes realizaciones. Nada de ejemplar, sin duda, como para haberlo elevado a los mayores altares de la gloria francesa, sin negar obviamente su esplendor histórico.

“Odio a los indiferentes”, escribió Antonio Gramci. “Creo que vivir quiere decir tomar partido. La indiferencia y la abulia son parasitismo y bellaquería”, agregó. “La neutralidad es imposible o más bien es abominable” sentencia también el periodista valenciano Pascual Serrano. En su misma selección de las noticias, los editores y redactores ya toman partido, imponen un “criterio de subjetividad”.  Lo que lleva a afirmar en estos días a la destacada periodista estadounidense Amy Goodman que “los periodistas deben ir donde está el silencio. Dar voz a quien ha sido olvidado, abandonado o golpeado por el poderoso”.  El trabajo del periodista radica, como nos dice el mismo Kapuscinski, en que “el lector pueda entender el mundo que lo rodea, para enseñarle, para educarlo”.

Es despropósito de la neutralidad

Podríamos asegurar que todos los grandes periodistas que recordamos se propusieron la misión de cambiar el mundo. Al contrario, asumimos que las estrellas que siempre cautivan por la TV y los medios esclavos del rating, son flores de un día y que difícilmente nos dejen algún legado. De allí lo que se repita dentro de los mismos canales de TV que si un periodista se propone decir algo significativo debe hacerlo a través de un libro…

Es evidente que los comunicadores que buscan ser neutrales u objetivos terminan dándonos una visión de la realidad finalmente errónea o farsante. Una caricatura del mundo cogido por los grandes intereses creados, los gobernantes y, hoy, los multimillonarios que dominan los medios informativos y los poderes del estado. De quienes se creen hasta benefactores del periodismo por sustentar la onerosa tarea de publicar un diario; cuando en realidad lo que arriesgan o pierden en ello habitualmente lo recuperan con creces en su connivencia con las autoridades y los poderes factuales que representan o temen.

Dispuesto a ejercer como corresponsal de guerra, el notable reportero Edgar Snow, conocido como el hombre que descubrió Asia a Occidente, llegó a abrazar la causa de la revolución china, a pesar de que los que lo enviaron a ese país tenían la intención de que sus escritos desacreditaran ese proceso que inquietaba o fastidiaba tanto a los Estados Unidos. Pues bien, con el tiempo Snow reconoció que se hizo antiimperialista y se dispuso “a combatir este fenómeno dondequiera asomara”. Por lo mismo que después la propia Unión Soviética lo acusara de ser un agente imperialista, irritado el régimen estalinista por lo que escribiera sobre la desaparecida Yugoslavia. ¡Vaya cuántos otros redactores y reporteros sufrieron persecuciones y desaires durante la Guerra Fría y los regímenes totalitarios!  “Si no soy fiel a mí mismo, no puedo ser fiel a quienes me leen”, asegura el notable periodista y deontólogo colombiano Tomas Eloy Martínez.

De parte de los historiadores tradicionales en general existió un verdadero desprecio o menoscabo hacia los periodistas, hasta que en algunos de estos arrogantes críticos surgió la idea de convertirse en” historiadores de lo contemporáneo”.  Es decir, cuando empezaron a vindicar su derecho a escribir sobre el presente y arriesgar en sus escritos una falta de objetividad o ecuanimidad, renunciando, así, a ese proclamado distanciamiento de los hechos que siempre se defencieron. Ello mismo los llevó a convertirse en asiduos seguidores de la prensa, empezar a valorar el esfuerzo de reporteros y analistas. Sobre todo, en este mundo tan interrelacionado y dependiente, donde resulta prácticamente imposible fraccionar la realidad de cualquier país, continente y suceso. Cuando es imposible o muy difícil entender cualquier fenómeno mundial sin extender también la mirada hacia el mundo, su pasado y circunstancias del presente.

Claro: por siglos las naciones y los continentes no tenían ninguna necesidad de mirar más allá de sus fronteras. Incluso muchos conquistadores y gobernantes no llegaron a pisar sus dominios de ultramar o siquiera traspasaron los accidentes geográficos que realmente separaban a los distintos pueblos que avasallaban.  Pero hoy es imposible que las fluctuaciones de la moneda, el precio de las materias primas y las propias epidemias no tengan casi inmediata repercusión hasta en los lugares más recónditos del mundo. Sucede en la economía, la política, el futbol y, qué decir, en la ciencia y el medio ambiente. Sin que antes se sospechara que un sismo en Japón podía ocasionar un maremoto en las costas de América. O que los despropósitos y mentiras de un presidente como Donald Trump pudieran habernos arriesgado a una nueva conflagración mundial. O que los atentados contra las torres gemelas en 2002 hayan sido concebidos en el Asia, al otro lado del orbe.

Si la Edad Media, la época del oscurantismo, se prolongó por tantos siglos se explica en lo aislados que vivían los pueblos y los seres humanos como en lo que tardaba el pensamiento en recorrer la Tierra. De allí que las ambiciones y agresiones imperiales demoren ahora tan breve tiempo en imponer hegemonía y disvalores. Que surgieran las dictaduras militares en América del Sur, por ejemplo, al toque de clarín de la Casa Blanca y del Pentágono. ¿Quién podría hoy descifrar la historia de uno de estos regímenes sin considerar a los agentes externos que los fomentaron, financiaron y ejecutaron y que, incluso, ellos mismos les pusieran fin, posteriormente?

Más absurdo aparece, entonces, que haya periodistas y medios de comunicación que se propongan ser objetivos sin servir de comparsa o hacerse cómplices de quienes los financian y manejan como instrumentos de sus intereses y privilegios. Empeñados en ejercer una falsa neutralidad que no tiene otro propósito que provocar el adormecimiento moral de las naciones, mediante la robotización de la inteligencia y la conducta humana.

La incompatibilidad entre el buen periodismo y los intereses del poder ha quedado de manifiesto en los últimos años con lo que le ha sucedido a Edward Snowden, un destacado experto en seguridad informática desde que se resolvió denunciar las operaciones secretas de espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) donde trabajaba en Estados Unidos, luego de ser un alto colaborador de la Central de Inteligencia Norteamericana (CIA). Convencido de la necesidad de dejar al descubierto estas ilegítimas acciones que indagaban hasta en la vida personal de un conjunto de gobernantes del mundo, supuestamente aliados del gobierno de su país. Un cometido que le ha significado convertir a Snowden en uno de los seres humanos más buscados y perseguidos por su país de origen, lo que lo obligó a buscar asilo en Rusia. Después de que varios de los gobernantes espiados por Estados Unidos le agradecieran su invaluable denuncia, pero finalmente les cerraran sus fronteras en el temor de afectar la relación o dependencia de sus países con la potencia imperial.

O el calvario vivido por el periodista australiano Julián Assange, el fundador de Wikileaks, quien difundiera un conjunto de archivos secretos estadounidenses con el propósito de “impedir que los poderosos sigan explotando a los seres humanos del mundo entero”, según advirtiera. Pues bien, las escalofriantes develaciones de Assange, aplaudidas desde todo el orbe, no le impidieron recibir el portazo posterior de muchas naciones y gobernantes para terminar asilado en la embajada de Ecuador en Londres y, ahora, tratar de salvar de aquellas calumniosas acusaciones que se le han presentado ante los tribunales ingleses y suecos a fin de confinarlo de por vida o remitirlo a Estados Unidos, país obsesionado con su captura. Acusaciones que no buscan desmentir lo que develó, por supuesto, sino desacreditarlo moralmente.

Los últimos gobiernos estadounidenses, incluido el de Barack Obama, han mantenido una misma actitud frente a estos dos personajes convertidos en verdaderos héroes de nuestro tiempo por renunciar a su neutralidad, rebelarse frente a la hegemonía norteamericana y entregarle al mundo el producto de sus investigaciones y descubrimientos. Qué duda cabe que ambos comunicadores renunciaron a sus excelentes posiciones, a su holgada forma de vida y estipendios para servir al derecho de información de los pueblos y ejercer su libertad individual, de la que tanto se jactan respetar Estados Unidos y sus aliados de occidente. Nada todavía se vislumbra qué pasará con ambos personajes, pero de lo que no tenemos duda es que, aunque sea después de muertos, van a ser reconocidos por la historia del periodismo como dos de sus más valientes y dignos profesionales.

Dicho sea de paso, ha sido doloroso comprobar la cobardía de tantos gobiernos y líderes mundiales que, junto con reconocer y agradecer en privado los méritos de Snowden y Assange, se han hecho cómplices de la mordaza que se les ha impuesto a objeto de no incomodar al país hegemónico.

Historiadores contemporáneos

Es un mérito reconocido el papel que cumplieron en Chile un puñado de medios de comunicación disidentes de la dictadura pinochetista y cuyos periodistas y colaboradores sufrieron las consecuencias de desafiar al poder absoluto y las normas que el régimen dictó para restringir la libertad de expresión. Revistas y algunas pocas radioemisoras que legaron un magnífico registro de lo sucedido durante diecisiete años especialmente en materia de violaciones de los Derechos Humanos, luctuosos acontecimientos que callara y, muchas veces, alentara la prensa adicta y uniformada.

El poder Judicial ha valorado mucho lo escrito en estas páginas libertarias para posteriormente reconstruir los múltiples episodios de horror padecidos por la población, señalar a los culpables y reivindicar a esos miles de chilenos que fueron ajusticiados, confinados en campos de tortura y exterminio, expulsados al exterior o relegados a distintas y apartadas zonas del país. En una realidad que convenciera a Juan Luis Cebrián, fundador del diario El País de España, en cuanto a que “en tiempos de dictadura el periodismo no puede ser neutral”.

Los reporteros y redactores de estos medios por cierto asumieron una tarea bajo el compromiso de servir a la información, comprometidos de seguro con sus valores éticos y una buena cuota de arrojo. Había entre ellos militantes políticos, agnósticos o seguidores de las más diversas ideologías, pero con el objetivo común de “poner luz en la oscuridad”, promover sin ambigüedades el término de la tiranía y contribuir al retorno de la democracia. Jóvenes generaciones que prefirieron permanecer el Chile para asumirse en verdaderos testigos de lo contemporáneo. La historia de cómo se desarrollaron estos medios, de cómo sortearon las múltiples y duras dificultades y de cómo la postdictadura después les cortó las alas daría para escribir muchos libros y ejemplares biografías.

Nadie podría haberse imaginado en ese tiempo que los que llegarían después de Pinochet a La Moneda se dieran a la tarea de alentar la recuperación de los diarios, radios y canales de televisión más espurios controlados y digitados por la Dictadura. Lo que se tradujo que se les condonaran millonarias deudas con el aval del Estado y garantizarles la impunidad completa a sus principales plumarios. Al mismo tiempo, los gobiernos de la Concertación destinaran enormes recursos para impedir la reaparición, por ejemplo, del diario El Clarín, cuyas propiedades e imprenta fueran confiscadas por el Régimen Militar. O el insólito desenlace de cada una de las revistas y diarios disidentes que fueran víctimas de una política de exterminio mediático patrocinada por el gobierno de Patricio Aylwin, pero con el silencio y complicidad de la nueva clase política chilena que, ciertamente, no quiso arriesgarse a la observación y crítica de los medios informativos. Prefirieron, de esta forma, llevar a cabo una estrategia de “encantamiento” hacia los poderosos medios de comunicación adictos a la Dictadura.

Por supuesto, los nuevos moradores de La Moneda cumplieron con la encomienda hecha por el Departamento de Estado, las empresas transnacionales y los propios militares. Arreglos que los llevaría a cometer aquellos pecados que hoy se descubren y, muy especialmente, en el respeto irrestricto por más de tres décadas con Constitución de 1980 que antes juraron suprimir. Junto con darle continuidad a un modelo económico social tan cargado de inequidades y seguir cometiendo nuevos horrores contra los Derechos Humanos. Tanto que hoy los más eminentes cuentistas sociales del mundo señalan al Chile como la experiencia más extrema y feroz del capitalismo que se haya dado en la historia.

Cuando se admite y se proclama que uno de los pilares de la Democracia es la “diversidad informativa”, no hay duda de que en nuestro país la deuda al respecto es enorme, si no fuera por el compromiso de algunos medios y periodistas que, especialmente por el internet y las redes sociales, siguen empeñados en combatir las lacras vigentes del pinochetismo. Además de las perversiones del régimen que lo sucediera por más de tres décadas.

¡Vaya que habría sido hipócrita apelar a la objetividad periodística después del aquel bombardeo a La Moneda, el magnicidio del presidente constitucional y la violación programada y masiva de los derechos humanos! ¡Vaya que resulta abominable que ahora se siga apelando a tal neutralidad, cuando ella el único dividendo que traería sería la continuidad en el poder de una clase política y empresarial completamente desacreditada, pero, sobre todo, ilegítima! Si consideramos nada más que prácticamente la mitad de los ciudadanos ni siquiera sufraga y que el daño social provocado por el sistema imperante es tanto o más letal que todas las pandemias que nos han golpeado en las últimas décadas. Porque el sistema en que vivimos lo cierto es que ampara la pavorosa voracidad de los poderosos y de sus representantes en el poder.

Vaya que resulta absurda la propuesta académica de ciertas escuelas de periodismo cuando se proponen formar profesionales “objetivos”, cuando en realidad la mayoría de sus egresados resultan ignorantes e indolentes con cartón universitario, como se puede observar patéticamente en los noticiarios de la televisión. Donde hacen gala, en realidad, de un nivel cultural de “un centímetro de profundidad”. O si observamos cuántos de sus egresados tienen como destino integrarse a las planillas mercenarias de las autoridades públicas, de los partidos políticos y de la burocracia estatal.

Ser “voz de los sin voz” continúa siendo un gran imperativo ético. Propósito que le deja espacio solamente a la independencia que el periodismo debe mantener respecto de los consabidos poderes fácticos que siempre buscan someterlo o neutralizarlo. Ya sea en dictadura o bajo las abominables democracias que realmente no lo son.

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Fuente: https://barometrolatinoamericano.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 
Perú: Cómo un proyecto autoritario cayó en solo seis días

El lunes 9 de noviembre, luego de que el legislativo Congreso de Perú aprobara velozmente la vacancia del presidente Martín Vizcarra por indicios de corrupción y designara como presidente interino a Manuel Merino, miles de ciudadanos en Lima y varias ciudades del país salieron espontáneamente a las calles a protestar.

Entre ese lunes y el domingo siguiente, las protestas se multiplicaron en prácticamente todas las ciudades, y en varios puntos de cada ciudad. Fue la primera vez que el Perú vivía una ola de protestas tan masiva y, sobre todo, descentralizada. En Lima, a pesar de que la represión alcanzó niveles no vistos desde el régimen autoritario de Alberto Fujimori, la participación en la protesta no dejó de aumentar.

Hubo además innovaciones como la primera línea, brigadas de salud y desactivadores de bombas lacrimógenas.

El país entero, también por primera vez, tuvo cacerolazos diarios, coordinados y exitosos. Tras solo seis días de protestas el presidente Merino renunció. Pero ¿cómo es que hubo un estallido social exitoso en Perú, con una ola de protestas tan masiva, territorialmente extendida y sostenida? ¿No era acaso que los peruanos teníamos una sociedad civil débil y desorganizada?

Amenazas y represión

Hace un año argumenté que el Perú no se unió a la ola de estallidos de protesta en América Latina debido a tres motivos: un alto nivel de informalidad laboral que normaliza las bajas expectativas sobre los servicios que ofrece el estado, la percepción positiva de la lucha contra la corrupción y el uso de la negociación en lugar de la represión cuando estallaban los conflictos sociales.

Estas válvulas de escape, juntas, marcaban una diferencia sustantiva con la situación de los países donde había estallidos.

Pero los dos últimos factores cambiaron drásticamente la semana pasada. En cuanto al primer factor, la informalidad, esta ha crecido durante la pandemia, pero ello no fue decisivo para el estallido peruano.

La crisis sanitaria y económica probablemente sumó malestar durante el estallido, pero no lo explica: inclusive durante la pandemia, los peruanos ya esperábamos que el Estado no nos funcione.

Si bien existía un malestar acumulado por los errores de la gestión de Vizcarra en el control de la pandemia (hubo 525 protestas durante los 106 días de la cuarentena nacional obligatoria), el presidente seguía contando con un apoyo de 54% de la población cuando fue vacado.

Lo que sí cambió fue la percepción positiva de la lucha contra la corrupción y el limitado uso de la represión. La satisfacción con la lucha contra la corrupción alcanzó su cúspide con el cierre del Congreso, la institución menos apreciada del Perú. Pero los resultados de las elecciones congresales decepcionaron rápidamente.

Un presidente bajo sospecha

La percepción de que el nuevo congreso era igual o peor que el anterior –debido a su interés en hacer retroceder reformas valoradas y su proclividad al populismo– volvió a acumular el malestar. A esto se sumaban las fundamentadas acusaciones de corrupción al mismo presidente. A pesar de todo esto,  78% prefería que Vizcarra continuara su mandato mientras seguía siendo investigado.

Se le veía como un aliado útil a la hora contener los exabruptos del Congreso.

Por ello, el uso cuestionable de la vacancia, y la toma del poder por un sector que la mayoría de los peruanos percibía como una gran amenaza a la estabilidad generó una ola de indignación y el temor a perder lo ganado con las reformas de los últimos años.

Las amenazas pueden ser mejores movilizadores que las oportunidades. Cada día del gobierno de Merino reforzó el temor de muchos peruanos. Para primer ministro, escogió a Ántero Flores-Araoz, uno de los representantes más emblemáticos de la vieja clase política.

Demoró dos días en poder conformar su gabinete, y cuando lo llenó de políticos conservadores y empresariales que desde el 2011 no pueden ganar elecciones, confirmó la ilegitimidad del gobierno. Para espanto de un amplio sector, esos días el Congreso anunciaba que agendaría la elección de los nuevos miembros del Tribunal Constitucional y debatiría proyectos que amenazaban la reforma universitaria.

A esto se suman las denuncias de censura a periodistas del canal del Estado por cubrir las protestas y el copamiento de las instituciones.

Represión indiscriminada en una democracia

De otro lado, la represión indiscriminada en una democracia –agonizante, pero democracia aún– volvió a demostrar ser una facilitadora de movilización. El cálculo del gobierno parece haber sido que una represión intensa desincentivaría las protestas.

Esta lógica no aprendía nada del error que eso significó en países como Chile o Colombia desde el año pasado. Cada día del breve gobierno de Merino las protestas se multiplicaron. La percepción de amenaza generó cascadas de acción colectiva en marchas, plantones y cacerolazos.

En el centro de Lima se llegó a reunir a varias decenas de miles. El jueves, durante la primera marcha nacional, la abarrotada Plaza San Martín era una fiesta, con canciones, bailes y teatro. Sin embargo, cuando un grupo de manifestantes intentó avanzar al Congreso, la policía reaccionó violentamente contra todos.

Esto produjo enfrentamientos. Se tiraron innumerables bombas lacrimógenas y se usó armas de fuego. Dos manifestantes quedaron gravemente heridos.

La represión del jueves solo incrementó la indignación e hizo que aumentara la participación el viernes y más aún el sábado, día de la segunda marcha nacional. Esa noche se dio también la represión más violenta. Dos jóvenes, Bryan Pintado (22) e Inti Sotelo (24), fueron asesinados de manera brutal. A Bryan le dieron 11 proyectiles en el rostro, cabeza y tórax, y a Inti le reventaron el corazón.

En varias ciudades del país, pero fundamentalmente en Lima, se protestó por estos asesinatos con rabiosos cacerolazos a la medianoche. El domingo amanecimos con 114 heridos, 41 desaparecidos, y una juventud movilizada y lista para volver a enfrentarse a la policía. Pero Merino renunció al mediodía, dando paso a una etapa de distensión.

El cierre de estas dos válvulas de escape con la percepción de las “mafias” tomando el poder y la represión indiscriminada son claves para entender por qué la sociedad civil peruana salió en masa a las calles. Debido a que Vizcarra aceptó rápidamente su vacancia, al inicio las protestas se quedaron sin un objetivo concreto.

Pero el incremento de las amenazas y represión ayudaron a que el objetivo se definiera: que Merino caiga como sea, sin tener claro lo que vendría luego. Ese objetivo unificó la protesta.

La irrupción de la generación del bicentenario

Pero el estallido peruano no puede explicarse solo por factores externos. Hace un año mencionaba que, a pesar de la debilidad de la mayoría de nuestras organizaciones sociales, una desmesurada represión facilitaría una movilización sostenida por el solo hecho de la indignación, lo que el sociólogo James Jasper llama shock moral.

Pero lo que vimos esta semana no fue solo la reacción de los jóvenes, sino, nuevas formas y recursos de movilización. La politización de jóvenes millennials y -sobre todo-centennials trajo una serie de habilidades sin las que no se podría terminar de explicar la masividad de la protesta.

Los primeros en asistir a las manifestaciones fueron los jóvenes politizados, con mayor experiencia, y vinculados al movimiento de derechos humanos que ha marchado permanentemente contra el fujimorismo y la corrupción.

Sin embargo, a la hora de la represión, la novedad fue la presencia de las barras de equipos de fútbol que, como en Chile, tuvieron un rol protagónico en la organización de la primera línea de defensa contra la policía.

Se formaron también grupos encargados de desactivar bombas lacrimógenas. Aparecieron jóvenes organizando las brigadas médicas, que fueron decisivas para minimizar las víctimas mortales. Mucha de la información para convocar y coordinar se dio por Instagram y Tik Tok.

Es más, muchos influencers tomaron posición y utilizaron sus cuentas con millones de seguidores para incentivar la participación. Gamers y Otakus también utilizaron sus redes para convocar y coordinar.

Son estos nuevos protagonistas, bautizados por la socióloga Noelia Chávez como la generación del bicentenario, quienes emplearon sus redes sociales para organizar la rabia que habían provocado primero las amenazas y luego la represión.

Sin la participación activa y entusiasta de este bloque de jóvenes nacidos a finales del siglo pasado o en este siglo difícilmente se hubiesen generado las cascadas de acción colectiva que muchos vimos con sorpresa esta semana.

Fueron estos jóvenes también los que grabaron y difundieron masivamente tanto los episodios de represión como los momentos más lúdicos de las protestas, incentivando más la participación.

Esta participación fue clave también porque las principales centrales sindicales decidieron no acompañar las protestas. Esto porque las veían muy cercanas al expresidente Vizcarra, contra quien habían protestado durante la pandemia por temas laborales y económicos.

Esa ausencia fue compensada con la participación de amplios sectores de jóvenes autoconvocados, sin ninguna filiación con partidos ni organizaciones.

No deja de ser llamativo que este gran despliegue de solidaridad se haya dado en un país con uno de los niveles de confianza interpersonal más bajos de la región. Este era uno de los datos manidos para argumentar que costosas coordinaciones y apoyos espontáneos serían improbables en una gran protesta peruana.

Pero se dieron. Los jóvenes cuidaron de todos los manifestantes, no solo con las eficaces brigadas de salud –formados por jóvenes médicos, enfermeros y estudiantes de medicina– sino también con las coordinaciones entre jóvenes abogados para ir a las comisarías a buscar desaparecidos y ayudar a detenidos.

Al mismo tiempo, en las redes se organizaban colectas para apoyar a familiares de los jóvenes asesinados y heridos. Finalmente, el éxito de los cacerolazos, sobre todo los que respondieron a los dos fallecidos, dan cuenta de un ánimo empático y solidario que cuestiona los sentidos comunes sobre el individualismo, la indiferencia y la apatía política del peruano promedio.

La protesta masiva, extendida y permanente no solo logró tumbar al gobierno ilegítimo de Manuel Merino, sino que también presionó al Congreso para que elija un presidente y una mesa directiva conformada solo por congresistas que se opusieron a la cuestionada vacancia de Vizcarra (solo 19 de los 130).

A pesar de que los “vacadores” son mayoría e intentaron dar la pelea con una lista alternativa, al final optaron por aprobar una fórmula que respondía a la demanda de la calle, es decir, sin “vacadores”.

Se eligió a Francisco Sagasti, miembro del Partido Morado (PM), como presidente. El PM fue el único consistente en su rechazo a la vacancia y algunos de sus miembros ayudaron a ubicar desaparecidos y liberar detenidos.

Una diferencia con el estallido chileno es la debilidad de la clase política peruana. En Chile el estallido dejó 34 fallecidos, 3 400 civiles hospitalizados y 460 ciudadanos con ojos mutiladosy, si bien se logró empujar el plebiscito nacional para someter a voto una Convención Constitucional, la coalición de gobierno resistió y permaneció en el poder.

En Perú, en cambio, nuestra democracia sin partidos nos lleva a la paradoja de tener una clase política repleta de independientes sin horizontes a mediano plazo que generan permanentes crisis, pero que al mismo tiempo es débil y rápidamente susceptible de ser derrotada por la sociedad civil movilizada.

Otra diferencia con Chile es que el clivaje central en el estallido peruano fue democracia/dictadura. Mientras en Chile la demanda central avanzó hacia la nueva Constitución para desmontar el modelo neoliberal, en Perú no se llegó a politizar la desigualdad y el estallido respondió a una amenaza autoritaria. Las protestas se orientaron más a restablecer el statu quo que a presionar por una reforma o cambio sustantivo.

Desde que Merino renunció, las marchas disminuyeron notablemente y los cacerolazos dejaron de sonar masivamente. Más aún, con la elección del presidente Sagasti y la nueva mesa directiva del Congreso pareciera que muchos han quedado satisfechos.

Sin embargo, sí hay sectores que aún buscan movilizarse por al menos dos demandas: justicia y reparación para las víctimas y la convocatoria a una Asamblea Constituyente.

El primer objetivo convoca a la totalidad de quienes se movilizaron durante el estallido. Se exige sanción para los culpables de la represión (incluidos los responsables políticos) y reparaciones para las víctimas. Por este motivo, han continuado numerosas marchas el mismo lunes, luego de la elección de Sagasti, y se han convocado nuevas marchas.

La demanda por la Asamblea Constituyente moviliza todavía a solo un sector de quienes participaron en el estallido. Aunque varias marchas el lunes fueron también por avanzar hacia una Asamblea Constituyente, estas fueron menores en número.

Esto contrasta con la extendida demanda por “que se vayan todos”, y con una reciente encuesta que indica que  56% de peruanos estaría de acuerdo con una nueva Constitución. Es probable que la distancia actual de muchos jóvenes manifestantes con esta propuesta se deba más a su desconfianza con los partidos y colectivos de izquierda.

Entonces, ¿fue este estallido efímero? Luego de la transición de hace 20 años, también protagonizada por jóvenes en la Marcha de los Cuatro Suyos, muchos de los colectivos y organizaciones espontáneas desaparecieron una vez que Fujimori renunció. Ahora podría ocurrir algo similar, pero es probable que las amenazas a la democracia crezcan y que eventualmente se logre politizar la desigualdad.

Cuando esto ocurra, existe ya un nuevo bloque que acaba de politizarse –en medio de la represión– y que tiene nuevas formas de hacer y comunicar política. A partir de esta coyuntura crítica, la generación del bicentenario peruano puede adquirir un protagonismo cada vez más claro en la lucha política.

Por ahora ya nos ha dado una nueva narrativa de compromiso y solidaridad.

Omar Coronel (IPS).

 
La vacunación contra la covid en América Latina será costosa

WASHINGTON.- Vacunar a 20 por ciento de la población de América Latina y el Caribe, los segmentos que se consideran más vulnerables a la covid-19, podría costar más de 2000 millones de dólares, expuso este miércoles 18 la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Invertir en vacunas es “una decisión inteligente y necesaria”, aunque el proceso de su distribución “es complicado y caro. Según las últimas proyecciones, vacunar a 20 por ciento de la población costará más de 2000 millones de dólares”, dijo en rueda de prensa virtual en esta capital el subdirector de la OPS, Jarbas Barbosa.

El responsable indicó que por ello la OPS, junto con aliados como el Banco Interamericano de Desarrollo y la Unión Europea, impulsa el mecanismo Covax, de colaboración entre más de 180 naciones del mundo para la obtención de vacunas.

El plan Covax contempla obtener y distribuir 2000 millones de vacunas contra la covid, dando prioridad a los grupos más vulnerables, como son los trabajadores de la salud, los mayores de 65 años y los pacientes de patologías que presenten mayor riesgo de gravedad si resultan infectados por el coronavirus.

En la región, los países que se autofinancien y que participen en Covax “tendrán la opción de comprar la vacuna a través del Fondo Rotatorio de la OPS, lo que acelerará el acceso, pues han utilizado el mecanismo durante años”, sostuvo Barbosa.

“A la fecha, 28 países autofinanciados han firmado acuerdos con el mecanismo Covax y otros 10 países son elegibles para recibir apoyo financiero”, dijo el responsable.

Tomando como base los estimados de la OPS, según los cuales la vacunación de 20 por ciento de la población (130 de 650 millones) costará más de 2000 millones de dólares, el promedio de cada unidad de vacuna alcanzaría a 15 dólares.

Por su parte, la organización no gubernamental Médicos Sin Fronteras (MSF) reclamó nuevamente que las vacunas elaboradas por los consorcios farmacéuticos Pfizer, Moderna y otros deben estar disponibles a precio de costo para que puedan ser accesibles a los países más pobres.

También apoyó la propuesta de India y Sudáfrica en el sentido de que las patentes y la tecnología empleada para elaborar esta vacuna estén disponibles para todos los potenciales fabricantes, a fin de universalizar el acceso.

MSF ha subrayado que, por ejemplo en el caso de Moderna, gran parte de sus gastos para producir la vacuna han sido compensados con unos 2500 millones de dólares que esa corporación recibió de fondos públicos.

Según MSF, 80 por ciento de las dosis que se producirán en los primeros meses de desarrollo de la vacuna ya están comprometidas para los países de altos ingresos, por lo que las que lleguen a los más pobres pueden ser absolutamente insuficientes.

“Mantener las futuras vacunas como un lujo solo accesible para los ricos no es la manera correcta de vencer a este virus. Las farmacéuticas deberían distribuirlas de manera equitativa en todo el mundo, de acuerdo con los criterios de salud pública de la Organización Mundial de la Salud”, insistió MSF.

(IPS)

 
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